Electronic Tales From Hamburg (I): Del festival nauseabundo al after inesperado

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No recuerdo la última vez que tuve que apartar putas con los brazos (en plan machete y selva amazónica) para abrirme camino. Porque en las Ramblas no intentan pellizcarte los huevos, no si no tienes más de 50 años, barriga cervecera certified y pasaporte alemán o inglés. En Hamburg, cerca del piso en el que me estoy alojando, el puterío es fenomenal. Por alguna razón, imaginaba esta zona mucho más hipster y menos porn&casino, pero eso es asunto mío por no estudiar bien el terreno antes de montar la expedición. Lejos de quejarme, llevo varios días gozando de unas apabullantes vistas al puerto comercial, el tercero más importante de Europa y entre los 10 más grandes del mundo. Cuando entrevisté a mi ahora amigo D. y me hablaba de lo bien que estaba en su casa, está claro que hablaba en serio. Esta mañana he estado en su habitación por primera vez, su novia ha dormido ahí y yo llevo tres días ocupando el comedor, durmiendo horas y horas en un sofá en L repleto de mantas, libros y boxers de TOPMAN (míos, claro). D. tiene su estudio para producir en su habitación, y tiene unos cacharros cojonudos y tiene la habitación llena de vinilos. Pero, por tener más de 35 años, el piso tiene un tufo a veinteañero surfer excesivo, casi injustificable. En pocas palabras, cada vez me cuesta más tolerar los pisos de gente que tiene más de treinta años y se contenta con tenerlos hechos una mierda, o que nadan en el caos con una resiliencia hacia su propia paciencia que roza un conformismo tan tóxico como los peores puticlubes del subsuelo de Hamburg. Empero, ayer cenamos con Mark Houl (le cambio el nombre, como tantas veces hago en estos casos, para no perjudicarle en las búsquedas de Google ni cosas por el estilo). Hacía tiempo que no conocía a un artista tan absolutamente de vuelta de todo, con un sentido del humor imparable e imprevisible, y eso es de agradecer. Intentó sacar un vaso del festival y dos seguratas le pararon los pies en plan mal rollo. Se fue a mear al lado de un food truck. Y no era para menos. Como diríamos en inglés, the festival wasn't as we expected. El público eran una sarta de pivones estrafalarios, horteras y macarras a partes iguales, que esperaban la llamada chicken music (ese bizarro e inagotable EDM que se mueve entre melodías tranceras y subidones arbitrarios en un ritmo repetitivo y apto para borderlines) como si eso fuese todo lo que se le puede pedir a la vida y a una buena fiesta. Mark Houl, como buen profesional, hizo su set de casi dos horas como un gentleman, y nosotros llegamos a una hora de su cierre. Era desolador, la gente estaba pegada a los laterales del césped (el lugar solía ser un parking, adaptado para la ocasión), y algunas tías plastichot bailaban desganadas y a la espera de otro tipo de música que pudiesen entender mejor. Unas horas antes había conocido a Fénix, un tipo que alardeaba de practicar 3 artes marciales diferentes y de llevar soltero 10 años. Técnico de sonido y algo más que no acabé de entender, estuvo casi todo el rato conmigo, sin apenas (saber) bailar o qué hacer con su tiempo salvo mantener una actitud sensei wannabe. Sea como fuere, el sonido del festival estaba bien, me acerqué a la verja, muy cerca de Mark Houl, y bailé casi solo durante una hora, feliz por estar disfrutando de un genio así después de tantos años. Recuerdo la última vez que le vi en directo, fue en Barcelona, en Club 4 cuando presentaba su álbum Drift (2010). El tipo se fijó en mí porque básicamente era el único que estaba gozándolo de lo lindo con su música. Me sonrió y yo me sentí como ese groupie agradecido que tantas veces he sido y que no pienso dejar de ser. Mark Houl terminó de pinchar y un tipo con gafas de sol, cachitas y más alto y fit que él, tomó las riendas de los plat0s. El drama fue desolador. Según el mismo Mark nos contó, él cerró a 124 bpm y el zumbado que le sucedió pasó de 124bpm a 130bpm en cuestión de 2 minutos. Pero el público se vino arriba, de todas las esquinas salían tipos con camisa y zorras rubias a darlo todo. Había que huir de ahí lo antes posible. Y entonces fue cuando conocí a Mark Houl. Salió del backstage y me dio un abrazo, agradeciéndome el haber estado ahí dándolo todo ante un panorama tan patético. No worries, le dije, I really enjoyed your set. Y era cierto. Además, en los últimos tres o cuatro tracks, sin despeinarse, pilló el micro y se puso a cantar. No sabía que en sus sesiones le había dado por ahí, cosa que me puso más on fire todavía. Con un filtro darkie y sus Ray-Ban New Wayfarer, Houl incomodó todavía más a una crew dispersa y muy poco entrenada para su propuesta.

