De Erasmus en Roma

Cuando te dan una beca Erasmus, el Estado (o la U.E) te paga la generosa cantidad de 90€ mensuales para que puedas ir a estudiar a alguna universidad decadente de Europa durante un año o un semestre y, con ese dinero, pagarte las cervezas los fines de semana. También te da para ir a un prostíbulo cada 3 semanas, o para comprarte 1 gramo de coca cada 2.

Cuando Pablo se marchó a estudiar a la caótica ciudad de Roma, poco pensaba que regresaría con una mano delante y otra detrás. Sus padres, además de la rancia beca de 90€, decidieron darle una paga mensual de 750€, conformando un total de 840€. Descontando los 300€ de alquiler de una habitación cochambrosa en alguno de los asimétricos y sucios barrios de la ciudad, le quedaban unos 500€ para pagar el mes. No estaba tan mal.

La primera multa que recibió Pablo fue el primer día de su llegada. De hecho, no pisó tan siquiera la ciudad. Se lió un porro mientras esperaba las maletas y dos carabinieri se abalanzaron contra él cuando el perro empezó a ladrar a centenares de metros de distancia. Pablo intentó fingir ser un artista famoso, viajando en clase turista para pasar desapercibido, y habló un inglés rápido y con un pronunciado acento americano. Ya sabéis, los artistas están por encima de las estúpidas normas que rigen a la población civil. Les dijo que visitaran su myspace y que les mandaría una camiseta firmada. También que se podían tirar a su novia, que era amiga de Kate Moss. Le metieron un porrazo en la cabeza que estuvo a punto de causarle un derrame cerebral. 400€ de multa y material requisado.

La segunda multa fue por algo parecido. Cuando se encerró en el baño más cercano a su clase en la universidad, a hacer un submarino (acumular el humo en un espacio pequeño para exponenciar sus efectos), saltaron las alarmas anti-incendio y, cuando estaba terminando de fumar su canuto de 4 papeles y 3 boquillas (toda una proeza de la técnica), un chorro de agua entró por la ventana. Un tsunami en tamaño pocket que le jodió todos sus apuntes, el portátil, el pelo teñido, los calzoncillos y las gafas de pasta blanca. La multa fue de 560€. Ese mes, Pablo adelgazó 9kg y aprendió a tocar la trompeta. En vez de ir a la universidad por las mañanas, se iba al metro y tocaba a duras penas una canción en los vagones para sacar algunos €. Se prostituyó un par de veces, poca cosa más.

El siguiente marrón vino debido a su notable ascenso social. Por fin conoció gente en la universidad (a lo poco que iba le sacaba el máximo de partido). Y salieron todos de fiesta a Testaccio, la zona joven. Al volver, conducía un Fiat 500 antiguo a dos ruedas por un callejón y, como no, los Caravinieri le esperaban al otro lado para hacerle soplar. Tasa de alcoholemia excedida, conducción peligrosa, sin papeles ni documentación. Toda una joya.

Pablo pasó el siguiente mes en la calle, los € que le quedaban los consiguió poniendo su culo en pompa, vendiendo su cámara digital, tocando la trompeta. Sus padres, encantados con el viajecito de su hijo, recibían cada semana una postal tipo:

"Hola Papis, aquí estoy super bien (más jodido que en toda mi puta vida), y he hecho muchos amigos (y clientes que me petan el culo por 20€), la gente es muy amable (y los Caravinieri me conocen por toda la ciudad), os hecho de menos (no me acuerdo ni de vuestra cara) y espero volver pronto (no sé si voy a volver vivo). Un abrazo (que os jodan).

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