Comida familiar

Antonio se levantó a las 2h del medio día. Su madre gritó desde el pasillo recordándole que dentro de media hora tenían que estar en casa de su tía abuela para celebrar su santo. Mierda, comida familiar. No se acordaba de eso. En realidad, llegarían sobre las 3 y a las 4 se sentarían a la mesa a comer los entrantes. Ese era el ritmo familiar. Como un jet lag pero sin jet lag, sencillamente un desorden horario como el que Antonio tenía a los 18 años y se quedaba solo en casa. Fumaba porros todo el día y cuando se acordaba de comer comía y cuando no podía más dormía.

Su tía abuela tenía una pierna ortopédica y chillaba sin darse cuenta, aturdiendo los oídos de los comensales. Todos parecían estar acostumbrados menos Antonio, que no lo soportaba. Bajaron en el Golf viejo de su madre, con la abuela y con Vanesa, la mujer ecuatoriana que la cuidaba. Su padre estaba fuera en viaje de negocios. Había tenido suerte. De hecho, el padre de Antonio era el único a parte de él que detestaba esas orgías culinarias. Los platos, celebración tras celebración, eran los mismos. Una cantidad ingente de entrantes de bolsa del Dia; cacahuetes, queso, aceitunas, gambas ( también de bolsa), patatas fritas. El primero era una ensaladilla rusa con pimientos y otros ingredientes que después de 20 años todavía no había conseguido averiguar.

Su abuela llevaba 3 pasteles para 9 que eran en total. Un derroche más que ya no importaba. Por alguna extraña razón, puede que relacionada con la hambruna de la guerra, en cada celebración sobraba comida por todas partes.

Llegaron a las tres menos cuarto. En el rellano de la vieja casa, había dos ascensores. Una familia de chinos cogió el de la derecha. La niña cantaba y jugaba con sus relajados padres. Antonio pensó que después de años de duro trabajo en el restaurante "Muralla feliz" habían conseguido una cierta estabilidad económica y que pronto se comprarían el Mercedes. Ellos subieron por el de la izquierda.

Antonio llevaba un ramo de flores que todavía tenían que florecer. Su madre llevaba una colonia y su abuela unos pendientes, todo para regalar a la tía abuela chillona.
El único con el que Antonio sentía un aprecio sincero era su primo segundo, de 17 años. Los dos estaban rodeados de adultos, y no había ningún otro joven en la familia. Cuando estaba con su primo, Antonio experimentaba lo que era ser el mayor, el ejemplo, el líder. Y le gustaba y por eso quería a su primo; un chico discreto que aún era virgen y un buen estudiante, especialmente de matemáticas.

Para la comida estaban presentes la tía abuela, el primo segundo, el hijo de su primo segundo ( el de 17 años), la dominicana que cuidaba a la tía abuela, la abuela, la ecuatoriana que la cuidaba y la madre de Antonio. Ah, sí, y la ex mujer de su primo segundo. Una mujer que trabajaba de administrativa y era gorda y gris pero una buena madre y una buena persona. Sus gafas graduadas deberían tener, a estimación de Antonio, unos 20 años. O bien la mujer no perdía vista o mantenía la montura y cambiaba los lentes. Es hasta posible que esas gafas hubieran vivido los últimos años de franquismo.

Estaban todos sentados en la mesa, como cada año. Antonio sabía de antemano cuales serían los temas de conversación. Siempre los mismos, previsibles y desgastados. Lo peor de todo es que él era el único que estaba cansado de escucharlos, de aguantarlos. Bueno, quizá su primo de 17 años mostraba ya cierto mosqueo. Puntualizando, no habría temas de conversación. En realidad habría un caos de comentarios y chistes entrecortados por largos silencios, en los que solo se escucharían mandíbulas masticando, algún eructo no reprimido y de vez en cuando un estornudo o tos. Los chistes se sucederían cronológicamente. Primero, su madre le ofrecería un calamar que Antonio rechazaría, alegando estar ya lleno. Su madre le diría que se comiera uno a ver si se atragantaba como aquella vez cuando era pequeño. Todo el mundo se reiría, menos la ecuatoriana y la dominicana, que no sabían de que iba la historia. El segundo chiste iría relacionado con el padre de su primo, que una vez repartida la ensalada entre todos se quedaría con el bol para él solo y la deglutiría como si fuera una vaca suiza. Y todo el mundo se reiría. El tercero tendría lugar en los postres, cuando la tía abuela se colocaría bien la pierna ortopédica e iría a buscar el flan casero. Entonces, la dominicana diría que lo quería para ella sola. Y entonces todo el mundo se reiría. Antonio no se creía la broma, porqué tenía un culo del tamaño de un campo de fútbol y sabía que si pudiera se lo comería entero, la gorda. La ex mujer de su primo segundo no abriría la boca en toda la comida, solo para decir "no,gracias" cuando unos y otros la iban atosigando con más y más comida. El último chiste de la comida iría a cargo de su madre al comparar sus reuniones y la familia con los personajes y situaciones de las películas de Almodóvar.

Los postres finalmente no fueron 3, fueron 7. Es decir, a más de medio quilo de pastel por persona. Nada más alejado de las hambrunas de la posguerra .

A la hora del café, su primo de 17 años y Antonio se recluirían en una habitación a ver en el portátil una película y Antonio aprovecharía para hacer una siesta de 2 horas. Y luego para casa con el Golf antiguo y las sobras de la comida.

Un día en familia, un día previsible, repetitivo y gris. Pero hay que reconocer que tenía algo de entrañable.

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