15 seconds in a Summer Hamburg Festival. from Vanity Dust on Vimeo.

Estamos en un Audi A4, viejo, con Mark Houl en el asiento trasero abierto a planes y riéndose de absolutamente todo. Mi amiga, Soft, está todavía nerviosa porque Houl no ha cobrado una gran parte de su caché. Y porque la organización del festival ha pasado totalmente de él. Como tío que va de vuelta, se la suda, y yo me parto la caja con él. "Yo solo envío y recibo mails de trabajo y el resto del tiempo hago música, ¡no tengo ni idea del todo el resto, soy un artista!", le decía a Soft entre risas. De golpe, como decía antes, se va a mear detrás de un camión, y aparece hablando con su iPhone 6 Plus, pero cuando está a nuestro lado se quita el iPhone del oído y lo tiene al revés y apagado, a modo de fake talk. Hace este tipo de coñas constantemente, es como un teen venido arriba, buscando cómplices y disimulando un cansancio que nos reconocerá cuando estamos cenando un filete de la hostia al estilo brasileño (o algo así) en un restaurante que eligió Fénix y que a Mark y a mí nos pareció algo así como un entrañable Disneyland de provincias. Hay que ir muy rápido para pillarle las coñas. Antes nos ha contado su rutina: dice que vive cerca de Hardwax, la mítica record shop de Berlín, y que cada mañana pasea a su perro, luego come, luego saca de nuevo a su perro y finalmente se pone a currar. Dice que odia la zona de Pretzlauer, que antes vivía ahí pero que, en efecto, ahora está sitiada por parejas con hijos. En medio de la cena hablaríamos del tema de las parejas: dice que el amor dura tres años. En ese momento no recordé el célebre libro de Frédéric Beigbeder, El amor dura tres años para sacar a colación. Aunque dudo que lo hubiese leído, puesto que le vi un tipo muy poco francófono, apuesto a que le habría parecido un fabuloso título y una lectura a tener en cuenta. Le comenté que, en mi caso, mi relación más larga había durado apenas un año y medio y que recién salía, algo trasbalsado, de una potente relación de un año. Le pregunté cómo gestionaba los dramas al terminar los tres años. Y me dijo que, sencillamente, luego seguían siendo colegas y pasaban a otra cosa. Houl tiene 43 años, y es de los pocos artistas que veo que abiertamente vive todavía on fire. Y eso está bien, claro que sí. Dice que Berlín le absorbe bastante, pero que no puede vivir en otro lugar. Y luego, sentados en el restaurante brasileño con un mango colada que ha tardado más de la cuenta, se marca una reflexión que voy a destacar como si se tratase de una entrevista, porque mola:

 

«Los países que tienen invierno son los que van a Luna. Piénsalo: Alemania. Rusia. Estados Unidos. ¿Tienen invierno? Sí, y van a la Luna. ¿Japón, China? Van a la Luna. En cambio, en el Mediterráneo o en América Latina, se la suda»

Mark Houl dice que el viernes salió de farra, estuvo en Châlet, un clásico de Berlín, y que luego se fue a casa pero iba ciego y no podía dormir. Sacó a pasear el perro y volvió a casa y luego le llamaron y siguió de farra, aunque ya no da más detalles. Dice que el viaje a Hamburgo ha sido muy bizarro y que el festival ha sido una mierda, y que había 3 bodas y dos palos de selfie entre el público mientras él pinchaba. ¡Y que le habían dicho que había pinchado muy osucuro!. Él, en cambio, dice que en su cabeza solo había house, house, house. Describe incluso cómo se diferenciaban las tías de una boda con las otras (vestido, flores en la cabeza, etc). Y en el coche, mientras le acompañamos al hotel antes de que caiga inconsciente, le digo: you made my day. Y él me corrige: No, YOU made my day.

Tras dormir once horas, me levanto y vamos a hacer un brunch uno de los pocos locales hipster que hay por la zona. De golpe, Soft dice que vayamos al club de su hermano, que posiblemente siga abierto. Aunque no estamos en la guest list, Fénix (que ha vuelto algo trastocado por la actitud de anoche de Mark) y yo entramos junto con Soft. Ella me lleva directamente a un dealer que está oculto tras un par de pasadizos en los que no distingo nada porque hace demasiado poco que hemos entrado en la oscuridad. Le compro un gramo de speed sin pensarlo, me lío un cigarro y me siento, en medio de los zumbidos de dos djs que parecen llevar varias horas, algo así como en casa.

To be continued.