El reencuentro. El renacer de la vejez. El jodido destino y sus Golpes de Efecto Magistrales. Confesiones en la oscuridad de París. Si una noche de otoño sin batería y sin metro y sin rumbo. De casualidades no se vive. Todo ello, hasta el final de la noche. ¿Qué pensaste al saber que podíamos volver a vernos?. Decorar un loft desde el Pompidou y la reaparición de la playa bajo los adoquines, au bout de la nuit.

Cuando finalmente llegue a casa, en Barcelona, y el portero me pregunte qué tal el viaje, dudo que sea capaz de poner una cara que dé a entender la magnitud de los acontecimientos. La cara de yonkie no resuelve nada, tampoco la de vagabundo, ni la de tipo enamorado lloroso y hecho mierda y que apesta y que renquea. Quizás la de tío que, a pesar de un épico viaje a París que ha superado cualquier tipo de expectativa —en los viajes nunca debería haber, a priori, nada que perder— regresa con la cabeza hecha un bombo y el circuito emocional en una rave pasional y pulsional hasta el extremo. Rara vez me hago esta pregunta antes de escribir un post, pero me temo que desde ya será ineludible.


¿Por dónde cojones empezar a escribir con todo esto?
Tengo cierta confianza con el portero, juntos cuidamos en secreto un jardín Zen en la azotea del piso más lujoso del bloque. Joan se ocupa de los bambús y de la pequeña fuente con generador eléctrico propio que impulsa la cascada, yo del rastrillo y la arena —naturaleza muerta, más seguro—. Hago como largas filas de arena, y luego círculos, y luego saco una foto con filtros horribles —ahora serán directamente con el nuevo iOS7, qué ilusión— y las subo a una cuenta privada en Instagram llamada VanityZen. Eso nos une, con Joan, de alguna manera. Pero ni ese vínculo ni cualquier otra lazo afectivo que haya establecido en los últimos 250 años podrá hacerse jamás una idea de qué es lo que me ha ocurrido entre París y Londres en tan solo 9 putos días. Mi cerebro, mis sobresaturadas emociones, mis pulmones, neuronas, pies, y cualquier movida sucia que uno pueda imaginar, todo ha sido sometido a tal bukkake de experiencias que han cristalizado en un auténtico descalabre existencial, y cuya culminación se forjó ayer noche, o ayer delante de un cuadro de Lichtenberg, como último colofón esta mañana en una céntrica estación de París, ciudad podrida dónde las haya que se levanta los domingos con un mal aliento tremendo. 

No, es imposible determinar cuál es el momento concreto en el que la oleada de sentimientos y sensaciones cristaliza en La Mujer de tez fina y pelo moreno y liso y una mirada huidiza pero tremendamente intensa y un acento múltiple cuyas caricias generan ataques epilépticos a mis sentidos. Quizás se desató todo —toda mi intensidad que hasta ese momento yacía en un lejano pero constante letargo— en la visita al Pompidou. No, seamos concretos, en una sala oscura aterciopelada en la que en el centro había una tele rodeada por dos altavoces. En la tele se mostraba una noche de fin de año en la capital de Albania —mal rollo infinito—, con petardos a manchete. Un Dj amenizaba la noche albanesa, solo en un balcón, y la música era bastante decente, y de lejos se apreciaba la ciudad que parecía, más que de fiesta etílica y hortera del siempre vanguardista este de Europa, en guerra. 
Y la gente entraba en la sala del museo y salía al minuto cero. No les molaba. 
Pero, en cambio, Ella y yo, repito, Ella y yo, nos quedamos apoyados en una pared lateral y no teníamos ninguna prisa por salir. Ver gente entrando y saliendo de la sala aterciopelada, corriendo, como traumatizada sin motivo alguno, y pasarnos un rato indefinido a solas ahí dentro con esa tele nos pareció, de golpe, un entretenimiento merecedor de dejar de lado el caos con el que se ha organizado la última reubicación de las adquisiciones de obras y cambios en la expo permanente del Pompidou. Sería la una del mediodía, qué lejos quedaba la noche, cuanto camino por recorrer, cuantas direcciones perdidas, y calles sin salida, y paseos rodeados por el absurdo de la ciudad más decadente del viejo continente: París. De hecho, la noche no existía en nuestros planes para el extraño y súbito reencuentro de hacía dos días. Hasta entonces, apenas habíamos tomado un café y yo, famélico, me zampé una crêpe sucrée antes de entrar. Sonrientes, contentos de volvernos a ver. ¿Hacía cuándo? ¿Cómo podía ser este reencuentro súbito, casual, alejado de nuestros centros en los que vivimos?

