Domingo conmigo mismo y sin nadie más

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Abro los ojos a las 16h. El despertador de mi iPhone con sonido de ballenas patagónicas lleva 3 horas sonando. Las ballenas ya han ido, han vuelto, y yo soñando raves oscuras bajo puentes de Berlín. Mi casa es grande. 2 comedores. 2 cocinas. 1 estudio. 6 habitaciones. 1 ropero. 3 baños. 1 balcón. 1 terraza. 2 parkings de coche. Me levanto despeinado y solo. Y recorro la casa con el primer cigarro colgado en los labios. Me debato entre el café o la cerveza para recibir el crepúsculo anticipado e iniciar mi día. Son las 16:12. Me acerco al ventanal del comedor donde tengo los Technics. Hace sol. Los coches, diminutos, circulan, sin más. Enciendo el Macbook, los altavoces, y pongo música de Dusty Kid. Leo a Martin Amis. Debería comer algo. Preparo tallarines al pesto con parmesano y me sirvo una copa de vino tinto. Como. Pienso certeramente que hoy es un día sin adjetivos. Sin sonrisas. Es un día inerte. Y ello me produce una enorme satisfacción que no expreso salvo por las Ray-Ban que me pongo para salir a la terraza y saludar a la desgana. Pienso en el último libro que leí de George Steiner. Nostalgia de lo Absoluto. Para un día como el de hoy, este domingo bautizado sobriamente como necesario, Steiner es un buen compañero intelectual. Steiner me recuerda día tras día la monumental incapacidad del sujeto moderno para crear una explicación del hombre y del ser-en-el-mundo que no caiga en la totalización religiosa. Marx lo intentó. Freud, también. Resultado: fracaso sonado, tiempo perdido, liberación utópica del alcantarillado.
Nadie va a salvar a nadie.
Nada va salvar a nadie.
Solos, soberbiamente solos.


Me visto. Pantalones rojos de pitillo. Camiseta negra. jersey negro con cuello de pico. Botas de boxeo. No me peino. 
Hoy no espero visitas, salvo mis propios acosos mentales que tanto reverberan en mi karma radioactivo y tanto me divierten y me hacen sonreír y guiñarme el ojo a mí mismo cuando me cruzo con los espejos esparcidos por mi casa.
Dicen que mi sonrisa se asemeja a la de un psicópata que, antes de perpetrar sus crímenes, seduce a las víctimas.
Cuando mi manager Karl Straüss viene de visita a casa, siempre se queja de que la música de mi ático se escucha desde la calle. Pero lo que le jode es que no la baje cuando llega él y nunca podamos hablar de nada.
Estoy desvariando, trataré de dejarme de frases lapidarias inconexas y procuraré retomar la senda de lo que estaba contando.
Ya vestido. Me siento sin hacer nada en el sofá. Trato de ponerme nervioso. Me gusta que me tiemblen las manos. Pienso todos los malhechores que han convertido este mundo en una mierda. La gente que tiene poder debería dedicarse a pasarlo bien, y dejar de joder a los demás. Si tienes dinero, diviértete. No pretendas justificar tu suerte con moralismos políticos ni empresas que cuidan el medioambiente. Diviértete, y deja de joder. ¿Por qué coño es tan difícil reconocer la naturaleza hedonista y misógina de uno mismo y dejar de putear al resto? Alcanzar este estado de plena desaprensión es, para mí, la garantía de una vida lacerantemente feliz. Cuando ya estoy suficientemente nervioso, y me tiemblan las manos. me pongo guantes y golpeo deportivamente una pared del segundo comedor pintada de negro. Sudado, me desvisto y me ducho.
Salgo desnudo del baño y me recuerdo a mí mismo que sigo solo. Que no hay nadie más allá. Cierto, en realidad, aprecio a mucha gente. Los militares de Northern Korea. Mi amigo pintor y poeta RÜA, ciertos escritores, mi dealer, el blogger Zicklass Güntermann, mi cuenta bancaria, los Fondos de Inversión chinos, Dusty Kid, Michel Houellebecq, y alguna chica que puntualmente se apodera de mis sentidos y de mis dotes eróticas. Poco más. Nada más. Pero cuando quiero decir que redundo en mi soledad es que soy plenamente consciente de la escasa influencia que ejercen los demás sobre mí. No soy una persona a la que influenciar. Somos hijos de nuestro tiempo, y lo peor es que pocos se dan cuenta de ello. Mierda. Desvaríos otra vez.
Desnudo, cambio de canción, me paso a Pig&Dan. Me apoyo contra el cristal de la terraza, y abro una cerveza. Quizá Nietzsche sería un hombre feliz en el postmodernismo, con su Prozac y sus psicodelias y algunas jovencillas con ganas de ser Zaratustreadas. Siempre hay jovencillas con ganas de ser algo. Pero no malinterpretemos. Cuando digo jovencillas nunca hablo de menores, que está muy mal visto. Hablo de chicas que ya pueden votar -me encantan los eufemismos para denominar Barely Legals-.
Hablando de votar. Hoy los catalanes vamos a votar. Resolveré rápido el tema del que a tanta gente le gusta hablar, ya sea por necesidad de pertenencia a algo o para regodearse en sus escasos conocimientos políticos. No me gusta hablar de política con gente que no haya leído a Stuart Mill, Adam Smith, Keynes, Rosa de Luxemburgo. Por eso nunca hablo de política con nadie.
En el mayor evento de música electrónica del mundo, celebrado en Miami, siempre se proclama la Nación Underground a escala planetaria. Mientras no tenga representación política, seguiré votándome a mí mismo. Dicen que esto es voto nulo. Mentira, los franceses cortaron cabezas para que las generaciones venideras, por los siglos de los siglos, pudieran votar lo que quisieran en el escaso margen bruto que nos deja el capitalismo liberal. Votarse a uno mismo, tras 4 siglos de la fiesta revolucionaria farncesa, es un muy saludable ejercicio de ego. No voto de cualquier manera. Siempre pongo una foto del hotel en el que me alojo en Hong Kong, dedicada, para que así la pobre abuela que recuenta los votos con suma imprecisión, pueda colgársela en la nevera y mostrársela a las atónitas amigas nonagenarias fingiendo que es la casa de su hijo que nunca tuvo.
Voy a por la cuarta cerveza. Es hora de publicar la entrada y abrir la caja de bombones belga. Finalmente recibiré una visita. 
Mi sombra.
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