De cómo conocí a Ben Brooks. Siempre dice "hi mate" y se esconde de cosas y su plan es que es demasiado joven y caótico como para tenerlo. Cuando la lia mucho escribe al día siguiente pidiendo perdón. Y cuando se pierde en un festival es capaz de llamar 20 veces seguidas diciendo "WHERE ARE YOU"

Foto-17-06-12-02-33-16.jpg
Cuando conocí a Ben Brooks, hará cosa de dos o tres meses, pensé que era el típico autista hostil a lo mod que bebe y baila mal. A los pocos días lo supe del cierto, bebe mucho -cuatro cubatas en una hora, por ejemplo- y baila terriblemente mal, como si tuviera una especie de discapacidad que le hace moverse como un flan con brazos. Pero también, tras la primera fiesta que di en mi casa y a la que él llego con cinco cajas de cerveza, Ben es excesivamente inteligente, pájaro, fucker poco exigente -por vagancia- y un sabio consumidor de todo tipo de sustancias. A un hipster wannabe la idea del estilo de vida que lleva Ben le puede parecer ideal. 20 años, modernazo, guaperas, desenfadado, despeinado, viajero, alabado, perseguido por niñas adolescentes entregadas de antemano al autor de Crezco. Un genio hijo de sus tiempos. Un tío que se lo ha montado de puta madre para conseguir lo que todos quieren. Pues no. Aunque el wannabe de turno crea lo contrario, Ben no entiende demasiadas cosas de este mundo que nos ha tocado vivir. Por eso en las fotos siempre sale así.

Esta foto está sacada en el Sónar noche del sábado, cuando él regresaba del baño, o yo regresaba del baño, ya no me acuerdo. Le quedaba poco para marcharse y ya nos habíamos pegado varias noches rocambolescas junto a varios amigos comunes. Le podría considerar, sin ser generoso, un amigo. Incluso un buen amigo. En la prensa, tanto especializada como generalista, Ben es tratado como una rareza. Un niño tímido y gracioso, abrazable, algo loquito, pero inofensivo. Seguro que la típica reportera de turno que lo entrevista ha encontrado el libro -o las cuatro páginas mal leídas- entretenido, y como Ben es mono, es agradable charlar con él.
Su timidez proviene, justamente, de una acuciante inseguridad ante este mundo en el que todo dios socializa y es divertido y se mueve como pez en el agua. Le sobran amistades o gente dispuesta a mirarle y reírle las gracias sin apenas haber abierto la boca. Ser Ben Brooks a día de hoy es incómodo.
Ben tuvo la certeza de que en su literatura, en sus palabras, debía testimoniar su entorno, lo que había a su alrededor. Las chorradas que hacen sus colegas, las tonterías que dicen sus amigas, y los botellones made in England, padres divorciados, tiempos muertos que se convierten en eternos. Tenemos sobre Occidente una generación que no sabe qué hacer. Y Ben tampoco, pero lo que sí sabe es escribir. Y sus novelas no deben ser leídas como alguien que reivindica una forma de vivir cañera, al límite, o cosas por el estilo. No. Ben es un testimonio. Alguien que, por estar inmerso en su zeitgeist postadolescente particular, narra lo que ocurre en la mente de la periferia social de los de su edad.
Podríamos considerarlo un testimonio joven y lietrario de la miseria moral de una juventud feliz, entendiendo la felicidad como algo que uno considera ajeno, inexistente, que debe suplirse cerrando las puertas a la adultez y a la responsabilidad. Cuando la felicidad deja de ser un problema, y simplemente nos dedicamos a satisfacer placeres a corto plazo y a generar una burbuja a nuestro alrededor, estamos haciéndole un extraño guiño, le mostramos deferencia y, temporalmente, entre agonía, paranoia y resaca, podemos sentir algo parecido, reconociendo, paradójicamente, que estamos viviendo un auténtico happy fake.
Una noche, mientras compartíamos unas rayas que él había pagado a tocateja a un contacto mío, escuchando su música indie insoportable en su iPod destrozado, Ben me dijo que le gustaba quedarse sin dinero porque, de esta forma, necesitaba volver a escribir. No sabe hacerlo de otro modo, y eso es otro tipo de miseria, de incapacidad. Eso es ser inepto. Pero, al mismo tiempo, que un chaval de veinte años funcione de este modo representa una madurez sorprendente, una lógica aplastante. O sea que ser escritor para Ben no es un chollo. Lo siento, wannabes. Su timidez, su reserva para con los nuevos y los que le rodean, proviene de este tipo de problemas. Parece siempre reprimido, como si fuera tan absolutamente consciente de sus limitaciones más allá de la escritura que preferiría ser un vegetal la mayor parte del tiempo. Y como eso no es posible, queda la merca. 
He visto a Ben gritar y arrastrar su jersey por los andenes de las estaciones del metro barcelonés. He visto a Ben gastarse 300 pavos en una noche. He visto a Ben llamarme veinte veces preguntándome en qué escenario del Sónar estaba. He visto a Ben follarse a varias random girls sin demasiado esfuerzo. Puretas, o groupies, o lo que sea. Ben no cree en el amor, otra de las cosas que son difíciles, para otro tipo de humanos. Hay demasiadas cosas demasiado complicadas para él. Y, ¿Qué ganas hay de complicar todavía más la gestión de sentimientos y deseos y planes? Recordemos su lema, ni idea de qué hacer, ni ganas de saberlo.
Entrañable, otra palabra que mucha gente piensa de él. Sin hacer esfuerzo, su fragilidad genera simpatía, acercamiento. Rápidamente te sientes su padre, hay que protegerle, que esté bien. Entrañable y desamparado. 
Sus ganas de fiesta son infinitas, y su generosidad es aplastante, insuperable. Horas de charla y sendas clenchas y viajes en metro y clubs y bares y pateos y momentos muertos y confesiones y coñas. Cada cosa con una intensidad diferente.
Y luego, escribe como escribe, con esa simplicidad y visión entre naïf y humorística de sus asuntos. Y te dejas llevar por sus palabras, que saben a golosina de Speed. Y quieres que siga escribiendo, que continúa siendo la rareza que es, lo poco guay que puede llegar a ser. Eso, y su timidez le aportan un extraño saber estar, en el que quizá es la única persona de la fiesta que no espera nada de nadie.
Ben ya se ha ido. Ahora está camino de su casa en Inglaterra, alejado de sus padres, por supuesto. Luego tiene planes de ir a Nueva York, a ver qué se cuece por ahí, ahora que le van a publicar en USA.
Recuerdo un amanecer en el Raval, metidos en mi casa bastante ciegos, discutiendo y argumentando a grito pelado por qué el techno es algo interesante y necesario en los tiempos que corren. Todas mis argumentaciones socioeconómicas le parecían absurdas, como si estuviera hablándole desde otra dimensión. El prefiere las guitarras y los temas introspectivos. Tampoco se lo vamos a discutir.
Ben regresará más pronto que tarde a Barcelona. No sé si llegará con una novela bajo el brazo, algún giro literario, o si seguirá en su misma línea de adolescente perpetuo y de joven promesa. Lo que sé es que con él, pese a que no sea un verborréico nato, siempre quedan birras pendientes, tiempos muertos, y complicidades indescifrables que dejan huella, que dejan ganas de más. No sé si lo mejor que podría pasarle a es que creciera, o que no lo hiciera nunca. Lo mejor es no saberlo, lo mejor es que ni él mismo lo sabe, ni le importa. 
bye mate.
http://feeds.feedburner.com/PuraVanidad-VanityDust
BlogVanity Dust