Fue, siendo torpe, algo así. 

Vi esas fotos pocos días antes de viajar a París. Pensé que estaba de viaje, pero luego pensé que quizás vivía en la ciudad. Como llevado por una temblorosa euforia ante un improbable pero quizás posible encuentro, la escribí.
—¿Estás viviendo en París?
—Sí, te he escrito ahora en privado.
Escribir. Joder, a causa de ello fue también cómo nos conocimos. 6 putos años atrás. Aquella tremenda época en la que todo estaba por hacer y ser jóvenes y desenfadados y despreocupados estaba a la orden del día. Y todo era como nuevo y fácil y los vaivenes amorosos apenas pasaban una factura de pocos días, o así debería haber sido. Solo una vez nos habíamos visto, en 6 años. Tuvimos un fin de semana juntos, eso fue todo. Acabamos abrazados y pasando frío porque ella esperaba un autobús hacia su casa, en una calurosa ciudad española, pero en la que el final del verano estaba ya manipulando el clima a altas horas de la madrugada. 
Y luego, tras esos dos días de copas y cigarros y paseos y confesiones y de mi incapacidad por asumir lo evidente, imbécil de mí, vino un inevitable desencuentro y finalmente un silencio de dos años. Una tormenta de arena se llevó, poco a poco, como en una parsimonioso desgaste, lo que consciente o inconscientemente había/habíamos construido. 

Y ahora, justamente ahora, ayer, digamos, habiendo dejado Londres atrás, tras mi paliza festiva londinense, mis compras compulsivas en Saatchi Gallery, mi nefasta resaca y la casi cancelación de mi viaje a París por un accidente chungo de mi mejor amigo, ahora, de golpe, nos encontraríamos justamente el jueves en la misma zona en la que yo, en 2010, antes de conocerla en persona, viví quince días en uno de los mejores veranos de mi vida, la zona de un céntrico canal parisino.
Nada estaba planificado. Ni yo sabía que ella recién se acaba de instalar en la ciudad ni ella sabía que yo me dejaría caer por París en esas fechas. Nada sabíamos el uno del otro desde entonces. Ni si uno de los dos había, pongamos, tenido hijos por el mundo, montado un centro de arte en Botswana o entrado en una gentil secta de aficionados al mus. 
Horas antes de mi escueto mensaje y de su breve respuesta, de acordar aquel encuentro improvisado, nuestro destino yacía incluso preparado para una siguiente vida, o quizás a una existencia mejor en la que las cosas salen a la primera y todo es fácil y uno es feliz haciendo sencillamente lo correcto en el momento correcto. Pero nada estaba escrito sobre fugaces reencuentros en París. Del encuentro de 2010 me quedaba un delicioso y agridulce recuerdo, súbitamente reapareciendo en mi mente en horas y lugares inesperados a lo largo de 2011-12-13, de aquella chica a la que habría podido amar, que ella antes me habría amado, pero cuyo destino final entre nosotros quedó enmarcado en un eterno desencuentro de lugares y momentos. Hay cientos de miles de cosas que salen mal en la vida, es parte del juego, pero todos guardamos oculto en algún oxidado cajón aquellas cosas que, maldita sea, salieron mal, en cursiva. Esas cosas que salieron mal y que, si hubiesen salido de otro modo, puede que nuestra vida tuviese un cariz totalmente diferente. 
Lidia con ello, a esta sentencia llegué cuando asumí el error de mi apuesta, tres años atrás. Y lidié con ello. Aceptar que Ella eligía otro camino, que mi oportunidad pertenecía a otro tiempo y a otro espacio, que el punto de encuentro final, el conocernos, era el inicio mismo de la separación, me costó insomnio y batallas conmigo mismo y mis mensajes y mis textos y mis fotos y mis mierdas, mierdas. No siempre puedes tener lo que quieres. Y no siempre puedes tener lo que más quieres. De hecho, aquello que más quieres es, la mayoría de las veces, lo más complicado de conseguir. 
En cualquier concurso internacional de fuegos artificiales, todos los países le ponen énfasis y creatividad y ganas, incluso aquellos que todavía no han inventado el fuego —como en Ucrania—, pero los chinos son sencillamente invencibles. Inventaron la pólvora, llevan el talento y la creatividad incorporadas a la mecha y a sus ojos en forma de clencha. En estos concursos pirotécnicos, cuando aparecen los chinos es como si llegase una especie de Neo del asunto, o un Alcapone en un juego de trileros, o Michael Jackson en un parvulario, o Richie Hawtin en una fiesta de reaguetton. Se acabó el juego, no hay más tiempo que perder. El primer premio es indiscutible, como que Suiza is the place to be para meter pasta si eres un gordo e imbécil corrupto con pocas ganas de aprender a sumar. 
Pues cuando ella entra en juego se acabó lo que se daba. No más apuestas, caballeros. Pues ella es la abanderada de la feminidad, la experta en juegos intelectuales, la dueña de la seducción sin querer serlo, la poseedora de una belleza natural, sencilla, pero sumamente condecorada con gestos y miradas y risas y, joder, dejaré aquí este atribulado festival de cumplidos. Como ella me diría en uno de los múltiples momentos de la noche en los que hablamos y solo hablamos:
—No voy a decirte lo que eres o cómo creo que eres. Qué quieres, ¿qué te endulce los oídos?
Este último viaje a París no puede considerarse técnicamente unas vacaciones. 

