El pringao

En la mayoría de los pisos de estudiantes hay un pringao. Uno de aquellos chicos al que le cobran más por la habitación más pequeña y cutre, le roban la comida y le hacen fregar los platos y tender la ropa. Robin era uno de ellos. Sus compañeros de piso, 3 chicos apuestos y perturbados, exprimían sus neuronas para hacerle putadas al pringao. El fin de semana lo dedicaban a emborracharse y tirarse tias en las fiestas del campus. Durante la semana uno de sus pasatiempos consistía en elaborar intrincadas hazañas para reírse de Robin. 

En este escueto texto relataré la historia que los convirtió en un mito y, al mismo tiempo, sumió a Robin en una profunda depresión que le llevaría a dejar los estudios.
Preparando los exámenes de fin de curso, Robin pasaba las tardes en la biblioteca de la facultad. Solía elegir las mesas alejadas, para estudiar con discreción y medio escondido, acorde con su manera de ser. La biblioteca tenía 3 plantas. Estaban unidas por una escalera interior de caracol hecha con madera de roble.  Era martes y llovía a cántaros, la biblioteca estaba abarrotada de gente. Algunos estudiantes estaban sentados en el suelo haciendo los últimos repasos. Cuando Robin llegó, su rincón preferido estaba ocupado, y solo encontró sitio en una mesa alargada, en el centro de la primera planta. Encendió la pequeña lucecita individual con mampara verde y se dispuso a rellenar sus sesos. Cuando estaba alcanzando el grado máximo de concentración, una atractiva chica morena, con la cara perfectamente maquillada, rímel en sus pestañas y un escote generoso, le tocó cariñosamente la espalda por detrás. Robin no sabía lo que le esperaba. El truculento plan de sus maliciosos compañeros de piso estaba en marcha.
La seductora chica le pidió afablemente si era tan amable de acompañarla a buscar un libro. halagado, Robin se perdió con ella por las interminables estanterías de la primera planta.
Mientras tanto, tres libros fueron metidos en su mochila. Primer paso.
Cuando regresó a la mesa, encendió su ordenador portátil para pasar algunos apuntes. Segundo paso. Sus compañeros habían cambiado la música de bienvenida de Windows. En vez del clásico y breve sonido predeterminado, sonó con gran estruendo una sutil variación.
Un grito de mujer, en pleno orgasmo, hizo girar a cientos de cabezas hacia Robin. Su portátil gemía; una mujer cachonda insultaba y sollozaba en pleno polvo. ¿En pleno polvo con qué?. -Ahhh, Ahh, los gritos de la mujer se entremezclaban con los de un carnero. -Beeeeee-Beeeee.
Robin no había sido observado de esa forma en su vida y encima por tanta gente. Chicas, chicos, escudriñaban el degenerado zoofílico que había puesto el maldito vídeo rompiendo el clima de estudio. Un cerdo, un pedante pajero que coleccionaba vídeos de tias follando con carneros y cabras. 
La primera reacción de Robin fue bajarse la gorra que llevaba intentado ocultar su sudorosa cara. El volumen no bajaba, no tenía ni idea de como parar el festival zoofílico. Terminó por sacar la batería. Estaba tan nervioso que el ordenador le resbaló de las manos. El impacto contra el suelo fue tal que la pantalla se rajó, las teclas se esparcieron a su alrededor. Fuera de sí, Robin metió todo lo que tenía en la bolsa y salió corriendo de la biblioteca. Las risas penetraban sus oídos y retumbaban en su cabeza. Algunos dedos le perseguían, señalando al pringao zoofílico en su huida desesperada. Al llegar a la puerta, ya casi fuera de peligro, las alarmas sonaron, los tres libros que le habían metido le delataron como ladrón. El guardia de seguridad se lanzó contra él aporreándole la pierna derecha, cayó al suelo retorciéndose de dolor. Desde aquel día, Robin nunca volvió a ser el mismo. De ser un estudiante gris y mediocre, había pasado en cuestión de minutos a ser un estudiante gris, mediocre, ladrón y zoofílico. Robin el pringao.
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