Cuaderno del hastío: tabaco, techno y hastío

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Al fin una sesión en SoundCloud de Joseph Capriati levanta mis ánimos. Llevo toda la mañana leyendo por temas de curro, tras haber dormido 12 horas seguidas. El viernes recuperé la fe, en BCN quedan afters. Y cuando descubres un nuevo after te despides del día siguiente. Y, si lo haces muy bien, incluso del siguiente. Porque la fiesta de la dopamina es exigente. Cualquier cosa con escapar de las fiestas de La Mercè. La patrona de la ciudad es un hervidero de chavales borrachos y puretas a la caza de chavalas frescas y ebrias. Más o menos como en toda fiesta mayor, pero aquí de grandes dimensiones, con cientos de controles policiales y absurdos furgones disuasorios.

La única familia que me queda.

El otro día estuvo Houellebecq en Barcelona. No fui. Creo que a las viejas glorias hay que darles margen, dejarles hundir mientras atraen a lectores que no soportan, de los que viven, con cierto placer macabro basado, por encima de todo, en la pasta. No sé qué sería de mí sin el techno. Ni de estos días de cuchilla de afeitar que te mira preguntándote cosas que no sabes responder. Esos momentos en los que intuyes que algo ha salido mal, o demasiado bien. Un amigo se muda a Berlín, acabo de regresar de su casa, me ha dado mucha ropa. Ropa para Berghain, claro. Pitillos, movidas raras, chaquetas de cuero. Camisetas muy trash y caras. Hoy es un día en el que la prisa no existe, solo una vaga inquietud basada en el hastío, en el tabaco que pudre la sensibilidad bucal de alimentos deseables. Un día de dealer, al que no voy a llamar por una sencilla cuestión, todavía sigo colocado.

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