Todo andaba on fire y haciendo el caballito en Londres: doblete de fiestas delirantes, con pollos y pollos de M y coca servidos por un dealer —justamente chino y muy de pro, que regala cosas a sus clientes, en plan ‘toma un gramel de coca pol habelme complado marihuana, ahí lo llevas, a la salud de Mao—, las compras compulsivas de libros y bolsas de tela de la Saatchi Gallery y los desayunos de spaguettis a la carbonara y los compañeros de piso de Read...Eso sí era desenfado y ruta de pubs molones y renovación fresca del panorama experiencial. 

París, otro asunto. 
Mi colega estuvo a punto de perder un pie en un accidente de moto. Me dijo que prefería que no estuviese en su casa, así que tuve que buscarme la vida. La jugada salió bien. Los planes iban saliendo, las rutas también, las fotos, a ratos. Pero eso ya os lo podéis imaginar. Incluso yo lo podía imaginar. Pero volvamos a lo que vertebra todo este exhausto relato. 
Hicimos mucha cola para ver la expo de Linchenstein. Liz, así la llamaremos a Ella, en un guiño hacia una de sus actrices favoritas, y de la que me estuvo contando detalles de su vida personal y amorosa con una sonrisa coqueta y los ojos muy abiertos, brillantes, luminosos, entusiasmados, mientras yo asentía y flipaba con sus relatos, maldecía a los niños que andaban sueltos por la cola, molestando ante la pasividad y el cretinismo de sus padres. No es que no nos gusten los niños, es que no hay nada peor que un niño gilipollas con padres gilipollas y jóvenes y que van de molones por ir a ver la expo de Lichenstein con ellos. Espero que caigan en las drogas baratas y malas y que trabajen en sitios chungos. Y cosas así. 
Las alarmas saltaban todo el rato, y era complicado concentrarse en el excelentemente diseñado recorrido cronológico del trabajo de Lichenstein, por otro lado brutal y alucinante. De sala en sala, de risa en risa, de comentario en comentario.
—Todos los artistas tienen como una etapa expresionista en su vida, no pueden evitarlo, comentaba Liz mientras contemplábamos una especie de naturaleza muerta de Lichenstein que, en efecto, poco tenía que ver con su trayectoria más reconocida.
Luego nos quejamos de lo poco comprensiva que es la gente con los períodos de transición de ciertos artistas. No todos los álbumes ni todos los libros son para petarlo, hay algunos que son, digamos, penosamente necesarios o irritantemente vanguardistas para que sean apreciados por lo que deberían ser en realidad. Así las cosas, salimos de la expo felices y alegres y paseamos hacia Le Marais. Compré un póster de la expo. Liz sacó unas fotos de la plaza del Pompidou. Yo la miraba. Y de golpe no me creía todo aquello. París, Liz, y un día soleado insuperable y rarísimo en estas fechas en la ciudad. 
La agarré suavemente del brazo para señalarle un personaje que sería uno de los highlights de nuestro encuentro. El poeta público. Un tío to fucker, con su sonrisa de buena, seductora y entrañable persona, como emanando talento y sensualidad natural, dispuesto a hacer un poema gratis con máquina de escribir a aquel que le pasase un tema. Sinceramente, la mayoría de peña no le hacía ni puto caso, aunque él fumaba como diciendo, ya caeréis ya, chorbas ansiosas por bohemizar vuestra vacía existencia. En aquel momento solo una mujer mayor se interesaba por su circo, y nosotros nos reímos y Liz me dijo que volvería un día a conocerle y yo pues lidié con este tipo de comentarios lo mejor que pude. Caería uno sobre Ibrahimovic, más chungo competir con eso en ciertos aspectos. Aunque es un pagafantas y todos lo sabemos. 
