El gordo glotón

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Por aquel entonces Jossy pesaba 125 Kilos. Él pensaba que estaba cerca de los 100, pero hacia meses que no se sometia al juicio del marcador. Tuvo que vender su báscula para comprar 5 Big Macs con patatas DeLuxe el día de su cumpleaños, como auto-regalo más que merecido. Quizá se preguntan cómo un vagabundo puede engordar tanto y que sus carnes naveguen armoniosamente entre la soledad, el desamparo y las flatulencias demenciales. Sus compinches conocían a Jossy como "el gordo glotón". Jossy conocía al dedillo todos los restaurantes de comida rápida de la ciudad, así como las horas de cierre y la cantidad de restos de grasa y aceite y pan y queso y bebidas caducadas que dejaban en la parte trasera. Tenía 4 carros de la compra meticulosamente equipados y preparados para transportar decenas de quilos de desechos putrefactos. Contaba con un camping gas, que usaba las noches frías para quemarse los pelos del culo y calentar al mismo tiempo lonchas de queso podridas y tostar pan color ladrillo. No tenía pantalones de su talla, así que aprovechó cartones del menú Giant para hacerse un taparrabos, con los logos debidamente distribuidos para emular el estilo warholiano (Jossy no conocía la obra de Warhol, pero era de los mejores de su clase de primaria con los plastidecor). Deambulaba por el centro de la ciudad arrastrando su pesado trasero, a veces rasurado gracias al fogoncillo y a veces peludo como un oso panda mutado genéticamente por los chinos para usar su piel como alfombra y vender la patente a IKEA.
Los viernes llegaba su momento de gloria semanal. Jossy dejaba de lado la comida rápida y se convertía por unas horas en un delfín de zoo, a la espera de mover la cola para que el domador o el niño con granos de turno le dé un pececillo.
En el centro de la ciudad, un restaurante con una amplia terraza, daba a una de las calles principales. El lugar era selecto y caro; se entraba sólo con etiqueta. Se podría pensar que era un lugar tranquilo y relajado, y que los tíos espabilados iban con sus zorritas para que les chuparan la polla entre bocado y bocado de calamar en su tinta con queso de cabra y aceite de oliva de cultivo ecológico. Los viernes por la noche, el local no cumplía esta función. Los dueños del restaurante apodaron la cena temática como "¡Mueve a Jossy!". Sí, claro, los ricos necesitan sus entretenimientos sucios de vez en cuando.
Jossy llegaba puntual, con su taparrabos de cartones "menú Giant", y se quitaba su grasienta y sudada camiseta, ansioso por dar comienzo a la orgía culinaria que tanto deseaba a lo largo de la semana. Los ricos y las zorritas de etiqueta gritaban y aplaudían al recién llegado. Los camareros distribuían migajas de manjares ciertamente caros y de calidad entre los asistentes. Cada mesa tenía su propio megáfono para vociferar a Jossy la primera barbaridad que se le cruzara por la cabeza. Jossy se situaba debajo de la terraza y reclamaba comida moviendo la panza.

-¡Mueve tus tetillas, Jossy! Y Jossy las movía con ganas y fruición. Y entre copa y copa algunas piadosas manos le tiraban comida caliente. El gordo glotón se esforzaba por cazarla al vuelo, con poco éxito debido a sus problemas de movilidad. Lo habitual era recogerla del suelo y engullirla junto a chicles y colillas. Pero le gustaba.

Cada viernes, Jossy era la diversión de unos mezquinos, que creían humillar al ceboso vagabundo. pero lo cierto es que, cada viernes, Jossy era, dentro de su comestible mundo, casi feliz.

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