Cuestión de estadísticas y salir de casa corriendo

Blue Velvet no para de mandarme mensajes todo el rato.
«Hola PERRACO. Qué tal. Acabo de salir de la clase de Historia y Estética del Diseño y QUIERO MATAR. Es imposible que me estén matando más neuronas que las que me mataste tú y tu merca el finde pasado.»
Pero, al cabo de dos horas, me llega un mensaje así:
«QUÉ PASA CHAVAL. Me ha dejado tirada el novio, joder, yo qué sé con quién anda, ostias. Cabrón. DIME ALGO.»
Blue Velvet, aunque ahora no lo diría ni Kate Moss, tuvo problemas de anorexia y sucedáneos desde los 13 años. Como suele pasar en familias de clase media-alta, pudo recuperarse y, lógicamente, ahora está buenísima.
De cada cuatro tías que conozco, dos han tenido trastornos de alimentación, una depresión y la otra cuarta es imbécil. Tres de cada cuatro afirman haber intentado ser violadas y una cuarta se ha casado, tiene un hijo y es infiel.
No hablemos de los tíos, porque, entonces, nos adentraríamos en la dimensión del Holocausto Mental, un drama de falsa percepción de la mediocridad muy chunga que ni cuatro siglos de bonanza etílica y sexual lograrían restaurar.
Hecho este breve apunte generacional alentador y confortable, tras escuchar Ante Perry, me piro cagando ostias que Blue Velvet parece estar sola esperando en la salida de un metro al que no recuerda cómo ha llegado.

Ante Perry-Der Urknall

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