El bar de los soliloquios

En la Universidad ya me llaman el señor 8, y la pregunta más frecuente es:
¿Cómo coño te las arreglas para ir pasado a los exámenes y sacar siempre la misma nota?
A lo que respondo, sin sacarme las gafas de sol aunque sean las 7 de la tarde:supongo que mi aleatoriedad mental sigue funcionando, y que sea así por lo menos hasta las 30.

Y entonces es cuando mi manager Karl me llama.

-Jodido cabrón, ¿Desde cuando vas grabando coches que se queman y escribiendo posts de 400 líneas? Eso no se lo va a leer ni Dios. A parte, ya está bien de tantas idolatraciones propias. Joder, sí, tu ego no cabe ni en la sección de congelados del Carrefour, pero no machaques tanto a tus lectores con el tamaño de tu pene y tu nuevo brazo mecánico con vibrador en cuatro dedos. Ya nadie te comenta, te estás convirtiendo un soliloquio posmoderno. Recuerdo tus primeros posts, eran relatos currados en los que hacías fracasar a la gente o fracasabas túmismo, deberías retomar esa senda de vez en cuando.
-Karl, agradezco tu sinceridad, eres un buen amigo que básicamente vive a cuestas de mi trabajo constante y pertinente. Mas debo reconocer que no es mala idea que retome mis andadas, si más, lo intentaré. Voy a empezar ahora.

El Bar de los soliloquios

El bar se llamaba "La esquina", aunque podría tener un nombre ingenioso y sugerente como Paco o Luís. Entre sus sillas de los ochenta y su televisión en blanco y negro (fruto de la escasa inversión en el material de su propietario) destacaba otra cualidad ciertamente poco habitual.
La gente hablaba sola. Desde las ocho de la mañana hasta las once de la noche todo aquel que entraba en el bar La esquina tenía conversaciones de lo más sustanciosas, a diferencia que no eran con algún colega ebrio o en paro; eran con ellos mismos. Un vocerío incomprensible aturdía al entrar, y producía una reconfortante discontinuidad sensitiva que, acompañada con un buen carajillo, levantaba los ánimos a aquellos peleles solitarios incomprendidos.

Cerda, mi mujer es una cerda, siempre lavando y hablando por teléfono. ¿Y quién paga todo eso? El agua, el teléfono, todo lo paga el menda. ¡El puto menda!. Pero lo que más me jode es que ya no me la chupa.

Sigo buscando suelto en las cabinas telefónicas. Con las pesetas siempre había suerte, un duro, cien pesetas...pero eso ha cambiado, todo el mundo con móviles, y los únicos que llaman por las cabinas son los inmigrantes, y ya todos usan tarjetas.

¿Sabes que Osama se hizo la cirugía estética y se parece a este de Izquierda Unida? Todo es una mafia, te lo digo.

Esto, grandes reflexiones surgidas de la ebriedad y lucidez melancólica, adornaban las sillas de los ochenta y la televisión en blanco y negro. Lo peor de este bar, los más injusto, es que no sale en ninguna guía de moda de la ciudad.

¿Contento, Karl?
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