El salvador de tortugas

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Era un amante de los animales, aunque no creía en las asociaciones que los protegen. "Cada cual debe ser responsable con los pájaros y los gatos, no debería ser necesario que hubiera organizaciones que velen por sus derechos", decía acariciando su boina de militar.
Adolfo Norberto sirvió durante treinta años al ejército, y ahora, ya jubilado, se dedicaba a caminar. Habia recorrido España de arriba a bajo, de Este a Oeste, de pensión en pensión. Mientras su mujer se iba a la peluquería y comentaba el desenlace imprevisto de las teleseries con sus semejantes, Alfonso Norberto se iba a las montañas a pasear y a cantar canciones al aire libre. Como apunte escatológico, que no debo obviar para ubicar a Alfonso Norberto, celebraba la defecación al aire libre. "Así los animales comprenden que los humanos somos como ellos", apuntaba tocándose la boina de militar con una mano-como si quisiera cerciorarse de que seguía en su sitio- y removiendo con la otra la cucharita en el vaso de carajillo de Bailys.
Bebía bastante, cuando nos encontrábamos en el refugio, se acercaba con ansia hacia la barra y pedía una cerveza de medio litro, a la que seguían otras tantas. Entonaba algunas canciones cachondas, picantes, propio de quién en una época fue un casanova y con el tiempo ha asumido que esa faceta forma parte de su pasado lejano, irrecuperable.

Solía hablar a menudo de su relación con los animales, una relación basada en el respeto mútuo, poco zoofílico. En concreto, me contó dos historias, una de las cuales consistía en detallar el salvamiento de un buitre que cayó en una trampa de caza. Llamó a la policía, y los agentes acudieron a su llamada, creyendo que el buitre era su animal de compañía, y que Alfonso Norberto lo tenía domesticado. Aun recordaba la cara de los polícias, desencajados, ante el pack hombre-buitre.
Pero fue en la segunda historia dónde descubrí la delicada inocencia de Alfonso Norberto.

Una pobre tortuga, me contaba, estaba siendo atacada por una serpiente. La tortuga era una chula, como estos equipos que se gastan tanto dinero en fichajes. La serpiente quería atacar su cabeza, y la tortuga la escondía y luego la sacaba de su caparazón para escupirle en la cara a la serpiente y luego la escondeía de nuevo. Alfonso Norberto estuvo contemplando el extraño choque de egos, hasta que comprendió que la tortuga perdería la batalla si se quedaba sin saliva. Así que Alfonso Norberto decidió intervenir. Agarró la tortuga con las dos manos, y caminó algunos kilómetros con ella, dejando la serpiente en la estacada y algo desconcertada. Cuando alcanzó las dos horas de camino con la tortuga a cuestas, creyó que el animal ya estaba a salvo, y lo dejó. Continuó caminando durante algunos minutos. Y entonces tuvo un flash; mierda, esta tortuga quizá tenía crías, y al haberla llevado tan lejos, quizá la separaba de su hábitat, y si la serpiente las encontraba, se las comería, todo por su culpa. Con los remordimientos en su cabeza y el corazón compungido, decidió recoger la tortuga de nuevo y llevarla a su lugar original. Desizo los diez kilómetros. Llegó allí, la abandonó y recomenzó los 10 kilómetros, apuntando ya treinta en total. Todo por el salvamiento.

Señor Alfonso Norberto, me gusta su gorra y su gran trato con los animales, le dije.
Apreciado Van Mobick, respondió, uno hace lo que cree que debe hacer.
Sí, cierto es, continué, pero tengo una pequeña duda al respecto. Las tortugas son ovíparas, creo, o algo así, y ponen sus huevos en un sitio que luego entierran, y se desentienden de las crías para siempre. Con ello quiero decir que la tortuga no tenía nido, y que quizá no hubiera hecho falta salvarla y caminar treinta kilómetros para protegerla.
Me estoy haciendo viejo, apuntó Alfonso Norberto. Entonó una canción y pidió otro carajillo.

fuente imagen: Freakingnews

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