Cómo desbordar una fiesta

La fiesta la montaban unos irlandeses de vacaciones en BCN. Su apartamento quedaba a merced de los amigos que habían conocido tras su llegada. La idea era traer a unas 10 personas, beber un poco, y luego salir en busca de diversión etílica. Las cosas se truncaron cuando mi amigo Olivo tuvo noticia del encuentro. Le faltó tiempo para convocar una macrofiesta en todos los portales de Internet.

"Cuatro colgados irlandeses montan una fiesta en su choza. Gratis. Se ruega traer a 3 chicas por cada chico."

El anuncio lo leyeron 4.000 personas sin nada mejor que hacer esa noche. Estos se lo dijeron a sus amigos (y amigas). Finalmente, teniendo en cuenta el número de bajas habitual, acudieron 500 personas al apartamento, de unos 60m2.

La fiesta comenzó en la calle. Decenas de chavales armados de botellas hasta los dientes bebían ya en la calle para ir calentando el hígado. Las primeras mamadas tuvieron lugar en el portal. Los vecinos, atónitos, no llamaron a la policía por miedo a las represalias. Bienvenidos al caos. Antes de las 11 de la noche se habían producido unos 50 litros de orina, esparcidos por las ruedas de los coches cercanos. Un BMW serie 1 perdió un retrovisor. Unos chicos especialmente aplicados consiguieron mear en el depósito de gasolina. Los irlandeses podrían haber ofrecido algún tipo de resistencia, pero llevaban bebiendo desde las 4 de la tarde y estaban haciendo cola para ir vomitando en el baño. Decenas de personas subían por las escaleras. En ese lapso de tiempo, se produjeron dos embarazos y tres bukkakes. Las multitudes suelen potenciar las bajezas humanas, o las peripecias sexuales en lugares inverosímiles.

El ascensor quedó bloqueado y los que estaban dentro rompieron los cristales. Una chica emo se cortó las venas. Cuando moría desangrada se pintó las uñas.
Los irlandeses fueron encerrados en el balcón y el resto, unas 150 personas, se adueñaron del piso. Hubo 4 muertos por avalancha, y dos embarazos más, uno de ellos por violación.

Se entonaron algunos cánticos locales y también extranjeros. El himno de una micronación neozelandesa fue especialmente bien recibido. Eran cuatro tipos con barba de 2 años y con un taparrabos minúsculo que no alcanzaba a tapar el prepucio.

Tuve que llegar a la fiesta atropellando a los menos ágiles. Mi Audi TT nunca ha fallado a la hora de abrirse camino por entre multitudes delirantes. El techno retumbaba en el subwoofer del maletero. Aparqué en el parque público de enfrente, al lado del tobogán infantil. Decidí sabiamente no entrar en el edificio porque ya se estaba incendiando. Los bomberos y la poli ,ahora sí, estaban por llegar. La gente, primero los irlandeses, se tiraron por el balcón. Sus cráneos se esparcieron por la acera. Subí la capota del coche y miré al cielo. No se veía nada, solo humo y contaminación lumínica. El inicio del verano, como tenía que ser, lleno de energía y vitalidad.

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