Carnicería Jordi

Jordi, ya era un hombre, tenía su propia empresa, su propio negocio. Su madre estaba orgullosa de él. Pese a ser el niño gordo y feo de la clase, y recibir todas las tizas y bolas de papel que le lanzaban sus compañeros, ahora era un ciudadano respetado por sus vecinos y clientes. Cada mañana, acudía puntual y sonriente a cortar cabezas de cerdo y amasar la carne con ternura para preparar hamburguesas. Su problema de obesidad no había hecho más que empeorar, pero ahora era alguien, tenía su negocio. Tenía máquinas que cortaban el jamón en lonchas finas y jugosas, una caja registradora de última generación, frigoríficos importados de Alemania. Su carnicería era el sueño de cualquier carnicero que se preciara. No obstante, de lo que más satisfecho estaba era de su cartel luminoso, el de su negocio, el hacía que su vanidad aumentase un poco más cada día, cuando llegaba puntual a su trabajo. Encima de un fondo blanco y siempre limpio, tenía estampado un logo con las letras de su nombre en mayúscula: "JORDI". Lo ingenioso del cartel era que la O no era una O sin más, era la cara sonriente de un cerdo. La idea había sido suya, y no de algún publicista famoso, que según creía él le hubiera cobrado mucho para encontrar una idea peor. 

Lo que no sabía Jordi, es que algunos de sus clientes comparaban la cara del cerdo con la suya, y se mofaban a sus espaldas mientras cortaba silbando unos bistecs de ternera gallega. Aunque se rieran de él, al menos no le tiraban bolas de papel ni tizas; ahora era alguien.

Cuando Jordi conoció por Internet a una chica de Botswana, y se conocieron y se casaron y ella vino a vivir a España, todavía no sabia que su carnicería daría un giro exótico. Su mujer, cuyo nombre tardó varios meses en pronunciar correctamente, le propuso ampliar la gama de productos de su carnicería; ella también quería participar en el lucrativo negocio y ayudarle en lo que pudiera con sus conocimientos sobre carnes lejanas. La mujer realizó una búsqueda exhaustiva por Internet (que sabía manejar sobradamente) y habló con algunos antropólogos de prestigio ( haciéndose pasar por redactora de una revista especializada en fauna africana) y finalmente elaboró un informe para su marido. Después de estudiarlo minuciosamente, llegaron a varias conclusiones; importarían carne de mono de Africa Central y carne de camello de Sudán. 

Y así fue como la O de Jordi siguió siendo una cara de cerdo, y la I final se convirtió en una liana verdosa con un mono con cara de energúmeno balanceándose, impulsado por un pequeño motor eléctrico. 

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