De camino al chalet alpino

Salgo de clase escoltado por una chica morena con gafas Prada y un pulcro acento de la costa catalana, una chica rubia de mi altura, con tacones, que cuando sonríe la mayoría de zumbados babeantes recurren a las gafas de sol, una chica bajita, bambas retro, pantalón de látex, piercing en la nariz, flequillo Uma Thurman. Es habitual que frecuente las compañías bellas y excelsas, del sexo opuesto. Dos de ellas, la rubia y la morena, me agarran del brazo e intentan ocultarse del paparazzi barato que nos espera a la salida de la facultad. Estoy de mal humor porque no he logrado conseguir la estatuilla original del Duomo, manchada de sangre, que envió al presidente de la Vanidad al hospital y, ahora, a Suiza, así que no me detengo a firmar autógrafos. Los paparazzis no son lo peor, hay chavales que cada vez que me ven quieren que les firme un autógrafo. Yo ya tengo, es para mi madre, dicen cuando mi escupitajo adorna sus sienes.
Localizo vía GPS dónde ha aparcado el chófer. Andando por la calle, Uma Thurman saca la botella de Brandy y bebe a morro. Esta noche nos vamos los cuatro a esquiar en las montañas alpinas y eso es un pretexto ideal para emborracharse a los cinco minutos de salir de clase.
Alcanzamos el coche. Hace mucho frío por la calle.
-Mackson, enciende la calefacción, estas chicas quieren estar en sujetador antes de salir de la ciudad. El viaje es largo. Chicas, ¿os apetece tomar los primeros copos de nieve?
-Por supuesto-responde la chica morena mientras se pinta los labios- y también me apetece ver Anticristo, de Von Trier.
-Que así sea. Mackson, ya sabes, prepara la mesa auxiliar con los polvos alpinos y abre la filmografía de nuestro amigo Lars.
El coche en el que vamos proviene del mismo taller que el que prepara el coche de los diputados y el Presidente del Parlamento Autonómico.
-Sí, como guste, Vanity.
La chica morena justifica su elección cinéfila.
-Lars Von Trier pasó una depresión brutal antes de grabar esta película, me interesa ver la producción de los artistas hundidos, y cómo ello les ayuda a superar el vacío existencial y el cercano suicidio. Ahora estamos en la cresta de la ola, por eso es bueno tocar fondo de antemano y gozar del psicotismo cinematográfico de este señor.
-Haces bien, querida.
Me quito la camiseta. Me tumbo hacia atrás y miro por la ventana superior del coche, y veo un cielo gris y demasiado urbano. Tengo ganas de llegar al chalet alpino y a la sauna exterior climatizada. El recién instalado sistema de sonido en el jardín acogerá Exercice One, en concreto el disco In Cars We Trust.
El coche arranca. Un indigente con una botella de vino barato se estampa con una bicicleta barata al quedarse empanado mirando cómo la chica rubia se desabrocha la blusa.
La esquiada toma cuerpo. Llevo tres días trabajando con La era del vacío e intentando relacionarlo con El club de la lucha. Es básicamente lo contrario que nos proponemos este fin de semana. Los dos días que vienen serán el no proyecto político colectivo. Pero tengo el número de Tyler Durden y los planes bien estructurados, las navidades serán intensas. Pero es tiempo de ir con chicas sin sujetador en un Serie 5 mientras fuera nieva y 5 millones de personas miran el mismo programa de televisión y algún erudito busca en Youtube "chicas del norte con tetas operadas comiendo pollas grandes y vomitando después". Esta gente, ansiada por ver pornografía, encuentra como resultado de búsqueda mi blog. Eso es un buen proyecto político colectivo. Adoro la tecnología analfabeta, adoro los analfabetos tecnologizados.
Y, ahora, tengo 6 pezones por pellizcar, una pantalla de plasma ofreciendo la muerte de un bebé cayendo por la ventana (Anticristo ha sido una buena elección) y 4 rayas que se desplazan algunos milímetros debido al traqueteo del coche.
Cierro los ojos y pienso. Lo demás, se escribe solo.
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