El fumador que quería ser fumadora. La tortuga gigante que todos queremos

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Las tortugas gigantes están de oferta en Internet.
Su sombrero rosa no ocultaba, del todo, su calvicie. Su jersey de cuello alto con estampado de flores tampoco disimulaba la falta de glándulas mamarias. No es fácil querer tener chochito cuando en realidad no lo tienes. Trataba de tener voz de pito. Pero eso no disimulaba su tos de fumador de Ducados negro. Cuando intentó ligar conmigo, embalsamándome por mis gafas Cutler&Gross of London, le pregunté:
-¿Pero todavía existe el tabaco negro? Todo tiende hacia el light, el orgánico, el de liar, el paquete blando...
-Yo no tengo paquete, tengo chochito, guapo. ¿Eres escritor?
-Escribo cosas, si a eso te refieres. Pero no consigo hilar nada más de 5 páginas seguidas. Luego ya no sé de lo que estoy hablando, y suelo masturbarme.
-Mis felaciones son muy sensuales.
-No me gustan los hombres que hablan con voz de pito. Me da tanto reparo como un ecologista preguntando por gasolina de girasol en una estación de BP.
-Es que soy una mujer. Una mujer encerrada en un cuerpo de hombre.
-Pues lo siento mucho, que es el típico tópico que sueles decir ante una frase tan obvia. Esto me recuerda a la peli de The Cube. Un grupo de alienados encerrados en un laberinto incomprensible. ¿Sabes quién se salva?
-No.
-Un retrasado mental. 
-Vaya.
-Sí, de ahí puedes sacar muchas conclusiones. Yo saqué las mías. Me compré un cubo de Rubick.
Siempre es bonito hacer nuevos amigos, gente con la que compartes unos segundos de tu vida, únicos, especiales, unos momentos de incalculable valor que lanzas al terreno de la vulgaridad y a la arrolladora pérdida de tiempo. Hay gente que se siente bien hablando con gente más corta. O tías que se sienten bien hablando con tíos feos. Los tíos feos me caen mal porque suelen tener amigas feas, y la gente corta me cae mal porque no entiende lo que escribo. O si lo entienden se lo toman como algo personal, cosa que me aburre.
Sigo caminando por la calle mientras los tacones del hombre chochito me siguen. Me giro y aprovecho para comentarle una cosa:
-¿Tienes pasta? Quiero decir, necesitaría cincuenta euros. Como vengo mucho por este bar te los devuelvo mañana mismo. 
-Bueno, te puedo dejar 30 euros. Guapetón.
-Con eso me apaño.
Qué agradable es robar a la gente entregada. Esta sumisión, esta promesa de "mañana nos vemos" me garantiza un pollo de Speed para pasar una noche leyendo un libro de Acantilado y también Contra el rebaño digital y, lo más importante, comprando tortugas de agua dulce gigantes por Internet.
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