En busca de la tradición jodida.

Vamos a jugar al Tennis con la hija de Tradición.

Face to face. Un día estás haciendo cola en el baño para empleados de un supermercado, es decir, rodeado de chonis que se quitan el gorro de pescadera y hacen cola para ponerse el tangaza y los pitillos Bershka, y se cruza contigo, renqueando y arrastrando un carrito lleno de libros amarillentos, la Tradición.

Obviamente, ignoro siempre a cualquier cosa vieja. No nego su presencia, pero sí veto cualquier tipo de interacción. Pero resulta que la Tradición no me deja pasar. Me está dando el coñazo. En plan muy bizarro, lo primero que me suelta la Tradición es, te voy a presentar a mi hija. Así que salimos juntos T y yo hacia la calle. Suena a que me va a llevar a un puticlub sórdido, cosa que no me parece del todo mal. A las 12 del mediodía pocas cosas interesantes puedes hacer en una calle que no esté en Río de Janeiro. T arrastra su carrito patosamente, me dan ganas de hacerle la zancadilla y conseguir así una perspectiva humillante y original para un Instagram festivo. Pero no lo hago, primero, tengo que ver a su hija. O lo que sea. Si tiene entre 20 y 30 años, y no va teñida de caoba, podemos comenzar a negociar otros detalles.

Toda esta mierda me viene a la cabeza porque T parece, en realidad, una business woman bastante pro. Y que la merca que me está a punto de presentar, a saber, su hija, tiene pinta de estar, me dice mi intuición, bastante buena. Estoy seguro de ello por una única experiencia parecida, cuando tenía 15 años. Estaba de viaje de fin de curso en Bruselas. Todos mis compañeros de clase se habían pirado al hotel, muy fumados, pero yo deambulé sin rumbo un rato por la ciudad. Una vieja se acercó en modo clandestino, y me dijo si quería ir a un bar a "conocer a unas chicas". A la orden, señora. Y en el bar, a parte de que tuve que pagarle un par de copas a una rumana de buen ver, me trataron muy bien, unas chicas mayores, es decir, me sacarían cinco años, que sonrían al verme empalmado a la primera de turno. Así que, algunos años después, todo parece un extraño deja vú cordial. Y en mi barrio, jugando en casa. Con el teléfono del dealer a mano, parecido al silbato antiviolación de las tías.

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