Central Scrutinizer Dirty Summer Nights

De esas noches que son sucias. Incluso antes de que empiecen. De esas noches en las que intuyes que más o menos todo saldrá bien. El margen de error solo presenta, a priori, nimiedades para el ecosistema personal; a lo sumo, un toque de gracia como conocer a una stripper saudí podría modificar los acontecimientos. No hay guerrillas en la calle, la gente sigue sin cortar las cabezas que tan firmemente destrozan desde sus muros de Facebook; los servicios sociales y las ONG prosiguen su estoico trabajo, y la policía se ocupa de poner a raya al que no sabe hacerlo con discreción. El panadero pakistaní duerme, preparado para levantarse a las 5, listo para descongelar a machete toda la merca de pastas y baguettes y derivados. Hay una fiesta industrial en cada panadería, cada mañana, en cada calle de Barcelona, pero el evento está plenamente interiorizado y no goza de mala reputación. A finales de agosto, la ciudad celebra un turisteo constante y narcotizado, y el regadío de euros que los turistas dejan de noche aquí y allá levantan los ánimos del centro que, por otro lado -y como viene siendo habitual- tiene poco que contar.
Salir de casa con los auriculares en el bolsillo viene a ser la antítesis del que sale de fiesta con cuatro condones en el bolsillo trasero. Si hay que recorrer el angosto camino solo de vuelta a casa, que sea dignamente y con SoundCloud saludando al personal. Todo se reduce a una cuestión de expectativas, y el que actúa en base a las más elevadas es el que suele regresar a casa escuchando cosas raras como gaviotas y camiones de la basura. Auriculares. En cambio, si el problema es la falta de condones, el arreglo viene de serie con el subidón de lo que se tercie en ese momento en la mesilla de noche o en la repisa o en cualquier lugar random.
—Estoy harta de que me hagas picos. Me gustan las clenchas y no quiero meter la tocha en la esquina de una tarjeta de crédito cualquiera, sin rulo ni nada. Es guarro. En serio. —Julianne, con una minifalda negra y unas bambas deportivas cuya marca desconozco, se tumba en el suelo en medio de una callezuela del Borne y mira al cielo. Cierra los ojos, se limpia la nariz con un pañuelo y me mira de reojo.
—Lo sé, y no sabes lo mal que me sienta tener que adoptar esta técnica. Pero en medio de la calle no me veo con ganas de hacer sendas clenchas. Esto no es como las pelis. De hecho, piénsalo, en las buenas pelis la gente que mola no se droga en la calle. Todo el mundo lo hace en casas que molan con música que lo peta.
—Es verdad. Pero no quiero ir a ninguna casa —entreabre las piernas, saluda a la meca con sus braguitas azul marino y las vuelve a cruzar. Paso de casas. Si acabamos en alguna casa nos darán las mil.
—¿Las mil? Las mil es dentro de 10 horas. Tampoco es tan buena esta movida como para aguantar tanto.
—Ya.
Ambos sabemos que no va a pasar nada, pero que todo saldrá, como avanzaba, razonablemente bien. Incluso tendremos confidencias y algo de tiempo para perder en detalles superfluos de situaciones comprometidas en las que nos hayamos podido encontrar a lo largo de nuestras vidas. Es jodida la logística de ir conociendo a alguien. Jodida y entretenida, al mismo tiempo. Desde los veinticinco ya te haces la idea, con numerosos casos prácticos, de lo imposible que es llegar a conocer a alguien. Eso puede ser aterrador, pero con persistencia y buenas maneras acaba liberando bastante. No es que no puedas fiarte de nadie, es que sencillamente sabes que nadie puede fiarse de sí mismo, cosa que enturbia la cosa y la clarifica a la vez. Aparentar cierto control sobre las cosas es un entretenimiento la mar de saludable, y da buenos resultados. Hablar un idioma, comprar fruta de vez en cuando, conocer a chicas que se tumban en la calle y te piden que les hagas rayas de verdad. Evidentemente, una sesión como la de Maceo Plex en Electrobeach facilita la resolución de cualquier contratiempo, y de ahí a dar vueltas a la manzana corriendo y dando bandazos, y empotrándote con ella en cada portal, hay nada. 
Pero eso no es lo que ocurre. Más bien buscamos sitio para mear. Un parque sin niños. Ideal.
—Tú estás un poco loco, ¿verdad? —Julianne insiste, se ha creído lo del reformatorio en Suiza.
—Pasé todas mis vacaciones con mis padres en la Costa Brava, jugando a hacer castillos de arena con compañeras vírgenes y amigos aleatorios y sin miedo a que el océano pudiese hacernos nada malo. El agua nos traía diversión sin tregua, incluso para la gente mayor y más fea. ¿A eso le llamas infancia dura? El desembarco de Normandía y este tipo de situaciones en las que las playas son usadas para fines no lúdicos no entraba en mi cabeza. Eso ya es crecer bastante feliz.
—¿Qué es lo que escribes?
—Lo que podría pasar ahora mismo y no va a ocurrir.
—¿Qué no va a ocurrir? —Julianne se regala con ese don de algunas sabias chicas, la inocencia fingida y evidente, que casi chirría en su escote.
—Ni idea, por eso tampoco sé muy bien sobre qué escribo exactamente. 
—¿Y, entonces?
—Podríamos subir a la terraza de ese hotel, levanto la vista y señalo un edificio alto situado cerca de Plaça Sant Jaume a la altura de metro Jaume I. Me doy cuenta de que lo que sí he olvidado son las gafas de sol, y me molesta mucho la luz, aunque esté nublado.
—¿Qué haríamos ahí arriba? —Julianne se incorpora y me agarra del cuello y me mira fijamente a los ojos con su mirada de filtro verde y cristalino. 
—Ni puta idea, hoy paso de escribir. 
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