Hey, hey. Se ha hecho de noche. Son ya las nueve. Estamos haciendo cola para subir a los Bateaux Mouche. El plan ha sonado ridículo al principio, pero eso de pasear en barco por París de noche me ha traído buenos recuerdos de mi verano 2010 y se lo he propuesto y ella ha acabado como dejando el plan ocurrir. Minutos antes, alucinados en el maldito puente de los candados, nos hemos reído de los que iban vestidos de boda y metían su candado, de los vendedores live de candados que te apañaban el candado con un rotulador y te cobraban una pasta por la corazonada kitsch garruler. También metimos la cabeza en una especie de casa invernadero, sin ningún tipo de sentido, en la que pensamos que en España la gente o bien se enrollaría o bien fumaría porros. Pensé en hacer las dos cosas con Liz, pero lo dejé en mi mente, ahí, latente. 
En el barco le expliqué qué casas y buhardillas consideraba que podrían molar para poner las obras que más nos habían gustado de Lichenstein y del Pompidou (unos neones brutales para la cocina, una pedazo de escultura de Lichenstein como perchero, el urinario de Duchamp volviendo a ser un urinario —y estaba cerrada la sala, no lo pudimos ver juntos. Imaginad qué bien suena el 'tengo muchas ganas de ver el urinario de Duchamp contigo', pues eso le dejé caer a Liz en algún momento). En el barco vimos a dos orientales, surcoreanos según mi experiencia con sus ojos-clencha, y el tipo no paraba de sacar fotos y la pobre mujer parecía completamente desesperada en su expresión, cansada del disparador inalámbrico de su marido. Tantos lofts por llenar de arte y de las fotos de Liz. Y esas jodidas cosas te va soltando tus festivas neuronas. Genial.
Conseguimos el mejor sitio de todo el barco: el de los malotes. Al final de todo, en la zona al aire libre. Cuando el barco ya había dado la vuelta para regresar al embarcadero y la voz hispana que daba datos sobre los edificios era ya insoportable, tuve un momento de lucidez y salieron de mí quizás las primeras palabras algo coherentes sobre todo lo que había pasado durante ese tiempo. Esos tres años. Ese silencio. Esa derrota con la que había de lidiar. Liz no aceptaba ningún cumplido entre mis aceleradas confesiones, rápidamente me llamaba italiano farandulero, o argentino de pacotilla. Procuraba disimular mi desesperación o mi frustración, y confiar en que tras esa máscara de aparente distanciamiento se encontraba una Liz que llevaba rato dejándose llevar, disfrutando también de nuestro reencuentro inesperado. Quizás llevábamos ya 10 horas juntos. Quizás nos estábamos entendiendo, o comprendiendo, mejor dicho. 
Nos íbamos a sacar una foto con su iPhone, el mío ya nadaba en la nada sin batería. A Liz le quedaba un 2% y al disparar pasó a cero y no sacó la foto. Ambos sin batería, tomamos champagne en Palais de Tokio y fue ella la que se lanzó a un update extremadamente sincero sobre aquello que le había pasado  a ella durante este tiempo
Sonó esto durante un momento del rato en el que pasamos en el Palais de Tokio. Habían retirado ya el hotel de lujo de una única habitación. Liz pensaba que me lo estaba inventando. 
Sin batería. Y con el metro cerrado. Sin mapa. Y ambos cogidos de la mano. La noche tomaba otro cariz, París se mostraba de golpe hostil y fría, nos estaba relegando a nuestra propia intimidad, que emergía a pasos agigantados pero que ambos tratábamos con un respeto propio de los hijos de Hiro, poseedor en Tokyo de un restaurante 3 estrellas Michelin únicamente para ocho clientes. París, de noche, ya no se presta al amor ni a los encantos peliculeros de sus calles. Es una mezcla de peli de terror de serie B y de sórdido —sí, Liz, tenía que salir esta palabra en algún momento— festival del mal gusto. *Puede que en algunos momentos en los que tocamos puntos delicados de asuntos que ambos desconocíamos del otro, algunos pirómanos con gasolina en la boca, en la parte inferior de la plaza del Palais de Tokio, contribuyesen a iluminar nuestras caras y a añadir algo de crudeza y desesperanza en nuestras pasadas vidas. Puede ser, y tampoco sé si esta última frase logra tener algún sentido salvo para Liz y para mí. 
—Me siento vieja, Vanity. Me han pasado cosas jodidas demasiado pronto que me han cambiado ya para siempre. Nada será como antes. Lo peor, o lo duro, es que todo lo sigo haciendo bien.

