El freerider discreto

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Tony llevaba dos semanas instalado en un precario piso de un barrio alejado del centro de Roma. Su habitación, con cama individual, tenía una ventana que daba al patio interior. A veces se quedaba embobado mirando por el agujero, escuchando música comercial que, al ser cantada en italiano, le parecía exótica. Se planteaba a menudo dónde y cuando podría comprar hachís, ya que ahora sólo tiraba de cerveza Peroni. La birra Peroni le recordaba a la Estrella Damm, con ese toque entre popular y clase media. Con la cerveza en un vaso reutilizado apoyado en la pequeña mesa de la habitación, cenaba y leía Fantasmas de Palahniuk, y fumaba tabaco de liar con filtros de tamaño fino.

Por las mañanas peregrinaba hacia la fontana di Trevi. Y ahí se pegaba un baño que siempre terminaba con expulsión por parte de la policía e insultos de los turistas que no podían sacar fotos normales. Los más enojados le lanzaban las monedas de la suerte por la cabeza, y más de una vez sus cejas quedaron rajadas y chorreando sangre. La sangre caía en gotarrones al agua de la fontana legendaria. Se mezclaba con algunos detritos y parásitos, y cuando Tony movía las piernas, el agua con sangre y los parásitos y detritos levantaba las monedas de menos valor, en un bals entre monedas de la suerte y deshechos -consecuencia del turismo, la ancianidad de la fuente y la osadía de Tony-.
De regreso a casa, tras la rutinaria detención y posterior liberación, Tony paraba a comprar unas vendas para sus cejas y tomaba el metro. En casa, visitaba a la anciana del cuarto piso, una pobre abuela con poca vista que nunca sabía decirle que no a Tony, el cual le vaciaba la nevera con una meticulosidad religiosa.

Tony no tenía la sensación de vivir una vida pobre, más bien todo lo contrario, su actitud de freerider lo mantenía despierto y mejoraba su autoestima, al verse a sí mismo como un tipo al margen de lo correcto.
Lo cierto, seamos sinceros, es que todo ello daba un poco de pena. Y, al mismo tiempo, Tony era un personaje literario con pocas cualidades, aunque tampoco totalmente despreciables, de ahí este post, discreto homenaje a su peculiar modo de vida en la Roma posmoderna.

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