Katana

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En una galaxia no muy lejana, en un sistema solar no muy lejano, había un planeta con características similares a la Tierra. Existía vida y también eso que nosotros llamamos vida inteligente. Pese a estos parecidos, algunas cosas no seguían el mismo sendero evolutivo que en nuestro planeta. Aunque los seres dominantes, parecidos a los humanos, se encontraban en un nivel de desarrollo material y cultural con muchas semejanzas al nuestro, a nivel político, la zona más desarrollada mostraba ciertas divergencias.
Una tiranía hereditaria de más de IV siglos reinaba en más de 15 países, unificados bajo un solo gobierno. El gran mandatario actual, un hombre inteligente y mordaz, había continuado la tradición secular tiránica. El lema del poder hegemónico era prácticamente una replica de lo que George Orwell expuso en su libro 1984. Control, violencia, control.
La violencia era sutil, el control persistente y omnipresente. Pese a ello, existía un buen nivel de vida, comercio y cierto grado de bienestar. Thomas Hobbes hubiera encontrado algunas (o bastantes) críticas a este sistema si lo hubiera comparado con su obra magna Leviatán.

Una diferencia que a simple vista podría tenerse como nimia, representaba una dura ofensa contra el pueblo y hacía patente su debilidad y sumisión al régimen; toda la familia real era inmune a la ley y al castigo. La hija menor, de 24 años, conocía perfectamente su poder y no flaqueaba a la hora de usarlo del modo más perverso posible. Solía desplazarse de un sitio a otro en transporte público, parecido al metro y al bus de nuestras ciudades. No pagaba billete y todo el mundo se levantaba a su entrada para ofrecerle su asiento. El conductor reverenciaba su presencia y el gentío compartía un temor consternado. Iban a contemplar una matanza, era infalible. Era rubia, alta, esbelta, siempre con pantalones de pitillo y botas negras de tacón que realzaban más su intimidatoria y atractiva presencia. La hija menor de la reina entraba con una katana afilada, larga y brillante que nunca dejaba en desuso una vez finalizado el trayecto. El conductor tenía que seguir conduciendo, sin poder girarse, y los demás, no podían huir sin más. Tenían que esperar hasta su parada correspondiente. La hija del rey no seguía un patrón a la hora de coger un autobús para perpetrar la matanza; a veces repetía, otras se iba a la otra punta de la ciudad.
Entró en la línea 24, en hora punta, 8h de la mañana de un lunes. El autobús, separado en dos partes por un conector flexible que permitía los giros cerrados del vehículo, estaba atestado de gente proletaria que se dirigía a su trabajo escuchando música o leyendo algún libro de un autor tipo Paulo Cohelo. Gente que quizá era prescindible en la sociedad. Miserables existencias grises, soledades insufribles y familias enquistadas en la vulgaridad. No todos debían morir, puesto que eran la clase idónea para mantener el régimen y la jerarquía social necesaria para perpetuar la hegemonía del sistema. La hija del rey sólo quería divertirse, ver un poco de sangre, degollar. Justo al entrar, saludó al conductor, que tan solo percatarse de su presencia, comenzó a sudar a mares y a mirar fijamente la carretera casi sollozando antes de que nada hubiera ocurrido. Estos asesinatos no salían en la televisión, no eran juzgados, se expandían por la ciudad como leyendas urbanas y aun quedaba gente que no lo creía. Eran el precio a pagar para vivir en ésa parte del mundo. Dinero, bienestar, sin guerras duraderas y con caprichos maquiavélicos de la realeza, como el de la hija menor.
La hija del rey escrutó el vehículo y eligió su presa. Una abuela de más de setenta años, pelo blanco y con un vestido de flores, sentada en los asientos reservados para gente con necesidades especiales. Se acerco y sus botas repicaban y se escuchaban hasta la otra punta del bus, el silencio era absoulto. Desenfundó su katana. Con un movimiento seco y técnicamente perfecto. Lo hizo tan cerca de su cara que un mechón de pelo rubio se deslizó hasta caer al suelo; su presición con el arma era tal que podía cortarse sus finos cabellos sin rozar su piel blanquecina.

Atravesó la frente de la abuela con un sablazo directo, sin titubear, sin inmutarse, con una expresión fría y una sonrisa malévola. La katana se clavó en el asiento y la hija del rey hizo fuerza hacia arriba hasta que su cabeza quedó dividida en dos partes y la masa encefálica de la abuela manchó el cristal y a un hombre que vestía un traje impoluto.

Bajó del autobús, éste siguió su camino. Cuando se alejaba escuchó algunos gritos, llantos, corredizas. Locura. Buscó el árbol más cercano, corto una rama y, con las hojas, limpió su katana hasta que relució de nuevo. La enfundó y llamó a un taxi para que la llevara al gimnasio más cercano para darse un baño en la piscina.

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