El mito del Etorno Reterno


Sancho era un crack. Uno de esos tipos con los que se podía hablar, comiendo unas patatas bravas y bebiendo una cervecita fresca, en alguna apacible terraza de alguna apacible plaza de una apacible tarde de un apacible mes caluroso, acerca de las grandes cuestiones que han acompañado al hombre desde el inicio de los tiempos. Sancho curraba en una panadería cerca de su casa. Su especialidad eran las baguettes congeladas y los crusanes de chocolate. También preparaba bocadillos de jamón bastante buenos.
Lo que aquí nos incumbe no es lo bien que ejercía de panadero, ni lo que ganaba, ni si tenía clientes guapas o feas.
En sus ratos libres, cuando no había clientes-hacia la hora de comer especialmente-sacaba sus libros favoritos y los leía. No eran libros cualquiera, ni fáciles; eran libros de más de 400 páginas, escritos por filósofos excelentes de todas las épocas. Desde la antigua Grecia hasta el posmodernismo más actual, Sancho gozaba mirando los dibujos de los libros. Compraba ediciones especiales, con ilustraciones. De hecho, no las compraba porque ediciones con dibujos de libros de filosofía casi no había. Él adquiría las ediciones normales, y uno de sus mejores amigos, que era dibujante de cómics, ilustraba para Sancho algunos de los temas de los libros de filosofía así como sus personajes. No nos engañemos, la intuición de Sancho era tal que no necesitaba leer para llegar a las más absolutas conclusiones abstractas contenidas en los cientos de páginas de esos libros.

Sancho veía perfectamente a Platón, con su barba y medio gordillo, deambulando por las calles de Atenas, hablando acerca de la República y del mundo de las ideas. Sancho se imaginaba el mundo de las ideas como un lugar donde la gente tenía ideas. Por ejemplo, había un mono jugando con una piedra y tenía una idea, entonces picaba la piedra y hacía una rueda.
Luego la República, como no sabía lo que era exactamente, pensaba que era una Red Pública, es decir un sitio dónde había una red wi-fi gratis para todo el mundo.
A Aristóteles lo imaginaba un poco más guay que a Platón, seguro que tenía un coche más guapo y un televisor de plasma más grande. Aristóteles hablaba del término medio, y de la virtud. El término medio, según Sancho, era por ejemplo, el agua templada; ni fría ni caliente. Eso era el término medio, ni caro ni barato. Y es que Sancho, no era un filósofo cualquiera. Kant para él era un gran portero de fútbol alemán, y su metafísica era que tenía un gran físico para ser un buen guardameta. Sartre era un sastre de puta madre, y hacía unos trajes muy elegantes, con el único problema que a veces le quedaban algo imperfectos porque era bizco.
De todos ellos, su filósofo favorito era Nietszche, con su libro que hablaba del mito del Etorno Reterno. Que todo vuelve, vaya. Sancho decía que era el mito del Boomerang, que lo mandas lejos y siempre vuelve. O el mito del pedo manchador, porque lo mandas lejos pero se te queda en los gallumbos.

Era un placer hablar con Sancho, sabiendo que se merecía de sobras entrar en la École Normale Supérieure de París para entrar en la carrera para el Nobel que, según él, no era más que recibir tabaco gratis para toda la vida.

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