Entrevista a Mario Crespo

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Mario Crespo, el autor de Biblioteca Nacional (Eutelequia, 2012)

"Quería jugar con mi vida en la ficción, o con la ficción en mi vida, ya no lo recuerdo"

Mario Crespo (Zamora, 1979) es licenciado en Historia del Arte y Documentación. Ha escrito y dirigido los cortometrajes Odio y Sin título y es autor de las novelas LS6 (Bohodón Ediciones) y Cuento kilómetros (Eutelequia). También ha coordinado, junto a José Ángel Barrueco, la antología Viscerales (Ediciones del Viento) y ha sido colaborador habitual de prensa. Su obra poética y narrativa aparece antologada en libros como Beatitud: visiones de la Beat Generation, Al otro lado del espejo, Vinalia Trippers o Heterogéneos. Actualmente reside en Madrid.
 
-La vida de Pablo Villa, protagonista de Biblioteca Nacional, es una vida corriente, con su curro y su churri, lo habitual, con pocas variaciones, al tópico de los treintañeros. Pero escribir le lleva a movidas bastante fuertes, que cambiarán su vida, de cabo a rabo, a descubrir nuevos parajes secretos más allá de la realidad. ¿Es la escritura, en uno u otro grado, una manera de rebelarse ante la aborrecible rutina y la frustración y a plantar cara ante las limitaciones -económicas, geográficas-?
Para mí desde luego que sí. A día de hoy tengo la suerte de tener un curro que me gusta (trabajo con niños y adolescentes en una biblioteca escolar; es un trabajo muy bonito que me hace bastante feliz), pero si repasamos mi vida laboral veremos que he estado dado de alta en dieciséis empresas distintas. Y el periplo por la mayoría de ellas me generó insatisfacción y frustración (malas condiciones laborales que provocaban mal ambiente y malos rollos con los compañeros y los jefes, condiciones miserables, sueldos paupérrimos…). Ese yugo laboral ante el que estaba (y sigo estando, aunque de otra manera) obligado a humillarme para sobrevivir, como lo está cualquier asalariado de este país, me oprimía tanto que necesitaba una vía de escape. Y aunque escribo relatos y guiones de forma amateur desde los doce años o trece años, el mundo de la creación, especialmente en cine y literatura, me ha ayudado a evadirme del sistema desde que vivo de manera independiente, hace ya unos cuantos años...
-La red como lugar en el que las coincidencias son inevitables. La red como madre y representación de toda la producción humana. Google como el dios todopoderoso al que todos necesitamos. Pero también la red como pérdida de identidad, como una avalancha de lo desconocido e insondable, el miedo a encontrar según qué cosas que pueden jodernos de verdad...
Es como todo: un vaso de vino al día previene la oxidación de las neuronas, una botella de vino al día provoca la oxidación de las neuronas. Internet es un avance que se ha inmiscuido en nuestras vidas como en su día lo hicieron el tren o el coche, y que como éstos ofrece muchas posibilidades y nos hace la vida más confortable en muchos aspectos. Pero usado en exceso, o para fines malignos, es una herramienta potencialmente peligrosa. La vida digital de las redes sociales me atrae como método inmediato para el intercambio de información y de opiniones, pero un exceso de vida digital lleva al aislamiento y al “hikikomorismo”. Si te soy sincero, yo soy más de acodarme en una barra para charlar con los colegas. Pero reconozco que, por circunstancias, he tenido épocas de enganche máximo a Internet. Y como cualquier tipo de enganche, es una mierda…
-Pablo Villa es mitómano. Pero su admiración hacia ciertos personajes, estrellas del deporte y literarias, termina por afectarle la cabeza. ¿Hay ahí una crítica a nuestra sociedad de rockstars con la que nos machacan día sí y día también?
