Cruce de realidades en los años sesenta

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Uno de los fragmentos cinematográficos más bellos que muestran el inevitable choque de clases de la década de los sesenta se lo debemos a la serie MAD MEN. Más que un enfrentamiento clasista, asistimos a conjunción en un mismo espacio del publicista (protagonista) y otros dos sujetos que en la posmodernidad han sido denominados flautaperros (en ése momento aún no tenían flauta ni perro y no pedían en las puertas del McDonald's, más bien escuchaban a Jimi Hendrix y le daban miedo a los políticos). El protagonista, Don, tiene una relación estrictamente necesaria para su supervivencia; normalmente, los hombres de "éxito" nacidos en el seno del sistema -publicistas, abogados y verduleros- requieren de una relación extramatrimonial completamente ajena a su entorno habitual. En el caso que nos ocupa, Don mantiene una relación con una mujer "artista", que es el blanco ideal para saciar las ansias morbosas con lo desconocido/ no recomendable/mal visto mientras su mujer ideal-rubia, ama de casa, voz de pito, pelo liso- prepara la cena y cuida a los niños.
La sorpresa de Don al llegar a casa de la artista es que la chica está con dos chicos que llevan una guitarra (nivel superior a flauta) y están cómodamente tumbados por el suelo y el sofá y la cama fumando y bebiendo. Don llega del trabajo, con ganas de echar un polvo, ver una casa más deteriorada que la suya y mirar lo poco que valen los electrodomésticos en esa casa. Pero se encuentra con presencias no deseadas, parte del mundo que no le confiere ni le interesa. Con su traje y corbata, coloca el sombrero como puede en el respaldo del sofá, y se da cuenta, como bien intuye, de que no es bienvenido. En esa casa y en ese momento, él no impone ningún tipo de respeto, presencia non grata. Hay una parte del mundo, ejemplificada en esos dos tipos mal vestidos y fumando un porro, que no le desea. Peor. Le odian por ser como es. Es duro aceptarlo, especialmente cuando uno ha venido a tener sexo y no ha discutir con dos tipos que van de cambiadores de mundo. Pero Don tiene algunos ases en la manga.
Llegados a este punto, dedico un párrafo a plasmar la belleza estética del momento.
La casa es de techo alto, un apartamento posiblemente alquilado en un barrio medio-bajo de Nueva York. Es de noche, la poca iluminación de la casa proviene de luces que no guardan relación de diseño entre sí. Se respira un aire dócil y dejado, a merced de la noche anárquica rociada con perfumes de hachís que todos los presentes consumirán. Hay una guitarra, apoyada en el suelo, esperando algún toque de gracia que lleve el espíritu de Woodstock hacia los oídos de los hyppies. Están orgullosos de serlo, y eso queda reflejado en su rostro, barbudo, pelo largo. La chica, propietaria del apartamento, está alegre, contenta, considera que su casa está siendo usada para lo que realmente le interesa, que se corresponde con un abrazo al presente y un codazo al futuro. Nadie piensa en el mañana, en tener que levantarse y salir a la calle con gente atareada y vulgar.
Llega Don, el impacto formal que produce es soberbio, violento, y la chica debe reconocer ante sus amigos que, en efecto, ella también recorre el camino inverso. En su mundo, el artista, codearse con publicistas ricos tampoco está permitido. Es un impacto frío, distante, incómodo, y es la primera vez que los músculos de Don se tensan sin ser en la misma cama.
El fuerte, el que tiene dinero en el banco y un trabajo fijo y manos que estrechar el lunes por la mañana es, como no, Don. Eso, cree él, le confiere poder. A lo largo de toda la escena, más allá de la delicia estética, Don deja dos huellas de zorro en lo que corresponde a su lugar.
1. Tras convencer a la chica artista para que vaya con él a París a pasar el fin de semana, todo pagado, y rechazar ella rotundamente el plan, presionada por sus amigos, Don saca un cheque de la cartera y se lo da, a punto de marcharse. Buy yourself a car, espeta Don. Es, en cierto modo, una manera materialista de decirle a alguien que se vaya a la mierda, pero restregando el poder económico personal en su cara. Es un nivel más elevado de desprecio que la clásica metáfora de vete a la mierda, que a parte de enojar no implica nada más.
El detalle FINAL
2. Hay un altercado en el bloque de apartamentos. Un presunto maltratador está liándola en el rellano, y la policía acude al edificio. Don se dispone a abandonar el apartamento, evidentemente como perdedor, ya que no ha logrado conquistar a su chica artista. Al dirigirse a la puerta, uno de los hyppies le dice:
-Con la que hay liada ahí fuera, la policía no te dejará salir.-Por un momento, Don titubea, duda, pero regresa su firmeza y condición de autoridad. Se mira el traje, comprueba que esté impoluto y responde:
-No te confundas, amigo, es a ti a quien no dejarían salir los de la policía.
Dicho esto, Don cierra la puerta y se encuentra con la policía de bruces.
-Buenas noches agentes.
-Buenas noches caballero, adelante.
The End.
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