Contar solo un 20% de cosas y estar a la Contra

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Demasiadas cosas que contar. Todas muy trascendentes. Para ello, paro unos segundos. Me lío un cigarro. Cuelgo algo en Facebook, es decir, una nueva foto de perfil hecha por un sicario de este lugar. También pienso que ya es hora de que anuncie que mañana tengo un nuevo estudio de trabajo. Un trash y bello lugar sin luz natural pero con acceso a nicotina, cuadros bonitos, propaganda de funerarias y una nevera grande con cervezas. Desde ahí seguiré en las redes y en los tangas de tan hermosos traseros como manos libres tenga en ese momento. Y, ahora sí, recapitulemos.
1. Ejercicio de contexto:
Este es el cigarro que he liado al empezar este post.
2. En el ascensor de casa, tras una jornada de paseos frustrados en busca de orgías caseras, me cruzo con un hombre mayor, viejo, algo gordo. Espera el ascensor mientras miro las mierdas que hay en mi buzón. Cartas de admiradoras con barba escritas con sangre, dos amenazas de muerte firmadas por la misma persona, una factura de un burdel y tres condones promocionales de una nueva editorial de autoayuda. Ante tal amalgama de material sospechoso de ser examinado por ojos ajenos, el señor mayor, viejo, algo gordo, resopla.
3. Al entrar en casa, después de hinchar uno de los condones en el ascensor y atarlo en la corbata del señor mayor, viejo, algo gordo, que sigue resoplando, enciendo la luz del comedor. Es de bajo consumo (guiño ecologista). Como unas patatas de bolsa, light (guiño a las gordas), y leo unas páginas de Contra el rebaño digital (guiño a los rebaños digitales a los que van en su contra). Pongo música. Suena en el iPhone (ya no hay guiños, la OMS no recomienda más de tres guiños seguidos) con unos altavoces externos. Suena música random y sé que los bajos molestan. El autor de El rebaño dice que la música electrónica, con sus loops y sus boobs, representa un estancamiento a la creatividad anterior a los ordenadores, cuando cada nota era única. Y ahora ya no lo es. No quiero discutir con él porque tengo que comer algo más. Entonces me debato (guiño a Debate) entre comer sushi a domicilio o no comer. Al ser un personaje inmortal, que después de morir pasará a ser propiedad de un fondo de inversión, algo así como Warhol, pienso que no hace falta que coma nada. Entonces leo Contra la postmodernidad, de Che Ernesto Castro. Un puto fucker, vamos. Espero que no se tome a mal lo de Che. En realidad, Che viene de casa, en francés Chez, porque cuando lo leo me siento en mi casa intelectual, un pequeño habitáculo lleno de tentáculos llenos de sensibilidad, razón y políticas keynesianas. 
4. Contra la postmodernidad se puede leer del tirón. MENTIRA. Es decir, si lo lees del tirón tienes que a) cambiarte el cerebro b) Ocupar Wall Street desnudo y con una monstercock-megáfono (dios, un inventazo,  guiño a los estudiantes de ciencias) con Gramsci cantando Gospel bajo una base Atari Teenage Riot. c) Estar en el paro y cerrar Youporn.
5. Mierda. Mientras escribo esto me avisan de que ha caducado mi suscripción a Spotify. Shit. Esto es por culpa del cambio de tarjeta a chip (guiño a los capitalistas maquinadores de toda esta gran mierda llamada...mierda). Así que renuevo con la tarjeta falsa del Carrefour de una chica que me tiré hace unos meses y que todavía no había usado ya que no me había dado cuenta de que la llevaba escondida en la funda del iPhone (esta marca de móvil no volverá a aparecer en este post por exceso de marcas capitalistas, este sistema que mueve la...mierda). 
6. Mierda. Ahora hablo de cine en Twitter. Y eso lleva su tiempo. Movidas varias con Cronenberg. Y yo quería hablar algo más de mis lecturas. Que son: Memorias de un hombre en pijama y Contra la postmodernidad. Tienen poco que ver, del mismo modo que tampoco tiene que ver la corrupción con la casa real. ¿verdad? (guiño a la retórica tercermundista).
Lío otro cigarro (sin foto, por ser bastante parecida a la anterior).
7. Memorias de un hombre en pijama denota una sensibilidad muy curtida por parte de su autor, Paco Roca. Nada que ver con los urinarios, este dibujante de cómic justamente galardonado plasma en su columna del periódico Las Provincias un sinfín de situaciones rocambolescas, absurdamente cotidianas, a las que se ven sometidos una generación entera, que ronda entre los treinta y los cuarenta años. Pérdidas de tiempo gigantescas, esperando el metro, autobús, a que cargue el ordenador. Infinitas discusiones de pareja, divorcios. Solterones que se pudren. Es decir, más o menos lo que hace Maitena pero no para mujeres postreglosas, con arrugas y senos caídos y que tienen en la mesita de noche a Cohelo (aunque no lo digan abiertamente, solo en el club de lectura de los jueves por la tarde). Lo hace con vocación, talento, y pensando exactamente en los lectores, todos aquellos a los que esta especie de nebulosa de comportamientos y sentimientos postjuveniles afecta, sin saber muy bien cómo llevarlas, tratando de minimizar sus efectos.  Descrito de esta manera, puede sonar a otra-mierda-más-graciosa-con-dibujitos. No. Este señor con pijama tiene humor, acidez, trazo excelso, obsesión por los detalles de una vida que va más allá de mirarse el ombligo. Sino, no lo contaría. Mejor dejarme de ambigüedades, léanlo. YA.
8. Respecto a Che Ernesto, estoy disfrutando demasiado el libro y han pasado demasiadas cosas random en las últimas dos horas como para hablar simple y llanamente de él, ahora, sin más. Seguiremos con ello, hasta la Victoria Siempre.
Entre el lapso de tiempo de acabar esta frase y coger el ratón del ordenador para clicar en publicar detengo el tiempo. Suspiro, cierro los ojos. A tientas, busco el tabaco y todos sus inputs (filtros, papel, mechero). Lío uno. Lo enciendo. Abro los ojos. Publico. Respiro de nuevo. Joder. Y creo que no he contado ni un 20% de las cosas que me han pasado. Es decir, solo he contado la clase dominante de cosas, el 20%, mientras que el otro 80% ha quedado marginado en mi teclado y en mi memoria. Eso me recuerda, justamente, lo imprescindible que es Contra la postmodernidad.
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