Cómo la táctica 'ESA PEÑA' puede devolver el poder a los clubbers de pro en un festival sitiado por zombie-indie electrónicos

—¡Esa peñaaaaaaaaaaaaaa! ESA PEÑA. ¡Tomaaaaaa!
Hacía tiempo que no usaba esta expresión de origen choni poligonero. La usé también en mi primer viaje a Ibiza —por desgracia no fue el último—, en el Space, con mandibulistas lumpen de todo Europa y parte de otros suburbios del mundo bailando como si les fuese la vida y la cosa estuviese más que bien. Nadie lo pone en duda, traquilos, eh.
Clásica foto de poligoneros de pro que gritan 'ESA PEÑAAAA' cuando se hacen la foto (además, a la de la derecha, la que lleva aros, se diría que alguien le está metiendo mano a fondo).
¡Esa peñaaaaaaaaaaaaaaa! es una expresión que busca la sincronía emocional y empática con el colectivo que rodea al fiestero que la emite. Es decir, su uso habitual es el de compartir el pedazo de festival que se está montando, especialmente en Monegros en los párkings. Pero tiene otro uso, llamémosle irónico y más arriesgado, que es el de soltarlo en medio de un concierto en el que nadie baila y aunque haya motivo de sobra para petarlo el jeto de la peña recuerda más bien a una zombie party.
Eso es, grosso modo, lo que se respira en la Fabrica Farra i Copas, en el festival Tira. El público  apenas reacciona ante los estímulos musicales y visuales, tiene una profunda empanada mental en la cabeza por varias razones:
Imaginemos un sujeto que habla consigo mismo como en voz alta sobre los motivos que le llevan a bailar menos en el festival Tira que Teresa de Calcuta en un corro de raperos del Bronx de los ochenta.
1. No es el Sónar y no es verano, así que no puedo considerar que pueda petarlo en plan acosando a las guiris y meando en las esquinas de la carpa principal, chorrenado el césped artificial. Así que estoy de festi pero tampoco estoy de festi. Me siento rarete asín, la verdad.
2. La electrónica me mola un rato, pero la verdad es que no tengo ni puta idea de todo este rollo de culto. Conozco Eminem y los nominados a la MTV, y una vez estuve en un after en el que pinchaba Richie Hawtin y casi le di la mano y todo. Pero todo esto del Tira no sé por dónde pillarlo, ni si hay que moverse o cerrar los ojos o sencillamente instagramear tolrato. Me tiene to perdido este festival.
3. Con el indie siempre queda bien que, cuando no me entero de nada, muevo un poco la cabeza y ladeo el cuello y da el pego. Funciona. Todos hacemos un poco lo mismo y las groupies mojan bragas y como solo 3 suben al camerino el resto de tíos pues arrasamos la pista y todos contentos y para casa, sin cansarse. Pero claro, en los festivales de electrónica, como que a veces te encuentras a peña muy entregada a la causa, bailando sola y con los ojos en blanco. Y las tías borrachas que bailan son normalmente unas fieras, y luego los tíos me podrían partir en dos solo con un par de bailes ravers. Esto me deja fuera de juego, no sé muy bien qué es lo correcto.
¿Resultado de este bukkake mental? ESA PEÑA.
Mogollón de indies electrónicos con el cerebro bloqueado por tanta información contradictoria, interactuando con el festival y la música de un modo similar a cómo lo hace una cajera del Carrefour con un cliente que le comenta emocionado que es su cumpleaños.
Esta es la pinta y la energía que desprenden los indie electrónicos en medio del festival. (el que tiene un círculo posee, además, un notable retraso mental genético).
¿Reacción, Vanity?
Merodear con la cabeza agachada por entre la gente, mirando aleatoriamente a izquierda y derecha, manos levantadas y pegando unos botes muy enfermizos diciéndole a todo quisqui:
—¡ESA PEÑAAAAAAAAAAA! ¡VAMOOOOOOOOSSSS!
