El preso enamorado que deja de estarlo

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Esta es la carta pasional y mohosa que un compañero de celda le envió a la mujer de su mejor amigo (también en la cárcel, los dos):

Alguna vez llegué a pensar que lo nuestro podía llegar a ser real. Es decir, que existía más allá de los esputos de mi corazón. Hasta llegué a plantearme escribir, encima del tatuaje dedicado a mi madre, tu nombre. Amapola. Como esas flores en las que se posan las mariposas en el campo que quería recorrer contigo, los dos desnudos, cogidos de la mano. Pero no pudo ser, porque me quedé sin dinero y lo poco que me quedaba tenía que cambiarlo por cigarrillos. Y tampoco pudo ser porque dejaste de hacerme caso. En el patio, con los otros presos, no paraba de buscarte con la mirada, en tu zona de mujeres sexys. Mas tu siempre estabas haciendo pesas y jugando al básket. No como antes, cuando nos tocábamos con los dedos por entre la verja, y tu marido nos miraba extrañado. Suerte que al ser bizco no le quedaba otro remedio que creer que yo estaba delante de un espejo.

Así eran las cosas. Soñando contigo día y noche con nuestro futuro fuera del agujero negro de la prisión y lamiendo los barrotes de la celda pensando en tus pezones. Escribiendo en la pared con una jeringuilla los días que quedaban para salir de ahí, junto a tí.

Quizá, en realidad, dejaste de interesarme en el momento en que descubrí el crack. Placer instantáneo, puro, con un impacto similar a un laxante intelectual tras meses de estreñimiento. Lo siento, dejarte por una droga no es algo que diga mucho de mí. Aunque tampoco dice mucho de ti. Ahora lo que más me incumbe es mi pipa. La cuido, duermo con ella. La limpio cada día, como si fuera una mujer con alzheimer que me lo hubiera dado todo en vida, y tuviera una deuda con ella.

No te creas, a veces aún pienso, entre calada y calada, que tus tetas eran más bonitas que las de mi novia.
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