Liz es más joven que yo, y suena extraño escuchar algo así de una mujer cuya generación nada en la eterna adolescencia imbécil y en analfabetismo ilustrado.
—Tenía prisa por hacerme mayor. Ahora ya es demasiado tarde para mantenerme en ese estado en el que nos conocimos. Todo se ha vuelto complicado, complejo de manejar. El juego ya no tiene gracia. Continuó Liz, antes de que le diese el primer abrazo y antes de salir en busca de algún otro lugar al que ir tras el cierre de la terraza del Palais de Tokio. Y la entendía. No es que uno se sienta con 110 años, aunque yo tenga más de 250, sino que uno siente esa especie de muerte dentro de sí, de esa parte que se ocupaba de mantener ciertas ilusiones y ciertas pasiones y ciertos placeres y ciertas formas impulsivas de resolver los conflictos que a uno le acechaban y le jodían y le ponían de mala hostia. Y cuando eso muere aparece el gestor calculador que todo lo mide y todo lo resuelve, sí, de la forma en que la inteligencia dicta, pero mueren los sentimientos y mueren las expectativas hacia ciertas cosas. A veces, morir es la única salida que queda para salir con vida en este jodido percal occidental nauseabundo. 
Le pasé el brazo por la espalda y ella me agarro la mano y nos sentíamos a gusto. Suelo hablar de follar, como sabéis, así que mirad qué leches está pasando se destino frases enteras a hablar de este tipo de detalles. Nuestros dos encuentros, el de hacía tres años y el de ahora, parecían los de dos personas viejas y cansadas que, sin embargo, tienen como una especie de última oportunidad para revivir y regresar al mundo de los vivos, al mundo de la inexperiencia, al mundo de la timidez. Bueno, dejémonos de mariconadas.
Pensé —pensamos—, por separado y sin decirlo, en una habitación de hotel, o en ir a mi casa. Pero yo no tenía casa, mi mochila andaba perdida en la otra punta de la ciudad en una casa en la que no podía dormir porque había otra gente. Y los hoteles, en París...no, no nos atrevimos a demostrarnos todo eso ese día, o esa noche.
En realidad, la ciudad parecía no estar a la altura de las circunstancias, es como si estuviese poniendo toda su mierda decadente a pleno potencial para joder nuestra intimidad. No vendían alcohol en ninguna parte, los bancos estaban a petar de peña chunga y de indigentes jodidos que dotaban a la ciudad de una aureola de fracaso sin precedentes. 
—París está muerta, nuestra generación no fue capaz de tomar el relevo del sesentayochismo. Ellos se quedaron con la ciudad, con las grandes casas y las grandes empresas, nosotros mendigamos. Aunque Kent se gane bastante bien la vida y no sea de París —mi gran colega accidentado—, esas fueron una de sus últimas palabras antes de que yo abandonase París, esta misma tarde de domingo. 
El delirio fue total cuando Liz y yo encontramos finalmente una zona de bares. Borrachuzos, travolos, bullas entre chonis locales, y cervezas a precio del delicioso champagne del Palais de Tokio. No pasábamos miedo, pero sí daba puro asco el estar rodeados de todo aquello, de unos españoles hechos polvo que discutían con un casanova que se metía con la hermana de uno de los spanish. Y una rubia del este yacía dormida y borracha en el pecho de un tío que iba con otra tía. Eran tres pero había una zombie en discordia, que no solo no enviaban a casa, sino que además la mantenían en la mesa sentada como un trapo más. Perdimos el hilo de nuestra conversación, casi la esperanza de salir de ahí abrazados de nuevo y hacia un lugar mejor. Paseamos y seguimos paseando y la gente nos iba pidiendo tabaco, movidas, pasta, direcciones. Ni-puta-idea. París nos estaba jodiendo bien, y a mí apenas me quedaban ya 12 horas en la ciudad. Y a la noche le quedaban apenas unas horas menos. Nuestro encuentro amenazaba con diluirse a marchas forzadas. Pero mi sensación de que el relato que se estaba construyendo encima de tantos años tenía algún sentido y de que tantas dudas no eran tantas y sentía algo como arrollador al haber visto a una persona dos veces en seis años y ser tan jodidamente feliz con ella como si seis años fuesen nada o si dos veces lo fuesen todo.

