El fabuloso mundo onírico del baño de un bar de chinos

Llaman a la puerta. Golpes secos y constantes. Toc. Toc.
-Venga, chaval, ¿estás ahí?
Un chico llamado Bill está soñando dentro del baño con las piernas de una belleza india, una bollywoodiense con una falda tan corta como largas tiene las piernas, con unas tetas tan grandes como el Taj Mahal ampliado por unos prismáticos tricolor. La chica baila cada vez más rápido, con movimientos de cadera secos. Tac. Tac. Mierda, o se ha roto la cadera o algo suena raro y fuerte, piensa Bill mientras el MDMA que se metió hace una hora le golpea el cerebro y las pupilas. Abre los ojos. Toc. Toc.
 Bill tiene los calzoncillos bajados y la zambomba apuntando a Ganesh. Una erección de caballo, si dirigiera su nabo al centro de la tierra podría llegar al núcleo, a ese especie de magma parecido a la salsa pomodoro de los restaurantes malos de la zona turística de Pisa.
Abre la puerta con las gafas de sol, para disimular su evidente colocón. Un policia con la clásica boina de tipo de orden le pregunta si está bien. El chino de detrás de la barra grita. 
-¡No dlogas en mi bal!
Aunque pretenda ocultarlo, el jefe chino del bar también tiene un pasado turbio. En la foto,  de vacaciones en Lloret de Mar el primer año de su llegada a España.  
Bill está de buen rollo, pero él nunca ha sido un yonkie y nunca lo será. Así que responde sin dudarlo.
-Chinito, aquí lo que es droga es tu puto whisky de garrafón y las patatas fritas de bolsa, del año de los Guerreros de Xian. Si llevo un rato (algo así como dos horas) encerrado en el baño es por tu culpa. Por tu comida. Si fuera china por lo menos serías honesto, pero no me vengas de bar Manolo vendiendo mierda de época tardofranquista. Llevo cuatro zurullos del tamaño de vuestra muralla de los cojones.
El policia no quiere más barullos. Su hijo tiene faringits y duerme mal por las noches. Es el tercer bar al que acude de servicio durante el fin de semana. El primero, por tráfico de órganos. El segundo, por tráfico de drogas, y el tercero por el yonki en potencia que se pega la siesta de su vida.
Un grupo de chicas, sentadas en una mesa de color beige rancio, dos con falda y otras dos con pitillos y Converse, adoran a Bill. Vaya tío, un petao de verdad. Un tío solitario, valiente, a su bola, un Hunter S. Thompson de la música indie, capaz de pillar un ciego sin la menor compasión, de quedarse sobado en un bar las horas que haga falta. Joder, a este hay que chupársela. Lo más inn es ir con tíos malotes y trashers. Nada de intelectuales pretenciosos. Qué va.
Mientras la policia se retira habiendo comprobado los antecedentes penales de Bill, suena una sirena. Son los bomberos.
-¿Es aquí donde hay que reventar una puerta, está un chico jodido dentro encerrado?
-Nol, chico estal bien. Ahola no ploblema. El paga bebida y se va pala casa.
Bill, enojado, interviene.
-Pero qué dices, chinito. Yo me quedo aquí hasta que me salga de las pelotas -las chicas le miran con señal de beneración. Este tío los tiene cuadrados, eso es. No tanto marica con reloj Casio dorado y gorra de hipster entrenado.
 -¿Te vienes a nuestra casa? Seguimos la fiesta ahí. Dijiste que te queda M, ¿no?
Bill se levanta y se golpea el pecho a lo King Kong. Está dispuesto a ir donde haga falta. Porque estas chicas son maravillosas, entienden su soledad y su manera de vivir al límite, de batallar incansablemente contra la mediocridad y la siesta en los váters. Y quieren M. Pues toma dos tazas. Porque Bill tiene cuatro pollos, todos abiertos, que quería vender al mejor postor guiri, pero que finalmente se ha acabado metiendo él como un buen dealer que nunca saca pasta porque se funde él mismo toda la merca.
El plan se vuelve a truncar. Bill ha ido a mear al baño del chino y todavía no ha regresado.

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