En un paso de zebra, en la entrada del Carrefour, en la tienda de Apple de Madison Avenue, en un bar gay de mala muerte, en una petrolífera

Foto-05-01-12-22-38-57.jpg
Al llegar a la casa de campo, tras bajarme del coche y quitarme las gafas de sol innecesarias y escupir en el suelo, me encuentro con dos turistas japoneses sacando fotos. Preguntan si puedo sacarme una foto con ellos. A todos nos pasa, nunca puedes decirle que no a un japonés. Si no te salen con cosas raras. Te preparan sushi con sus hígados, se encierran en una habitación a ver 100 horas seguidas de Nyan Cat, o te hacen un bukkake al darte la vuelta. Así que me saco la foto con ellos, e imagino que se la van a mandar a sus allegados, gente rara sonriendo como si todo fuera tan divertido y jovial. Sí, especialistas en aparecer con la maldita cámara en cualquier esquina, nada nuevo bajo el cielo ácido. Conclusión: las sociedades avanzadas (realmente, no como por aquí se pretende) tienen mucho tiempo libre, y twitter les da mal rollo, así que a patear el mundo de flash en flash y de tortilla de patatas en crêpe de mierda. Eso sí, gracias a los rumanos hemos descubierto lo fácil que es lucrarse con un japonés. Pero los catalanes, gente de bien, han aprendido a hacerlo de otra manera, vendiendo camisetas del Barça. Los japoneses me han deseado suerte con mis libros. No tengo ningún libro, les he dicho. Lo he traducido así: "Yahuanahu changza ping pong tetris Yokohama Marinos On fire". Creo que nos hemos entendido, pese al amplio décalage cultural, a todos nos gusta que hablen con pronunciación exacta y fértil nuestra lengua materna.
Subo las escaleras de mi casa para encontrarme un helado estudio que me pregunta cosas. Qué tal estoy, si fumo demasiado, si llevo suficiente cerveza, si las velas de IKEA las encenderé esta vez aunque venga solo, si tengo frío, si llevo tema para ellos (los muebles). Mientras el parloteo de la habitación continua, coloco las cosas encima de la mesa Ying-Yang. Saco una foto y la retoco como si no tuviera nada mejor que hacer. Dándolo todo. Me imagino un fin del mundo con un bukkake de bombas y la gente retocando las fotos de sus objetos cotidianos con el móvil (palos de golf, huevos caducados, su hija con las comisuras de los labios manchadas de petite-suisse, su pene sin rasurar). Todo retocado. El cine americano, con permiso de Lars Von Fucker, nos ha enseñado que el fin del mundo debe ser, por cojones, estético. Hay que morir con estilo, todos juntos, con coches explotando y mujeres con escote gritando. Las gordas mueren primero, igual que los calvos. El destino siempre es fatal. Suele serlo,  nunca ha sido agradable que te metan en un cajón muy caro rodeado por gente que no tiene nada que ver contigo. Los religiosos a veces tienen mucho mal gusto, los muertos deberían poder ser enterrados en cualquier parte. En la zona de las putas, en el centro de una clase (para un profesor emérito, que quiere que nuevos y responsables estudiantes de bachillerato posen sus zapatillas Vans en sus costillas), en un paso de zebra, en la entrada del Carrefour, en la tienda de Apple de Madison Avenue, en un bar gay de mala muerte, en una petrolífera. 
Que el fin del mundo me pille retocando una foto.

Que uno de los temas más relevantes de los últimos años sea Odessa de Caribou dice mucho de nuestra época, la que todo el mundo quiere: compartir/fotografiar/comprar/violar/chupar/copiar/robar/sobornar/declarar/&more pero que nadie tiene ni la más puta remota idea de cómo hacerlo exactamente. 
El gran genio ha sido Steve Jobs, y la clave es que él ha creado las herramientas necesarias para que la prole, sean modernos o nerds o los creadores de Angry Birds, cocinatumismocontuiphone o, sencillamente, el rebaño oportunista, fracase insistentemente en plasmar. 
Odessa dice cosas parecidas a lo que dice M83, es decir, anorexia musical, falta de energía perfecta, ritmo del suicidio inmortal. Estética de la depresión unánime. Poco más quiero añadir. La mayoría de las veces con una metáfora es suficiente y, en realidad, con las analogías del fútbol bastaría, pero entonces la merca literaria perdería su gracia, y el gran pasatiempo de todos los escritores quedaría relegado a aprender informática, plantar una tienda de campaña en Silicon Valley, y llorar a los productores de Grad Theft Auto para programar, ni que sea, un flequillo de un tipo mafioso al que el jugón mundial pueda acribillar en una misión de alto riesgo y mucha pasta. 
Dicho esto, cierro aquí el post, a habitación comienza a estar preocupada por mi. No me gusta hacer sufrir a mis seres queridos. Especialmente si son lisos y blancos. 
http://feeds.feedburner.com/PuraVanidad-VanityDust
BlogVanity Dust