El Arte ante el naufragio y los límites de la moralidad tradicional en la era posmoderna

La era posmoderna (hipermoderna o ultramoderna, dependiendo del término de cada autor) ha desterrado numerosos pilares tradicionales, puramente modernos, que han dejado lagunas que dificultan el avance social y la reconducción del sistema político y económico de Occidente hacia un paradero estable y sostenible.
En realidad, el eje que vertebra el fenómeno social y su organización corresponde a un sustrato meramente económico. La política y la aspiración colectiva ha quedado diluida bajo criterios economicistas que gestionan la realidad de lo social y lo desmiembran en individuos aislados que deben limitarse a lograr su supervivencia al margen de la integración social. El enfoque de lo lúdico en todos los niveles (redes sociales, organizaciones, turismo, deportes, aficiones) deteriora la capacidad de respuesta del individuo ante los ataques liberales constantes por parte del stablishment político, sujeto al poder empresarial.

Como he mencionado, el protocolo de actuación y denuncia ante esta destrucción de la consciencia social (que no deja de ser una invención linguística faltada de corporeidad pero útil para describir "el pensamiento común") ha quedado duramente golpeado por la disfunción de los términos concretos que ayudaban a mantener bloqueado el acuciante poder económico ansioso de expansión.
Entre estos términos, el hundimiento de la ética y la consiguiente caída en una época de oscuridad (temida ya por Goethe, entre muchos otros) imposibilita que desde abajo se reclamen ciertos cambios necesarios para la superviviencia y mejora de las condiciones de vida de la mayoría de la población. Sin religión, ni aspiraciones políticas altersistémicas, ni consumo crítico, ni pensamiento crítico, ni exigencia intelectual a los medios, ¿Cual es el camino a seguir?

No podemos permitirnos el lujo de regresar a los modelos modernos para reclamar a las empresas y políticos que actuen de otra forma en un sistema mucho más desarrollado y consolidado que hace un siglo. ¿Y la crisis? La crisis es una anécdota que corrobora la fascinación y dependencia del fantasma que determina nuestra desdicha aunque nunca nos lo hayan presentado.

Hay que reinventarse, redefenir cuales son los pilares de actuación para aquellos que hemos sufrido en el mundo "desarrollado" las consecuencias de la frustración filantrópica y la dificultad para canalizar las insatisfacción ante las injusticias que están, sobra decirlo, al orden del día.

¿A dónde nos agarramos? El discurso ético tradicional, que aboga por la consistencia del mensaje y la bondad es, actualmente, una caricatura de sí mismo. Si no, que se lo pregunten a MTV y su mal logrado Amo a Laura. Un chiste más que repatea un discurso ya de por sí retrógrado.
Es importante ver que en el vacío actual, tan bien definido por Gilles Lipovetsky, nace una nueva libertad fruto de un mundo en decadencia en el que el margen de actuación alcanza cotas insospechadas, por mucho que se hable de control social. El control policial y judicial está al borde de la saturación. Cientos de superordenadores funcionan las 24 horas recopilando todas nuestras huellas en la red, hasta el punto que pueden confundir un niño de 12 años mirando una página porno con una especie de terrorista sexual.
No hay que temer al control, es la nueva guerra por la que hay que luchar. Y la no-moralidad acogida en el campo artístico es una salida digna y que merece consideración. No se trata de decir trivialidades y hacer sonar las campanas para llamar la atención y gozar de cierta popularidad prepotente. El mensaje debe ser otro. El Arte debe incitar al cuestionamiento y a despertar la demanda de más Arte y lograr que, cualquiera que quiera salir de la ortodoxia basurera del sensacionalismo destructivo, pueda establecer una cadena de descubrimientos de obras, autores y movimientos que llenen el vacío posmoderno.
El Arte, es sin duda, la nueva moral desmoralizada a la que los parias que no creemos en nada ( aunque a veces lo fingimos, como buenos cínicos) nos acogemos para no terminar dando tumbos en una habitación aséptica con camisa de fuerza. No quiero ser malinterpretado, el Arte no debe ser moral, creo que es un lugar al que se acude para canalizar la frustración y la voluntad de lucha para rebelarse ante el orden imperante, económico y político, solo combatible por la ya violada libertad de expresión.
Puede que el mensaje artístico sea malinterpretado. Es un riesgo que hay que correr, al que yo me expongo a diario. No hay una correcta interpretación de una obra artística y, la pieza se justifica a sí misma en el momento en que alguien, ni que sea una persona, extrae ciertas conclusiones que le permiten incorporarla a modo de input para engrandecer su bagaje y rearmar así su supervivencia en este predominantemente confuso y oscuro planeta.

Ojalá los que vienen detrás, los nacidos en los 90, puedan vivir y luchar por este Arte que estamos construyendo, se lo apropien y lo hagan la bandera de su descontento, de sus sueños y sus deseos. Sé que no estamos cerca de ello, más bien todo lo contrario. Pero (primer y último de este post) joder, necesitamos una generación decente.

Nota: he escrito Arte en mayúscula a consciencia.

http://feeds.feedburner.com/PuraVanidad-VanityDust
BlogVanity Dust