Centrarse en el odio, pasar a la ira: Round III

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Antes que nada, comentaros que ya sale nuestro evento conjunto en Google. Por ahora sale Fag, ya que incluyó en el título semana del odio. Así que estamos a punto de pasar a la Historia como conjunto pionero acerca de la mala leche en la blogosfera.

Hoy tengo pensado derivar el sentimiento del odio para introducirlo en el celebrado mundo de la ira, un sucedáneo de lo más jugoso, que supone pasar del sentimiento al hecho, a las desastrosas y violentas consecuencias de odiar a alguien en profundidad.

Levantó el hacha por cuarta vez y golpeó de nuevo el cuerpo, ésta vez con la intención de destrozarle la tráquea. Cuando hubo cortado la cabeza, la agarró fuertemente por el pelo y la levantó, extendiendo el brazo hacia arriba todo lo que pudo. La sangre brotó sin mesura y roció su cara, volviéndola rojiza y perturbadora, puesto que no pudo evitar mostrar una enorme sonrisa de satisfacción. El siguiente paso era, emulando a su querido Bateman, arrancarle los pezones con la boca, para luego tragarlos. Hecho esto, se masturbó hasta tener el miembro bien duro y se lo introdujo en la axila de la chica; le encantaba el roce de su prepucio con la fina y tersa piel de la joven. Eyaculó en su barriga, pero el tamaño de su miembro era tan inconmesurable que la corrida alcanzó hasta el orificio correspondiente al cuello. Excitado, gritó !"OPEN YOUR MOUTH"!, emulando, ésta vez, su vídeo preferido de monster cocks. Se dio cuenta de que la chica ya no tenía ¡MOUTH! y que la cabeza yacía en el sucio suelo; decepcionado por tal error en el cálculo limpió su pene con el bello púbico de la chica y se fue al coche y tomó el barril de gasolina que tenía preparado para la hoguera de la muerte, como él mismo la había bautizado. Roció el cuerpo copiosamente y sacó su Zippo plateado, hizo un par de trucos supremos para encenderlo, pensando que eran bastante buenos y que podría colgarlos en Youtube.
Estando ya dentro del coche, miró por el espejo retrovisor y contempló como la hoguera se iba volviendo pequeña, hasta ser un mero punto amarillento en la lejanía, casi como una estrella en el impoluto cielo que se cernía sobre el bosque.

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