Andy Warhol no fue, ni mucho menos, el artista del siglo XX con más talento para las artes plásticas, pero sí fue un gran visionario, al igual que lo fue Duchamp (a quien cito varias veces en la novela). Digo esto porque los iconos de Warhol, despojados de su significado inicial (la cara del Ché no representa lo mismo ahora que durante la Revolución), llegan hasta hoy en forma de iconos publicitarios, televisivos, etc. Muchos de ellos pertenecen al mundo del deporte, sobre todo al fútbol, porque, nos guste o no, el fútbol forma parte de nuestras vidas como lo forma la política y más recientemente la economía (antes de la crisis ni Dios sabía lo que significaba “prima de riesgo” o “confianza de los mercados” igual que hace cincuenta años mi abuela no hubiese empleado la expresión “me pillas en fuera de juego”, como sí hace ahora). Todo este sistema “iconodulo” penetra en la sociedad hasta marcar las tendencias de las nuevas generaciones: veo a los chavalitos del instituto con el mismo corte de pelo que Cristiano Ronaldo, a los niños pequeños con la camiseta de Casillas, a los ejecutivos calvos afeitándose la cabeza y dejándose barbita de cuatro días a lo Guardiola’s style… Efectivamente, los iconos pueden afectar a la cabeza. Ronaldo, como persona, no es desde luego un ejemplo a seguir: está más cerca de la adolescencia que de la madurez, ha desarrollado un carácter extremadamente defensivo, vive fuera de la realidad, en su mudo de lujo... Pero las aspiraciones que nos vende el capitalismo en su versión más neoliberal y globalizada es la de llegar a ser como Ronaldo: o sea, gana un sueldazo, compra un deportivo más ancho que un camión, alquila una mansión en Somosaguas y tírate a un pivón descomunal que salga en las revistas y sirva de póster para los camioneros. ¡Eso es el triunfo! Y mira dónde se está yendo todo, gracias a semejante creencia… Para la novela he elegido iconos del deporte y de la literatura, es cierto, pero son iconos que, al menos para mí, resultan, un tanto atípicos, especiales, pioneros… Aun así, el protagonista los ve como reflejos. Porque, sencillamente, los coge del imaginario popular…
-En Biblioteca Nacional podemos encontrar tanto a Borges como a Perdidos. ¿Cuál fue tu imaginario a la hora de escribir esta novela, de qué influencias partes? Porque también está muy presente la ciencia ficción, o la fantasía, como queramos llamarle...
He leído por ahí, sobre Biblioteca Nacional, algo así como: “una mezcla entre Berlanga y J.J. Abrams” o “Borges en las mazmorras de Azkaban”. Creo que ambas frases representan perfectamente mi imaginario. Aunque se podrían añadir muchas más, claro. Me preocupa mucho el tema de la fe en Occidente. Si viviéramos en otra época quizá mi obra enfocaría más su crítica hacia la Iglesia (tipo Buñuel), que hacia el sistema en sí, puesto que la Iglesia (aunque depende en qué países) ya no tiene tanta presencia e incidencia en el sistema. Y no la tiene porque en el mundo occidental de hoy la religión está en desuso. Quedan muy pocos practicantes católicos entre la juventud. Supongo que ha habido un gran aumento del nihilismo, pero no creo que haya un vacío de fe en el mundo desarrollado. Cada cual interpreta la metafísica a su manera, con un poco de filosofía, un poco de ciencia y, por qué no, un poco de fantasía también. De alguna manera, la ciencia-ficción sustituye a la fe y llega más allá que la ciencia, puesto que ésta necesita demostrar las hipótesis para que nos la creamos. Por eso, el personaje de la novela, un tipo que quiere saber, que quiere entender el mundo, pincha un poco de cada plato hasta componer su propia ensalada. 
-La figura del doble, de alguien que existe más allá de uno mismo y de la voluntad pero que, de una forma u otra está ligado a ti -mentalmente-. Esto tiene una gran relevancia en el libro. Mario Crespo, personaje de la novela, parece haberle robados las ideas al protagonista, Pablo Villa, ya que este siempre las encuentra en el blog de Mario cada vez que se quiere poner a escribir. ¿A qué se debe este cruce de identidades con un tipo que tiene el mismo nombre que tú?
