Dos vidas / Paris Set Week I /

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-Ahora te llamo.
Después de un día relajado, que ha comenzado a las 14, bien pasadas, cuando ya no tenía más sueño, tras haberme acostado a las 8 de la mañana (escribir borracho tiene estas cosas), he salido a pasear y a subir de nuevo al Sacré Coeur. Me gusta dar los buenos días a París, aunque sea tarde.
Ayer, noche intensa, plagada de reencuentros emotivos. Ella, sugestiva, sutil, fina, tratable, soft power, femenina, curiosa. Yo, algo grosero, verborréico, alcohólico, intempestivo, insistente. Es decir, aquellas noches tremendamente adictivas, en que cada uno busca, sin reconocerlo, la lejanía del otro, el shock sexo-sensual que se hace irrepetible, único, intenso, fuerte, soñador.
Pero dejémonos de discursos pseudoamorosos, escribir escuchando remixes de Alter Ego no permite entrar en este tipo de disertaciones.
Sacré Coeur, leo, mientras le veo a una chica las bragas, está tumbada boca abajo, y lleva una falda muy corta. Me parece entrever, a través de las gafas de sol de aviador (aun no tengo las Wayfarer) que son blancas, quizá con topos, o un estampado casi imperceptible, fino, solo apreciable cuando estás a 2 cm con la lengua preparada. Tal es la rutina de un voyeur aficionado.
Después de leer, me digo que quiero ir a ver muertos, y voy al cementerio de Montmartre, en el que hay artistas pintorescos y algún travestido enterrado. Al entrar, un tipo negro me dice, ¿Qué quiere señor? Joder, pues lo que hacen los turistas, entrar y mear en alguna lápida.
-Márchese.
-¿Por?
-Es la hora de cerrar.
-Me parece perfecto. Ahora, seamos más educados, mamón. No es por el color de tu piel, ni porque sea racista, podrías ser hindú o chino y tendría igual de ganas de meterte una paliza. ¿Te crees que puedes venirme con un "márchese" de este palo?
-Sí, soy la autoridad.
-Puto subempleado de mierda, te vas a enterar. Haremos una cosa, busca un sitio vacío en este cementerio, elige lugar, y verás como en 20 minutos, el tiempo en que tardo en llamar al gnomo leñador, tus huesos podridos estarán ahí metidos.
-...
-¿...?
El tipo retrocede, entro, meo, no en ninguna lápida, sino en su casucha de guardia de mierda.
Visito algunas tumbas, saco fotos, recito un poema satánico, y me largo.
De vuelta, paso por el bar bohemio por antonomasia, es barato, hay pocos turistas, y la gente habla entre sí aunque no se conozca de nada. El sol se mantiene alto, quizá son las 18, hace días que no miro la hora. Es lo que tiene la ociosidad bohemia.
Tomo dos cervezas y llega mi amigo Nick, charlamos de mujeres, de la vida, de esas cosas que hablas cuando tu mente ha llegado a tal punto de distancia para con el entorno que no debes esforzarte en sacarlas de los lugares más recónditos de tu mente. Mi asesor financiero espera con ganas la llegada de su novia de NY. Yo no espero nada, todo fluye, ya sabes.
Hay una chica muy guapa de cara, sensual, que está con un chico árabe, no demasiado agraciado. La chica es espléndida, lleva un vestido rojo y negro corto, pero al fijarme bien tiene varices en las piernas (dónde sino). Debo reconocer que también me gustan sus sandalias, con cadenas plateadas.
Pasa el rato, y nos largamos a tomar unas plata de quesos a otro sitio, al otro lado del barrio.
El lugar está espléndidamente ubicado para apreciar la caída del sol. Mi cuarta cerveza me sienta bien, muy bien, y el queso reposa en mi interior como si se tratara de un jardín de jazmines lácteos [...]
Ya de regreso a casa, Nick tiene que trabajar mañana, pongo Ladytron, Destroy Everything You Touch, agarro de nuevo el libro sacrostanto de Georges Perec y escucho, desde la ventana, entre canción y canción, una fiesta de los vecinos.
Y, entonces, me llama. [...]
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