¿Cuantos minutos aguanta un fiestero ocasional bailando delante de la sala mientras pincha Marcel Fengler?

Hay dos días al año en los que la falta de gusto, pudor y dignidad siembran la noche de este país más que ninguna otra, que ya es decir. Hablo de Halloween y Carnaval. Tonto de mí por haber salido de fiesta ayer y dar a entender, de este modo, que no me importaba participar del esperpento nauseabundo omnipresente en toda la ciudad y, cómo no, con su parte proporcional en Tazz Clubs.
Pero pinchaba Marcel Fengler y había que aprovechar sí o sí la ocasión para disfrutar del techno arrollador y asfixiante que parte cerebros como el ganador de un concurso provincial de cortar melones con hacha.
Por lo que pude ver durante las dos horas y media que estuve en el club, disfrazarse significa mucho para bastante gente. Supongo que es la misma gente que asiste con ánimo a las cenas de navidad o  a los encuentros de excompañeros de clase. Algunos forman grupos temáticos y otros van por libre, pero el resultado es igual de nefasto. Y luego hay muchos niños y niñas que intentan pasarlo bien sin atreverse a comprar drogas duras.
Carnaval es ese día señalado en el que puedes dar la nota más de lo habitual y en el que por fin tendrás un tema de conversación con los desconocidos: ¿eh, tú eres Pedro Picapiedra? ¿Vas de Walking Dead o de Guarra Zombie?
Marcel Fengler, acostumbrado a pinchar los domingos por la mañana durante unas 5 o 6 horas en Berghain con decenas de tipos disfrazados de musculados skins bailando completamente idos y entregados a su sonido, tiene que sentirse algo confuso al ver el circo que le recibe cuando sale en escena a las cuatro de la madrugada. Este es mi escáner particular del panorama que reina en la sala y en la terraza de fumadores. Un desfile animado de trapos y pringosos ropajes y maquillaje del chino y ánimos por los suelos y borracheras amateur. Let's go.
1. El grupo de amigos que se crecen y se pasan al rollo chungo: recordemos la figura del pagafantas convencional, ese tío que se queda en la barra all night long y apenas mantiene el ritmo con el pie, incapaz de bailar y/o interactuar con otros seres; vivirá como uno de los hits eróticos de su vida el momento en que la Erasmus borracha de turno caiga encima de él y este la agarre sin querer casi por las tetas y roce sus pezones con los pulgares. Ahora imaginemos a cuatro pagafantas pasando totalmente inadvertidos, fin de semana tras fin de semana, en las discotecas del centro y del extraradio de Barcelona. ¿No hay ahí mucha frustración? Llega Carnaval y lo tienen claro: «nos disfrazamos de los tíos de la Naranja Mecánica y a por todas, eh. Eso, sí, grande, tío». Ya ves a los cuatro engalanados con ese traje blanco y los bastones y el sombrerito, incapaces de asaltar a un perro, redefiniendo su propia estética hacia Pagafantas Mecánico.
2. Submarinista low cost: lo peor de un disfraz que precisa buen material para mantener la verosimilitud es tomártelo a la torera. Bombonas de oxígeno hechas con algo así como con restos de hueveras amontonadas. Y, claro, mola ir de submarinista pero, ya de paso, ¿por qué no te pones los pies de pato y acabas de bordarlo haciendo la conga, sudando a mares con tu traje de neopreno, delante del inclemente Marcel Fengler?
3. Maestro Roshi tocahuevos: que seas el único que se ha tomado la molestia de disfrazarse de una serie de infancia que solo los freaks mayores de 25 años reivindican en serio no significa que puedas pavonearte con tu mierda de caparazón dando golpes al resto de peña que te mira, eso sí, asombrada. Porque entre los que optan por disfrazarse se respiran dos tipos de sensaciones contradictorias: a veces gana el reconocimiento y aprobación («mola tu vestido de tía, tío») y, en otras, humillación («buah, vaya petao este tío de budista, si lo sé me disfrazo de Jesucristo»). En lo que a mí respecta, el asombro es más bien una profunda falta de empatía y comprensión que no dudaré en comunicar a codazos si no queda otra.
Caparazón tus muertos.
4. Pelucas y va que chuta: el mundo está lleno de gente resolutiva y sin complejos. ¿Para qué me voy a complicar la vida con vestidos si puedo ir al chino y pillarme una peluca to'wapa? Este tipo de 'disfrazados' suelen sentirse, paradójicamente, más integrados que el resto. La peluca, piensan, les da un toque desenfadado que conecta con el espíritu de los que se han disfrazado de verdad pero haciendo el mínimo esfuerzo. ¿Qué más se puede pedir?
5. V de Vendetta no lo peta: si la peluca es precaria pero efectiva, una capa negra sacada de las cortinas del comedor de tu abuela y un antifaz que te deforma el resto de la cara es un verdadero fail. Es como un disfraz que no puede competir con las hueveras submarinistas o el desenfreno del Maestro Roshi. La idea era buena pero, chico, la práctica es lo que define la calidad de tu idea. No hay épica ni atisbo de liderazgo popular y justiciero en el mondongo que te has montado.
6. Mecánico pajillero: V de Vendetta tiene, por lo menos, un toque de fantasía. Pero, ¿mecánico? ¿En serio pensabas que ponerte un mono de currela era una buena idea como disfraz? De acuerdo, las enfermeras, gracias al imaginario del porno, tienen siempre una aceptación unánime. Pero el imaginario del porno siempre deja al mecánico como un salido carroñero que vive de pósters guarros todo el año. El año que viene opta por Don Draper, trata de recuperar lo antes posible el terreno perdido y censura todas las fotos de Facebook en las que te etiqueten.
Enhorabuena por elegir un disfraz que todo el mundo asocia con tíos así.
7. Chandal Wins. Simple, Sporty & lumpen style: Esto sí es actitud carnavalera, clase y valor. Un chandal a conjunto, de los que se usan para entrenar en las barriadas de Badalona o en los pueblos de la periferia de Glasgow. Si apuramos un poco, podría ser que pudieses entrar en Berghain. En serio, el coqueteo con la estética urbana de segunda vinculada al deporte físico y al macho de gimnasio podrían llegar a funcionar. Congratulations, eres el tipo que va más cómodo de todo el club y el que menos se ha complicado el atrezzo.
Eh, ¿Y la pregunta del título? Lo de los minutos de Marcel Fengler, va.
Respecto a la llamativa pregunta del título, siempre en busca de la viralidad suprema y la socarronería  gratuita, la respuesta es entre 3 y 5 minutos. Llegas fácilmente a la valla que separa al Dj del público. Simulas entusiasmo y te mueves en plan duro unos 20 segundos como dándolo todo, buscando complicidad de tu grupo de colegas. Pero luego resulta que la música sigue exactamente igual durante unos 6 minutos que se te hacen eternos y, claro, con el cambio de graves tampoco le ves qué coño hay que hacer. Tus ánimos se desploman y Marcel Fengler prosigue su travesía. Pronto regresas a la sala grande, dónde suena ininterrumpidamente Common People de Pulp desde el día de la apertura del local, hace más de 10 años. Lo peor es que nunca te las apañas para corear a ritmo el estribillo.
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