Don't let your neighbour play

Jugando con la idea del suicidio hedonista, aquel que te planteas cuando consideras que has llegado a lo supremo del placer, -a sabiendas de que me queda mucho trecho, pero la simple idea me divierte-, leo tumbado en mi sofá. Emulando una fan-ahora-emo de Britney Spears, pongo los pies en la pared y me tumbo mirando al techo. Paso las páginas y trato de que la ceniza de la pipa no caiga al suelo. El té Darjeeling se enfría, como tantas cosas en la vida. Paso las páginas de un libro de poesía, y retwitteo cosas sin ningún interés. Todo en mi piso #hiptheraval funciona. Incluso la lavadora. En cuanto a la música, suena Gold Panda. Es una reconstrucción electrónica de músicas entre orientales y exóticas, que no está nada mal para un martes por la tarde. En mi cuenta de iMac me quedan 70€, y pienso mirar en foros de geeks gordos y calvos (y ricos, a base de registrar páginas webs con dominios que pronto se pondrán de moda) para bajarme lo mejor. Por ahora, tengo perfil de Google+, así que quien quiera puede agregarme y literaturizaremos sin perder un ápice de frivolidad. Hasta aquí, no hay nada realmente nuevo. Sencillamente, las cosas van bien. Hace tiempo que no me masturbo delante del Bershka ni paseo haciendo moonwalks delante de las tiendecitas de la ONCE (vamos, ¿Y si la gorda cae aquí?). El verano pasado fue todo mucho más live, cuando no tenía otra ocupación que deambular ebrio por París, llegar a casa y escribir. Este verano ha sido diferente, aunque no sacaré conclusiones al respecto porque ya-ha-pasado. 
Este tipo de reflexiones sosegadas y con uns energía vital tirando a lo bajo, quedan súbitamente interrumpidas por un pitido. Sigo leyendo. El pitido retorna. Ahora con una especie de continuidad. No la identifico como musical, es más bien un chirrido que se alarga en el tiempo y cambia de tono. Cuando algo distrae mi lectura o mis pensamientos, suelo reaccionar con cierta impulsividad. Cualquier medio es necesario si se trata de conseguir de nuevo la quietud turbulenta en la que me encuentro. El pitido proviene del exterior (recordemos que mi lavadora funciona perfectamente). Me levanto haciendo una voltereta de Ju-Jitsu brasileño. Me acerco a la ventana. Justo delante un piso ha sido ocupado por nuevos inquilinos. Ya desde el primer día, no percibí ninguna presencia femenina, con lo que me desentendí de sus saludos cordiales y sus cigarros en el balcón. La persiana está bajada hacia la mitad. Veo unas piernas, unos calcetines, y algo dorado. Es un instrumento. Un tubo que se dobla y al apretar unos botones suenan estos chirridos extraños. Imagino que es un instrumento del S.XX, así que mi preocupación aumenta. Veo unos papeles en el suelo, son partituras. Me entra un desasosiego mudo parecido al que una zebra siente cuando un grupo de turistas australianos gordos y armados con Nikon y sombrero beis atropellan a su cría en medio de un Safari zoofílico. Tengo varias opciones. Algunas requieren más comunicación que otras. Podría comentarle si se puede poner el tubo dorado por el culo. Podría bajar y llamar a su puerta. Esto implicaría interaccionar con el sujeto que posee dichos instrumentos, siendo este un ejemplar del sexo masculino. No quiero interacciones físicas con gente que toca elementos no electrónicos (salvo los libros, claro está) y que no tiene tetas sin pelo. Más opciones: mis altavoces Bang&Olufsen pueden hundir el barrio entero, con lo que rescatar a Anders Ilar de su entonación minimal podría funcionar. Me gusta la idea. Pero humillar tecnológicamente a otro sujeto, impidiéndole la práctica aberrante de dicho utensilio con apariencia musical, no me parece suficiente. Balines. Escopeta. Esto ya va tomando forma. Al tener la persiana medio bajada, sí puedo ver sus dedos rechonchos dándolo todo, con los botoncitos. Un buen disparo en una uña lo dejará inhabilitado por, como mínimo, un par de semanas. Avancemos en el tiempo, vayamos a concluir la historia con un #epicwin.
Dos tiros secos, mis manos vibran. Las suyas, se joden. El tío suelta el tubo dorado y éste cae al suelo perdiendo dos teclas. Grita y se esconde. Llamemos a Anders Ilar. Subo el volumen del iPhone conectado a los altavoces que imagino alemanes y el suelo comienza a vibrar. Las velas de Ikea que tengo en el comedor para cenas con chicas que no se merecen más de un 7/10 pero que, por razones ajenas a la organización, tengo que invitar, saltan y ruedan por el suelo. Una pequeña revolución de objetos deambula por mi casa. Es bastante anárquica, pero me hace especial gracia ver cómo la tetera tira hacia atrás, lo que me recuerda mis primerizos moonwalks. El toca instrumentos (no pienso llamarle músico, a lo sumo tocacojones), aparece por la ventana. Veo que vocaliza. Me reconforta no escuchar nada de lo que dice. Agarra un objeto de valor de su casa. Podría ser un jarrón con flores de mierda, o una bola de papel de su partitura. Ni idea. La cuestión es que no acierta a dar a mi ventana. En el segundo intento, cuando otro objeto extraño -posiblemente de segunda mano- se dirige de pleno a mi morada, la vibración de onda de mi música lo destruye instantáneamente. Poco más se supo de sus tubos dorados y de sus pitidos trasnochados.

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