El monje postapocalíptico y voyeur que no tenía un Ferrari*

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Ilustra Pau Castells Quero
Se disfrazaba de monje budista para poder ir sin gallumbos por la calle. Se disfrazaba de monje porque así destacaba entre las bandas callejeras que controlaban la ciudad. Un tipo sereno, mirad que sonrisa, al que poco le importaba el caos en la urbe. Hambruna, asesinatos, violaciones, atracos, atascos, incendios. Basura amontonada decenas de metros a lo alto, calles colapsadas de restos de comida y ropa y vete tú a saber.
Con su túnica, y música de Arvo Pärt en un mini iPod con cargador solar, pasaba las horas paseando por las calles del centro, lamiendo con la mirada la infelicidad ajena. Gente meando a todas horas en las esquinas de lo que antaño habían sido enormes tiendas de ropa y electrónica. Caminaba, con sus zapatos trillados y agujereados, sin apenas comer, o meditaba en las plantas muertas de los parques.
Su perro, relativamente limpio en comparación con las manadas salvajes, lo seguía fielmente y le propinaba proximidad y afecto. El dinero que simulaba pedir en un platito era falso, puesto que ya no había dinero válido en circulación. Era un símbolo de lo que una vez pudo conocer, en otro mundo, décadas atrás; cuando había gente que sí tenía y la gente que no tenía sencillamente se sentaba y esperaba a por unas monedas.
La máxima diversión del hombre vestido de monje, a parte de escuchar a Arvo Pärt a diario, era su pequeño cacharro 3D de chicas bailando. Solía entrar en un edificio abandonado, cerca de un gran parque contiguo a la playa. Lo enchufaba, cerraba los ojos, y se contentaba con el sonido balsámico casi imperceptible de las caderas de la mujer contoneándose y el roce del sujetador con los golpes secos de la melena en su delantera. 
*El monje no sabía lo que era un Ferrari.
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