En busca de las rubias reprimidas en la performance de la Universidad de Arquitectura

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Los tranvías en Berlín son gratis (en la práctica). Y todo el mundo, como buen alemán, lleva una botella de cerveza en la mano. Mi amigo economista, al que a partir de ahora llamaremos Hans van der Drogen, me enseña algunas palabras útiles en alemán. Es de noche, hace frío, pero el alcohol amansa nuestro viaje hacia una performance de la Universidad de Arquitectura, en un hangar Old URSS Style. Nos apeamos dando tumbos y encontramos el camino hacia el hangar. Mientras busco un árbol para orinar  y mirar los coches y saludar a los peatones, tarareo un tema de Wagner.
Entramos en la nave, y hay gente rodeando una mesa y murmurando cosas y leyendo un papel que bien podría usarse para hacer un rulo y esnifar filetes. En realidad, es el programa de la performance, pero está todo en alemán y, recordemos, hemos venido a ver a rubias.
Hans van der Drogen dice:
-Acabo de ver a esa rubia estrecha hablar con el muermo alemán y he recordado porqué me gustó la película El silencio de los corderos. Lo que esa reprimida necesita es que alguien le grite: desde aquí huelo tu coño y que a continuación le tire un lefazo con precisión alemana.
-Y mira esa vieja de ahí, es como la madamme de la secta.- Una mujer gorda y vieja y maquillada está acariciando el torno de una máquina. Parece encontrarle un placer oscuro. Me gustaría ver el torno funcionando. Pero con la rubia. Se acerca un camarero y nos da una consigna.
-Distinguidos señores, por su encandilador olor a whisky single malt de dieciocho años veo que van a necesitar esos rulos que han hecho. El after es después de la performance. Las rubias ya estarán borrachas y...
-Cállese ya-le respondo-no nos interesa nada más. Tenemos que ir al baño antes de que comience este churro arquiectónico-. Mi amigo Hans van der Drogen se pone nervioso si no toma drogas cada media hora. Es urgente, ya me entiende.
Saco una botella de cerveza de la mochila y bebo a morro. Una chica coreana nos mira sin poder evitar lamerse su carnoso labio superior. Aparto a codazos a la madamme gorda y subimos unas escaleras hacia el baño. Dos filetes, un rulo. En la fraternidad de la droga, estos momentos íntimos de ejercicio nasal, uno se sincera para con sus seres queridos:
-Compartir, eso es la vida, a veces. ¿Verdad Hans?- Ahora que lo pienso, como este post está escrito a  4 manos (la de Hans y las tres mías) estaría bien que el relato pasara a su primera persona. De subjetividad Vanity a subjetividad van der Drogen:
Me gusta dividir los filetes en 4, y esnifar por los dos agujeros a la vez. Por eso me llevo tan bien con Vanity. Troceamos el Speed con la VISA y luego damos unas vueltas circulares por el baño, a modo de ritual campestre. Esnifamos. El polvo accede a mi interior con una repentina aceleración del corazón. Un poco de ansiedad post dósis. No puedo más:
-Jodido Vanity, ¡Vamos a por la rubia!
Bajamos las escaleras y me apoyo en la barandilla y resbalo como un skater. Y eso es divertido, especialmente cuando el camarero se cruza conmigo y le parto una mejilla. Sí, es un personaje simpático del relato, pero soy así de violento cuando oscurece. Yo que llevo año y medio en Berlín, tengo el radar de rubias muy desarrollado, y no tardo en encontrar a la que ahora nos atiene. Pero la función ha comenzado. Me sorbo la nariz. Un cubo gigante se eleva y emite luz. Cuatro actores miran al público, uno en cada ángulo. Hay un cámara amateur y unas 200 personas pendientes de la obra. Menos Vanity y yo. Estamos acercándonos furtivamente a la rubia. Y ahora escribe Vanity de nuevo:
-Necesito otra raya.
