Bucolismo etílico. Esperpento solipsista. Narcicismo descarnado. Literatura acompasada. New Order ensordecedor. Miseria persecutoria. Análisis post-apocalítpico. Amor a raudales hipocondríacos. Título extenso, pensamientos cortos. Felicidad pseudoegoísta. Pasión por ella. Pongámonos serios. Terminemos con un Moonwalk retrospectivo. Y brindemos por la locura cuerda

Huyo de Barcelona. Me escapo silenciosamente en busca de lo que sé que voy a encontrar. Es sencillo: una combinación de bienes materiales, combinaciones alcohólicas, manjares varios, naturaleza, silencio y puestas de sol menospreciadas. Alcanzo la población cerca de Lleida con el mismo coche que usamos para ir a Monegros Desert Festival. Aquella vez en que fuimos cinco y volvimos tres y tomamos speed y luego coca y luego dormimos con los ojos abiertos y deseamos muy profundamente que los alienígenas se sumaran a la fiesta en medio del desierto.

La casa está vacía, el frío es incipiente. Coloco una botella de Blanc Pescador en el congelador y las 5 cervezas. Silbo alguna melodía random. Apago el móvil, no sin antes llamar a un número aleatorio. Subo al estudio y rastreo el parqué. Cambio el edredón por el nuevo de color fucsia y coloco bien las almohadas de un verde fosforescente lisérgico. Enciendo el ordenador y de nuevo el iPhone para usarlo como módem. Leo a Ryu Murakami. Y, esperando lo previsible, me poseen unas ganas irrefrenables de escribir. Inicio con New Order, pero rápidamente paso a Carl Craig, y la metafísica revienta el subwoofer Altec Lansing. He matado una araña con el insecticida y el estudio huele a insecticida y tabaco. El manuel de Marketing Directo reposa en la mesa esmaltada de blanco de dos metros de longitud. La noche se presume larga, ojalá que fuera eterna. Ojalá que este pueblo se llenara de artistas zumbados. Ahora me queda el padre de uno de mis mejores amigos. Quizá esta noche pintamos juntos alguna cosa, por ejemplo un cuadro de vino y champagne. El volumen está tan alto que el Mac tiembla, y mis dedos crepitan y la tinta electrónica recibe latigazos enrojecidos por los nombres propios que el corrector ortográfico considera como faltas. El cenicero comprado en Chaise Longue de París camina a pata coja por la mesa. El suplemento de Babelia resta in peace para ser abordado.

Despegamos. 

Acabo de describir mi paraíso personal. Algo así como mi felicidad solitaria, una cosa que años atrás creí  que nunca encontraría en este lugar. Un paraíso que bien podría resultar un infierno para muchos. Últimamente reflexiono bastante acerca de mi autodestrucción paulatina. No es nada extrema. De hecho, es la clase de autodestrucción tolerada en Occidente. Beber, fumar, dormir mal y padecer estrés constante. Esto no me preocupa. El problema radica en que me siento extremadamente cómodo. Algo así escribí en otro post. Dije quue muchos sabemos que este camino no es viable, pero que no sabemos vivir de otra manera. En realidad, no queremos vivir de otra manera. Porque las hipotecas y sus derivados y lo políticamente correcto y los programas de tarde y la vulgaridad y las autolimitaciones nos molestan, nos perturban. A mi, personalmente, me hacen vomitar.

La música que escucho ahora mismo sería una banda sonora ideal para poner el día del juicio final, en una macro rave convocada por Internet delante de los Bancos Nacionales de cada país. Con antorchas y taparrabos. Olvidé decir que estoy releyendo el Tao Te Ching y que he encendido dos velas y que el sofá es de tres plazas así que cuando me tumbo para mirar al techo estoy, de nuevo, en el limbo.

La cerveza está casi congelada, y restriega mi paladar y levanta mi lengua y se distribuye en mi interior y espero que pronto la parte proporcional de alcohol llegue a mis venas.

Ahora llueve con fuerza. Cuando llegué hacía sol. Ya no. No lo necesito. Él a mí tampoco. El hijo de los vecinos tiene un Opel Corsa y lleva unas melenas insoportables. Espero que esta noche no pueda dormir por culpa de mis vatios impertinentes. Aunque lo más probable es que el tipo salga de fiesta y que quizá tenga un accidente debido a la lluvia. Eso me sabría mal, por sus padres. Porque todos los padres quieren a sus hijos. Excepto cuando no estudian ni trabajan ni tienen un proyecto de vida razonable y les piden dinero cada dos por tres para pagar drogas y fiesta. Incluso en estos casos, algunos padres siguen queriendo a sus hijos. Siendo precisos, verdaderamente se quieren a sí mismos, se aferran a la autocompasión y en el "todo saldrá bien".  Y los padres se hacen pequeñitos y se acercan a las alcantarillas y ponen la cabeza dentro y una rata asquerosa les arrolla la yugular. Y cuando esto pasa sale en las noticias del mediodía. Y los espaguetis con salsa de pote ya no saben tan bien para los padres que miran las noticias al mediodía y que todavía no han metido su cabeza en la alcantarilla.

Cinturones abrochados.