Bueno, este juego es más viejo que la orilla del río; lo ha hecho Pirandello, Unamuno, más recientemente Auster, Houellebecq… Yo lo he usado a mi manera, según lo necesitaba, y utilizando Internet como enlace. En este caso la preocupación por el doble viene de mi obsesión con la voz narrativa. Desde que escribí mi primera novela (una obra técnicamente lamentable y bochornosa que jamás se publicó, claro, ni se publicará) le he dado siempre muchas vueltas al tema de la voz narrativa. Es algo sobre lo que reflexiono mucho antes de escribir. De alguna manera, es un gesto, o un amaneramiento, que está en todas las novelas: en LS6 con la con distintas voces y la firma del personaje principal al final del libro; en Cuento kilómetros con el uso de distintos narradores que firman los relatos; en Biblioteca Nacional a través de un narrador omnisciente que se desvela al final. Aquí quería jugar con mi vida en la ficción, o con la ficción en mi vida, ya no lo recuerdo… El caso es que el personaje tenía que buscar al autor para poder convertirse en escritor. Y lo dejamos aquí… si sigo más meto un spoiler como una catedral…
-Eres fanzinero a más no poder. De entre tus últimas colaboraciones, tenemos Vinalia Trippers, en el que compartimos espacio. ¿Qué te aporta la creación de textos para este tipo de publicaciones?
Te plantean un tema, a veces un género, algo que nunca has tocado, te dejan hacer experimentos y, básicamente, lo que te salga de la gaita, te puedes explayar como quieras, no hay cortes, no hay censura, no hay “sugerencias” de estilo… Lo que me aporta es aprendizaje continuo y satisfacción personal: muchas veces supone un reto, además te sientes en medio de algo mayor que tú y tu nombre en la portada, algo colectivo que además sirve para conocer gente que a su vez te conduce a otra gente. Es muy gratificante. Y aunque últimamente he rechazado un par de colaboraciones en fanzines -algo que no había hecho en la vida- porque no doy abasto entre el trabajo y el “otro trabajo” y mi vida privada, seguiré colaborando en estas publicaciones siempre que pueda. Y, quién sabe, si tengo tiempo y paciencia, quizá vuelva a coordinar otra antología.
-En la contra de tu libraco, Eloy habla de literatura underground. ¿Crees que realmente existe esta etiqueta? ¿Qué esconde detrás?
Bueno, no sé si existe como etiqueta, no soy un teórico y no me atrevo a meterme en esos fregaos semánticos. Lo que sí creo es que casi todos entendemos a qué tipo de música o literatura nos referimos cuando hablamos del underground. Y lo que se esconde detrás del underground son cientos de poetas y narradores condenados al ostracismo que, manteniendo siempre altos sus niveles de romanticismo, recorren España de recital en recital, de feria en feria, de festival en festival; gente que coordina fanzines, antologías, eventos en los que el organizador siempre palma pasta... Entre esta gente siempre encuentras unos cuantos muy brillantes que de haber tenido más suerte o haber nacido en otro ambiente o haber sido más ambiciosos o más trabajadores, hubieran llegado a ser celebridades en vida.
-Libros, libros, libros, recomiéndanos merca para cuando hayamos llegado al final de la Biblioteca Nacional, si es que hemos podido regresar al mundo real.
Te digo lo más destacable de lo que he leído últimamente: El mapa y el territorio, de Houellebecq, novela seria e inteligente, tanto que es una especie de ensayo filosófico disfrazado de obra de ficción, o eso me parece a mí...  Stoner, de John Williams: una historia sencilla, cotidiana y old school a tope, pero hay que saber contarla así de bien, con esa frescura… es excepcional. Pampanitos Verdes, de Óscar Esquivias, maestro narrador y virtuoso cuentista que te hace degustar la literatura como si fuera alta cocina. Vivir y morir en Lavapiés, de José Ángel Barrueco, un puzle cotidiano partido por distintos géneros que introducen al lector en el castizo barrio madrileño. La ciudad feliz, de Elvira Navarro: me interesó mucho esta obra por el uso de la voz narrativa; muy especial, muy bien manejada para lo que nos pretende transmitir la autora. 

There we go

 

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