La petada de cabeza del indie electrónico es múltiple ante mi salida de tono, porque si ya se le escapaba un poco de las manos la manera de obtener diversión del Tira según sus usos y costumbres habituales —aprendidos en el caga tió del colegio, en navidades—, con un enfermo hipster-choni con la mochila del Sónar y una gorra de zebra y gafas de sol del revés que grita y les interpela directamente la cosa se les pone muy en contra. Y seguimos.
—¡TEMAZOOOOOOOOO!
Hay un grupo de cuatro tíos que, ante mis peripecias y movimientos lisérgicos, optan por reírse de mí, y eso suele salir bastante caro. No lo digo yo, lo dice Buda Rave: siente compasión por los colgaos de la fiesta o el karma y la keta acabarán contigo.
Viendo que la coña sigue, incluso cuando interactúo satisfactoriamente con las nalgas de una italiana jovial, me decido a intervenir para defender mis honores clubers. Cuando has estado en Berghain, no puedes dejar que cuatro aficionados a Miss Kittin y Digitalism que caen de rebote en el Tira a las ocho de la tarde con la diva Stellar OM Source se peguen unas risas gratis a tu costa.
Levanto los dos brazos al aire, como queriendo tocar el techo, comienzo a mover la cabeza hacia adelante y hacia atrás, como diciendo 'hey bitchesssss'. Me pongo delante del cabecilla, un tipejo con un jersey fino pull&bear y unas bambas Etnies o peor, y pantalones de esos ni anchos ni pitillos que son náusea constante. Me acerco a su jetorro como para decirle algo pero le muerdo el brazo hasta notar que le clavo bien la dentadura y mi animada mandíbula se recrea con su asqueroso trozo de carne. El pavo chilla como no ha chillado desde que su abuela le pilló pelándosela con una foto en bikini de su prima pequeña, y yo sigo a lo mío:
—VENGA PEÑÑÑÑÑÑÑAAAAAA. VAMOOOSSSSSS. ESA PEÑÑÑÑÑIKAAAAAA.
El tipo retrocede y cae al suelo, de culo. Sus amigos le miran. Luego me miran a mí. Luego a él. Luego a la italiana. No tienen ni puta idea del protocolo correcto cuando el cabecilla se queda sin brazo.
Me dirijo hacia ellos y les pregunto, en plan gritando muchísimo, como si hubiese en aquel momento un jaleo bestial, cosa falsa porque nadie habla ni se mueve:
—¿CÓMO VA LA COSA PEÑA? ¿EH? ¿PETÁNDOLO? ¡TOOOOOOOMAAAAAA!
Silencio de nuevo. Veo que algunas personas abandonan la sala mareadas, lanzándome reproches y borrando su check-in de Foursquare en Farra i Copas. Buda Rave, ya se sabe.
Los tres colegas se han convertido en un saco de patatas orgánicas y arrastran a su cabecilla herido hasta una esquina. Y, entonces, los veo, por entre las columnas van apareciendo tíos moviéndose en modo baile de reenganche, unos con más dientes que otros, que me miran y sonríen y van apartando a codazos a la gente de Bonanova y a otra gente en general. También aparecen algunas chicas de esas con camiseta de tirantes ancha y sujetador negro debajo, combinación entre sucia y guarro-morbosa que puede llegar a ser funcional. Ravers, unidos, jamás serán vencidos.
Vamos recortando todos distancias hasta estar prácticamente pegados y haciendo un pogo —que no gang bang—en el centro de la sala, delante de la mesa de sonido; entre abrazos muy sentidos y botes technohooligan, gritamos al unísono y más pirados que nunca:
—¡ESA PEÑAAAAAAAA!
Parece que la única que se percata de nuestro clan es Stellar OM Source, cosa que a nosotros nos sirve y nos basta y nos exhorta a continuar desarrollando el percal. Yo, mientras tanto, voy preparando mi boda con ella sin ornamentos —solo neones y vinilos— en un almacén oscuro de Detroit.
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