Encontramos un café abierto en la estación en la que ella debía tomar un tren periférico para regresar a su casa en una zona residencial. Aprovechamos para seguir hablando de cosas que poco o nada tenían que ver con nuestros sentimientos y lo que pensábamos el uno del otro. Tras casi 20 horas —las mismas que paso en Berghain— seguíamos teniendo mucho que hablar y apenas habíamos bebido y no tenía sueño, pero sí estaba cansado, destrozado física y emocionalmente. 
Cuando se cerró la puerta del vagón en el que ella iba, entrecruzamos una mirada de pánico que duró una milésima de segundo —yo vi esa mirada, en mí y reflejada en ella, quién sabe si ella tenía realmente esa mirada también, ¿existió ese cruce de miradas?– y circuló a velocidad de rayo entre nosotros. Ella, en efecto, el mejor regalo que París podía ofrecerme en el mejor de mis sueños, desaparecía a plena luz del día en una dirección a cientos de kilómetros de la mía. Mis ojeras no estaban precisamente de fiesta. 
Regresé a por mi mochila renqueando, en la otra punta de la ciudad, serio pero alucinado. Absolutamente desbordado por todo aquello. Por Liz. En el piso random apenas pude dormir, tirado en el sofá, unas horas. Seguía sin batería y el cargador pasaba de mi cara. Le escribí algo casi en sueños, en un no dormir, en una ansiedad que estaba obligada a ceder en algún momento.
Dormí unas horas tirado al lado de esta mesa. Solo en el apartamento, en un barrio en el que no había estado jamás.
Esta tarde, antes de dirigirme al aeropuerto desde el que escribo todo esto ahora, le contaba a Kent algunos fragmentos de la noche y a grandes rasgos el por qué de estos seis años y todas estas movidas.
—Tienes una novela en eso, Vanity. Me decía.
—No, Kent. No hay ninguna novela aquí. Dejemos los viajes al fin de la noche para Céline y colgados de alto nivel y para poetas públicos de pacotilla. Déjame que, esta vez, aplique mi ultracinismo vital de alto rendimiento en una dirección algo menos salvaje y pueda, por lo menos en mi relación con ella —sea del tipo que sea, es decir, quizás a base de puntuales contactos cibernéticos a altas horas de nuestras respectivas soledades— salir de mi jodida época expresionista. Quiero sentarme en ese vagón que, en vez de llevarnos en direcciones opuestas, conduzca al lado del transportista que lleva medio Pompidou en el trailer dirección a ese imaginario loft. Eso sí, la bañera, bien grande, vieja y del rollo Luís XVII.
Maldito París, mortecina y decadente ciudad, a ver si va a ser verdad que debajo de los adoquines, en pleno 2013, sigue estando la playa. 

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