El inquieto carnet de socio de mi videoclub de los noventa

Unos 150 cigarros en un fin de semana. Poca lectura, mucha gente. Celebraciones pendientes. On fire. Me pregunto realmente si mis pulmones aguantarán un día más. Eso parece, eso celebro. Mi cerebro también saluda las súbitas dosis nasales que le caen sin previo aviso. Es lo que tiene trabajar en un estudio tan grande. El polvo acecha, desde cualquier esquina, lámpara, bolsa, no sabes de dónde exactamente, pero sí lo sabe tu carnet de socio de un videoclub de los noventa, el primero en especializarse en porno surcoreano, al que fui desde los 13 a los 15, edad en la que por primera vez pude conseguir una chica coreana a bajo coste. El carnet, como decía, sí lo sabe. Desaparece en busca de merca mientras escribo spoilers de pelis de ciencia ficción en blogs de ciencia ficción o busco canciones en Spotify con 0 popularidad para escribir a los artistas y ofrecerme como manager para planear su suicidio mediático y que, por lo menos, sus novias y madres frustradas puedan sacarse una pequeña renta antes de caer en los burdeles o en clubs strippers de Los Soprano. Mi trabajo, en realidad, se toma muy en serio la dignidad de las personas. Especialmente la de aquellas que no conozco. 
El carnet regresa armando unas líneas la mar de anchas y largas. Y saluda en plan Hi5. Todo un lujo ser socio de este videoclub. Quién lo iba decir, por eso no me cabreo tanto con el cierre de Megaupload, sino por el de Megacumload. Eso sí es una pérdida. Qué le vamos a hacer, habrá que crear una fundación por el porno on fire y gratis en la red. Una asociación de divorciados hambrientos. Creo que es el target más jodido, el que más altruistamente colaboraría. 
He fumado mucho, soplado lo suyo. Dormido poco, o menos. Leído a ratos. Y, ahora, incapaz de concebir un texto mayor que este, publico y me voy de birras. Eso sí, con este tema bajo los cascos:

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