Caída, recaída, carisma.

Tony Soprano es gordo pero tiene un acento gracioso y un bar de streaptease. Y sabe matar. Cosas así son las que dan carisma a una persona. Mi carisma ha sido reconocido por numerosos expertos en trastornos de personalidad. Y, más aún, por mis extraños períodos de invernación. Hay gente que durme en la cama, yo duermo de fiesta. Desde la huelga no recuerdo nada, salvo una rave en Marina, y ahora me doy cuenta de que he avanzado en un texto que emula una novela de aventuras decimonónica. Mi carisma genera ampollas entre los no fumadores, y entre las embarazadas. Por fin he conseguido fumar dos cigarros a la vez. Uno sirve de comodín, para ambientar, está apagado y solo lo enciendo cuando bebo alcohol. El otro se va renovando, como cuando acabas los 500 megas del iPhone por ver todo el santo día xvideos.com. Baja la velocidad, pero ahí sigue, a sus 128k, aprox.
Little Omar tiene carisma porque es negro y lleva trenzas raras y tiene una escopeta y es un pedazo de dealer forjado en las calles de Baltimore. A su lado, todos parecemos mancos aficionados a la wii. 
Don Draper tiene poco carisma porque tiene hijos.
Y Dexter es una gran persona, como mi vecino en la casa de campo. Siempre oigo chillar a los cerdos por la noche. Golpes secos. Frambuesa. Luego subo Pyramid en los altavoces y volvemos a la carga.
Hace días que no escribo, y lo noto. Estas recaídas deberían ser crónicas y mucho más seguidas. Sí, ya me noto enfermo, y esto me tranquiliza.
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