El Pianista

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No llueve. Llego puntual antes de que El Pianista salga de su lujoso hotel de la calle Aragó para que se dirija al punto de encuentro con sus fans. Ellos están esperando el momento. Yo estoy terminando el cigarro. Mi chaqueta, ceñida, gris reluciente, hasta las rodillas. Tampoco hace frío, pero llevo bufanda. El chófer espera jugando a una especie de Tetris. En el iPhone lleva una foto de su hija.
-Qué tal, me llamo Vanity. He venido aquí para organizar lo de El Pianista.
-Cómo veas, yo aquí espero. Uno tiene que entretenerse con algo.
Va muy bien vestido, y parece estar rodado con el tema de llevar a famosos y gente en la movida.
-Mire, camarero, un gintonic, sí, póngalo a la cuenta de El Pianista. 
Mientras espero con mi gintonic, jugando con el hielo y el limón recién cortado, paseo la mirada por los huéspedes. No hay pivones. De hecho, no hay casi nadie. Dos tíos hablando de cosas aparentemente poco importantes, pues sus rostros muestran cierta fatiga por la vida. Pero eso sería ir demasiado lejos, y mi gintonic está muy cerca. Frío, seco, ácido. Llega el promotor y la manager.
-Hello, nice to meet you, my name is Vanity. This drink is pretty great. Do you wanna drink with me, alltoguether? You know, let's have fun before the tour starts.
Me responde la mujer. 
-Verá, señor...Vanity. El Pianista está algo cansado. El viaje ha sido largo, vayámonos a las firmas y luego ya vemos qué hacer.
-A la orden, señorita. Solo estaba confraternizando suavemente. Ya sabe usted que el alcohol erradica el cansancio y mejora el humor. 
Me termino la copa. De un sorbo. Llegan El Pianista y su mujer. Me los presentan. Molan bastante. De hecho, son los jefes. 
Entramos en la camioneta Mercedes.
-Chófer, vamos a la carga.
Sin preguntar si puedo fumar, fumo. Parece que a todos les molesta. Pero para compensarlo saco el iPhone y pongo un poco de música de piano. En plan simpatía latina.
Llegamos al lugar. Me erijo de escolta para traspasar la cortina de estudiantes que se manifiestan por un futuro mejor. Es decir, me sumaría a ellos con ganas si no fuera que estoy trabajando. Mi amigo El Pianista también lo haría, puesto que es una persona con consciencia y con un alma potente.
Entramos todos. Somos cinco. Tres fans esperan en la puerta con una foto de El Pianista, le sacan fotos. Varias decenas tratan de alcanzarlo con sus miradas. Yo mientras apago el cigarro antes de que venga el de seguridad.
La cola se extiende hasta la calle superior. Su mujer es muy agradable. Habla de Twitter y nos pasamos las tarjetas. El promotor es un tipo muy correcto, con tablas, juega en una liga interesante.
Los groupies son moderados. Traen cosas para que las firme. Y él lo hace de buen grado. Este Pianista tiene un registro muy variado, de ahí que el público también lo sea. Todo va sobre ruedas.
Pasa la hora acordada. Ha firmado más de 100 movidas. Todo el mundo está contento. Mola conocer a este señor y a su rollo. De hecho, su manager es bastante follable. 
Hablamos de libros, y él conoce a uno de mis autores favoritos, recién (re)descubierto en España. Tiene push, como a El Pianista le gusta definirlo. Son amigos desde que los dos comenzaron a petarlo todo. Los dos con las manos. Uno para escribir, otro para tocar. Pero con el mismo flow.
Caminamos hacia su restaurante. El Pianista lleva un iPad y parece sentirse contento con el cacharro. "No es perfecto, pero bueno", afirma seriamente. 
Y si algún lector ha llegado hasta aquí, ahora voy a contar un momento de especial relevancia. Sencillo, directo, que puede justificar la vida de una persona, entera. 

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A lo largo del desfile de seguidores y fans emerge una chica tímida, bajita y con un abrigo verde largo. Sonríe, pero al mismo tiempo la invade una sensación de vértigo, está ante el maestro. Tiene delante a un pianista al que ha escuchado en noches de soledad, en silencio, recreándose en cada tecla de un piano que no sabe si va a acariciar alguna vez. Posiblemente El Pianista ha sido tema de debate entre sus compañeras de clase de solfeo. Si tiene novio, quizá que él le hablara de El Pianista hizo quebrar -en ella- esas barreras que toda mujer sensata tiene a la hora de elegir un chico para algo más que un ensayo después de la siesta. La chica se sonroja antes de llegar a la tarima. Tiene la mirada perdida. Todo a su alrededor se mueve a cámara lenta. Delante, un señor sonriente, cara de cansado, con gafas de pasta redondas y un rotulador en la mano. La chica no trae ningún CD, ha venido con su instrumento. Lo lleva en una funda verde, como su abrigo. Una funda que protege lo que más quiere. Un instrumento que es su vida, y con el que batalla cada día para conseguir un acorde más que le acerque a otro nivel, a una fluidez con la que ella misma se sienta, al fin, representada. Nadie en la sala sabe cuantas veces esta chica habrá llorado para sus adentros tratando de sacar algo bueno, de interpretar un Debussy con descaro. Una áurea de tensión al colocar el instrumento encima de la mesa. El Pianista, sorprendido, acepta el hecho con naturalidad. Sonríe. Saca su rotulador, agarra la funda y posa su mano encima. Firma. Ella agacha la cabeza a modo de agradecimiento. Él sonríe de nuevo. 

Y es a base de momentos como este que el trabajo de uno vale la pena. Que las llamadas y las correrías para organizar una movida de este tamaño cobran sentido. Hay un día antes y un día después de que esta chica llegara a su casa con su pertenencia más valiosa firmada por uno de los grandes. Hay miles de músicos en Barcelona que, posiblemente, en ese mismo momento, estaban tomando cañas y filosofando gratis sobre la crisis y lo complicadas  que están las cosas para la cultura. Sin embargo, sola, armada de valor, esta chica viaja en metro hacia el centro, hace una cola interminable y en un abrir y cerrar de ojos se encuentra de nuevo en la calle, pero todo ha cambiado. Sigue rodeada por gente atareada, cargada con bolsas de tiendas de ropa gigantes, el ruido de las calles es el mismo, el desconcierto generalizado, exactamente igual. Todo el cambio está en su interior. Su corazón late a 16/16. Su funda, y una firma. No es una firma. Es una actitud, un camino, un reconocimiento ante la lucha diaria de la autosuperación. Una señal de reconocimiento ya no hacia El Pianista, sino hacia sí misma. 
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Playing the piano.

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