Conversaciones con mi compañero de piso (I) Es una cuestión de altura

Inicio una serie de diálogos y discusiones trascendentes con mi compañero de piso, El Filósofo, acerca de la cotidianidad de la convivencia, el sentido de la vida y otras movidas.
Estoy leyendo a Sartre sin enterarme absolutamente de nada y El Filósofo, mi flatmate, irrumpe en el comedor con su chándal (se va hacer footing) y comentamos que luego le daré su regalo de cumpleaños. Y luego hablamos de uno de nuestros temas favoritos. La altura de las chorbas.

Probó la mescalina, en serio.
El Filósofo mira al infinito, como un führer visionario y afirma:
-Me gustan bajitas. No puedo con las altas, no me ponen. Una tía que me llegue a la altura de la boca me pone cero. Es como la-polla-en-sí de Heidegger.
-¿Cuánto mides, Filósofo?
-1.90, o algo así. Me gusta cierta sensación de dominación, de manejabilidad. Como una edición de Esferas, de Sloterdijk, en pdf.
-Ya. Pues a mí las altas me van bastante. Rollo imponente, una tía que esté casi a mi nivel, para que cuando toque el tema felación bucal tenga que arrodillarse y no solo agacharse.
-En eso tienes razón.
-Lo sé. Además, todas las suecas miden más de 1.70, y sabes que son las que están más buenas del mundo. Así que nunca podrás follarte a una sueca.
-Ya, pero es lo que te digo, con una tía que mida 1.60 estoy más que contento. Porque, nosé, las de 1.50, ¿a qué altura me llegarían?
-Las de 1.50, amigo, tienen 13 años.
Y, perturbado por la imagen que acabo de promover en su conciencia imaginante sartriana, El Filósofo sale a correr.
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