En el camino, versión postbeat

-Sigue tú camino, yo seguiré el mío.
Un hombre vestido con harapos sentado en medio de la plaza del Ayuntamiento rehusó mi conversación. Estaba demasiado ocupado recorriendo su camino. Jamás he visto tanta firmeza en la mirada de una persona, tan lúcida seguridad amparada en el vacío. Sin casa, ni familia, ni aspiraciones, el sucio vagabundo, reclinado en una bolsa de viaje, contemplaba sosegadamente cómo el sol alcanzaba el punto más alto del cielo. Puede que mi interrupción fuera algo temeraria. La mayoría de la gente suele obviar a los viejos solitarios. Los toman por locos, enfermos mentales, violadores o ladrones. El viejo de la plaza del Ayuntamiento no pertenecía a ningún grupo parecido. Posiblemente no pertenecía a nada ni a nadie. El y su bolsa eran en sí mismos la única posesión valiosa. Es fácil atribuir a los harapientos el fracaso y las penurias. Todos estamos demasiado ocupados luchando por nuestras metas y respectivos destinos, atravesando la oscuridad del túnel postmoderno con celeridad para alcanzar la tenue luz que nos indica la deseada posesión de alguien o algo. Pero él había llegado ya al final del túnel, a la culminación de las inquietudes. El camino que decía recorrer, diametralmente opuesto, no le preocupaba; aprovechar la luz del día para estudiar el matiz de las nubes y el tono del cielo, contar palomas y descansar en cajeros automáticos repletos de billetes manejados por una máquina. Muchos piensan que los vagabundos no tienen nada que decir. Después de conocer al viejo del Ayuntamiento he invertido esta creencia. Somos nosotros los que no tenemos nada que decir. En otras vidas, en siglos anteriores, en praderas verdes y campos diáfanos, ellos ya han vivido y existido y luchado y sufrido lo que ahora nosotros, los ocupados, consideramos importante.
Mi camino era el camino del mismo modo que su camino era el no camino. Podré seguir viviendo, claro, arrancando hojas del calendario y ahorrando y follando y bebiendo y ganando y escribiendo. Eso sí, como me enseñó categóricamente el viejo harapiento, si ves a un hombre con barba y una bolsa de viaje, sin prisa y con dirección aparentemente perdida, déjalo, está siguiendo su camino. No trates de enseñarle la brújula. Está ocupado contando estrellas y recorriéndolas una por una.
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