-Shhhh-un señor con gafas de Lennon nos hace callar. Saco la billetera, el rulo, la bolsita. Se genera un murmullo a mi alrededor. Está todo muy oscuro. Aspiro el Speed. Y retomo la cerveza. Al terminarla, la lanzo hacia el centro del cubo iluminado. Es curioso, es un hangar precioso, y una gente culta y simpática que vive el arte, y yo me siento como un subwoofer trucado. No está tan mal.
El estruendo hace retroceder a la gente. Sonríen, piensan que todo forma parte de la función. Y lo es.
Me sitúo en el centro del cuadrilátero y saludo. Aquí nadie me conoce, así que puedo permitirme el esperpento sin miedo a represalias mediáticas. El Speed alemán sienta bien. De coña. Tremendamente soberbio. Revitalizante y puro. Como un buen zumo de naranja por la mañana. 
-Ladies and Gentleman, I'm a writer from Barcelona, and I don't give a shit about this performance. I just came here to meet blonde girls and play chess with Karl Marx. ¡That's all!-Me aprieto el nudo de la corbata y espero la respuesta del público. Hans silba y aúlla y viene conmigo al centro. 
Los actores se impacientan. Una rubia sale a la palestra. Uau. First Round.
Es alta, reprimida, ojos azules. ¡Es ella! ¿Qué más se puede pedir para destrozar una performance arquiectónica?
-¡Heil!
-¡Hi!
Nos abrazamos como si nos conociéramos de toda la vida. El público aplaude. Los actores callan. La performance está divida en cuatro espacios, basado en una adaptación de algo de Kafka. Estamos en la primera parte y no creo que lleguemos ni a la segunda. Le toco el culo a la rubia, y ella apoya su cabeza en mi hombro. Todo es un románticamente erótico y público. Apuesto a que va rasurada al completo. Landing plane. 
Los actores deciden pasar a la segunda fase, mientras me separo de la muchedumbre que me aplaude para llevarme a la rubia a discutir sobre unos versos de Nietszche que fueron mal interpretados por los deconstruccionistas franceses. ¿Dónde está Hans van der Droge?
Hola, soy Hans. En este momento estoy bailando con dos chicas morenas. Las quiero convencer para que se tiñan el pelo de rubio, me gusta el rubio. Por eso vine a Alemania. Voy a buscar a Vanity, así ya seremos 5 para jugar al estilo lavadora Siemens. La función continúa, pero ya casi nadie atiende a la siguiente fase de la performance, todo el mundo quiere ver cómo follamos. Hans saca con disimulo un pote de tinte rubio y se lo aplica a una de las morenas mientras ésta comienza a chupársela. Yo beso a la que es natural blonde. Ya no hace frío en Berlín.
La manera de ligar en esta ciudad escapa a cualquier molde preconcebido. Es simple, directo, fácil y agradable. Con unos malos modales camuflados de bondad y un poco de droga, los límites del placer desaparecen. 
Incluso el chico de la cámara amateur ya no graba a los actores, está sacando un buen vídeo de primeros planos de mis embestidas. La chica coreana quiere sumarse a la orgía. Y no tenemos ningún reparo en ello, ¿Verdad Hans?
-Para nada, Vanity, al contrario, el sexo interracial es necesario en un mundo tan globalizado como el de hoy. ¿Crees que puedo teñirla de rubio sin que se dé cuenta?
La multitud nos anima, todo el mundo está gozando con nuestros actos. Especialmente cuando las dos morenas (una de ellas ya es rubia, aunque ella no lo sabe) se apoyan contra la pared, de espaldas, y solicitan nuestras embestidas. Así lo hacemos.
Y la cosa continúa, y sigue. Es lo mínimo que podíamos hacer Hans y yo en una performance de una Universidad de Arquitectura, colaborar en construir un mundo más Speed y mejor.
Pero nos reservamos la eyaculación para nuestra siguiente visita. El club Watergate.

Hans van der Droge
Vanity Dust
Berlin 2010

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