El nuevo continente

Mi mente se había vuelto poluta desde que ella había aparecido en mi vida, como un espectro que recorre tus entrañas y que, cuando sale, ya nunca volverás a ser el mismo. Un escalofrío múltiple florece cada vez que escucho su voz. Mujeres hay muchas, La Mujer que he conocido recientemente es única, como aquella puesta de sol que contemplas sentado en la playa, con las piernas cruzadas y un cigarro en la mano, y que sabes que jamás volverá a repetirse, bajo ningún concepto. Piel morena, ojos cristalinos que miran profundamente todo aquello que deciden perforar. Sonrisa leve, tierna y dulce. Inteligencia sutil, que cae como la nieve en la copa de un pino, y cubre aquella ardilla que se ha quedado dormida en una rama.
Su sentido del humor goza de un perfecto estado de salud, mesurado y equilibrado, con una puntería digna del mejor arquero, que consigue dar en mi diana más íntima y escondida cada vez que se lo propone.

Pese a ser una mujer de tales características, la soledad la acompaña desde hace tiempo, como una sombra, que una vez aparece y hasta que se pone el sol te persigue sin dar un tregua. Cuando llega la noche, la sombra desaparece, pero la soledad se amplifica, se magnifica y se impone con dignidad y soberbia. Por eso me gusta abrazarla, tenerla cerca, acompasar su respiración a la mía. Susurrarle al oído que la necesito a mi lado, cerca, muy cerca. Besarle la oreja y recorrer su cuello con lengua, húmeda y tierna.
Estar en la cama horas y horas, dejarlas pasar como un sultán a sus sirvientes, una vez le han servido la cena y los mejores vinos.
Desnudarla, con las manos, a veces con pasión, a veces con templanza. Siempre llegando hasta el final, hasta poseerla, hasta ser Uno, hasta elevarnos por encima de todo aquello malo que nos rodea.

Descubriendo un nuevo continente. Una nueva vida. Un nuevo destino.

Ven conmigo.

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