Debajo de la mierda está la playa. Y no otra cosa.

Todo me ha llevado allí. La tecnología, cuando nos folla a nosotros, que suele ser a menudo, no tiene especial gracia. Estoy esperando vídeos de asesinatos por Instagram. O eso que ya está ocurriendo que la gente graba en los USA cosas muy oscuras con las Google Glasses. Violaciones. Niños robando caramelos. No nos engañemos, todos estamos esperando a un asesino grabar en directo cómo abre en canal a su víctima. Un terrorista inmolándose. Si no lo esperamos nosotros, nuestros medios de comunicación, en busca del máximo número de visitas enfermas, y en quiebra permanente, se ocupará de que acabemos viéndolo. Casi todos. Y ya no será un nivel gonzo, porque tendremos exactamente su visión. Destrozará el cadáver mientras las gafas le irán diciendo: enhorabuena, esto es un corazón, ¿quieres que mire en internet si hay disponibles pastillas para que siga latiendo o un puto congelador en el que meterlo? ¿Quieres compartirlo con tus amigos enfermos? ¿Quieres donarlo a su puta madre? 
La tecnología no hace gilipollas al ser humano. El ser humano contemporáneo es gilipollas de por sí y la tecnología sencillamente canaliza su gilipollez y la pone de relieve para que los demás compartan la absoluta estupidez de los otros. En realidad, el 99% de las redes sociales son un pajillerismo compartido de golpecitos en la espalda. La cultura del like es la cultura del máximo esfuerzo del que se curra sus post como si le fuese la vida —sean su jodida boda o un artículo sobre las ballenas con hemorroides— y del mínimo esfuerzo del amigo, que con un mero like soluciona el tema. El ser humano gilipollas cuenta sus likes, sea una mierda o no lo que ha publicado, y el que da los likes sencillamente se olvida al segundo de que lo acaba de hacer.
Nunca recibir un like había valido tanto.
Nunca dar un like había sido tan fácil y emocionalmente tan efectivo.
Y cuando todo el mundo celebra esta especie de trueque absurdo, comienza el declive definitivo de toda una civilización.
Dicho esto, vuelvo a lo que comentaba en la primera frase de este post, he ido a la playa de la Barceloneta a pasear por la arena. Me he quitado los auriculares. He caminado mojándome los pies y los tejanos durante una hora. Escuchando las olas del mar y la mierda que flota en ellas y en la costa urbana, y viendo a niños sudamericanos felices con sus padres tirarse una y otra vez al agua, y asustarse de la siguiente ola, todo el rato, por pequeña que fuese. He escuchado conversaciones triviales de guiris jóvenes encantados de la vida, bebiendo cava y riéndose de gracias internas. Parejas besándose. Parejas de viejos sin besarse pero pescando, con dos cañas, una para cada uno.
Ahí había algo así como cierto reflujo de vida. Gente que lo estaba pasando bien, o disimulando de puta madre. Gente que en ese preciso momento no tenía nada mejor que hacer y que estaba, digamos, pasando el rato agradablemente a pesar de las circunstancias
Recibo un aviso de que la selección femenina de waterpolo de uno de los países más ridículos de la actualidad acaba de ganar el mundial.
Suena este tema. Y, el resto, regresa, afortunadamente, a un decorado algo estrambótico con el que hay que convivir demasiado a menudo.
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