A veces bailo cuando escribo, sacudo la cabeza asintiendo y cruzo las piernas y dejo el cigarro colgando en mis labios y repito, todo cobra sentido. Dentro de mis posibilidades vitales, es de lo mejor que puedo sentir. Y en cambio toda España desea que lleguen mejores tiempos. ¿Para qué coño queremos mejores tiempos? ¿Acaso en 2006 estábamos en mejores tiempos? Quizá había más gente trabajando y menos suicidios. Es posible, pero dudo que se vendieran menos cajas de antidepresivos y que el consumo de drogas fuera menor que ahora. Quizá estamos hablando del ciudadano medio, aquella persona ordenada y humilde que levanta el país cada mañana. Y ahora no tiene trabajo, y ahora culpa a todos menos a sí mismo. No ha hecho nada, es todo por culpa de los ladrones que viven arriba. Y pretende seguir con su discurso sin salir a la calle con un machete entre los dientes y una bandera comunista como pasamontañas. Las cuotas de la hipoteca se acumulan, los libros de texto de sus hijos ya no son costeables. La tele de plasma de 52" gasta demasiada electricidad. Se arrepiente de haber comprado el coche de gasolina en vez de diesel. Pobre ciudadano medio, él sólo hizo lo que le pidieron. Y le estaban engañando. Y asentía con la cabeza cuando podría haber cambiado las cosas. Y haber sacar el dinero del fondo de pensiones y haberlo tirado por el retrete junto a otros cientos de miles de ciudadanos. No lo hizo. Las quejas llegan demasiado tarde y la mala leche individual lleva al fracaso colectivo. Recuerdo que me gusta ser deliberadamente demagógico. Dejémonos de rasguños sociales, de mosquitos tigre sin alas, de verbenas intempestivas.

Turbulencias.

Me duelen los antebrazos porque me pasé con las máquinas del gimnasio. Cuando me apunté al gimnasio me preguntaron si me había desmayado alguna vez sin motivo. Mentí. A todo el mundo le pareció perfecto y ahora me saludan por mi nombre las dos chicas recepcionistas teñidas (una morena, la otra rubia, imagino que la diferencia de tinte es de mutuo acuerdo). Perder la consciencia es una de las cosas más extrañas que existen. Es como una muerte de pocos segundos. Te desvaneces. Dejas de ser algo, pasas a ser un cuerpo que mueve los pulmones y parpadea esquizoidemente. Poco más.
Ahora suena otra sesión. American gigolo III. Nuestro querido DJ Hell es el director de orquesta de este peculiar y sobradamente sello electro bien macarra. Tan útil en ocasiones como la que me acompaña right now. Una especie de desvinculación para con el entorno. Ante la falta de afecto me enfrento a un limitado abanico que tiene tres opciones poco saludables:

1. Autocompadecerme.
2. Automutilarme.
3. Meterme en mi propia trinchera plagada de fantasmas. En el pozo que Haruki Murakami tan bien describe en Crónica del pájaro de da cuerda al mundo. Es una pena que no le hayan dado el Nobel. Encerrarme en el estudio, extirpar mi soledad, naufragar ante mis propios gritos. Admirar los cuadros que cuelgan en las paredes. Retar a los altavoces. Megalomanear con descaro. Invertir en un Hedge Fund chino. Jugar al Strip Poker por Internet. Escuchar Reckless de Crystal Castles. Asumir que, haga lo que haga, uno nunca tomará la decisión correcta. Encender una vela por aquellas partes de uno mismo que mueren y que nunca volverán. Creer que uno está en el peor de los mundos y que ello lo hace todo mucho más interesante. Rociar sal en las heridas. Guardar las lágrimas para el día del juicio final. 

Opto por la posibilidad número tres. Por algo la he extendido tanto. Las otras dos son cerradas en sí mismas, como el pobre español medio. Leyendo titulares de economía con la misma estupefacción y desamparo como cuando mira la predicción del tiempo. Joder, Vanity, deja al ciudadano medio en paz, que suficiente trabajo tiene.

Turbulencias II.

Abro la segunda cerveza, y me doy cuenta de que llevo una hora escribiendo. Y que de nuevo este post va para largo. El pensamiento discursivo en blogger, cuando lo que narra no es una historia sino un vómito dorado, y yo estoy suficientemente desarraigado y con tiempo para delirar, puede llegar a ser infinito o de muy largo alcance. Así que, este post puede duplicar o triplicar su extensión en una hora. Querido lector, si se ha cansado de Vanity haciendo Ju-Jitsu literario con sus fantasmas, puede releer otros post anterior con más divertimento. Teniendo en cuenta que la media de tiempo que pasa el lector en mi blog no sobrepasa el minuto y medio, no hace falta ni que dé la recomendación de abandonarlo en cualquier momento. Aunque me reconforta saber que hay algunos entes vivientes que me aguantan, que me leen a pesar de todo, y que hasta me quieren de alguna u otra manera. Por ellos sigo, y porque aun no voy suficientemente borracho como para escribir ya de una manera que el poco sentido que tiene esta catarsis con tintes épicos (¡es la primera vez que subrayo una frase en 3 años!) derive en un sin fin de frases que ningún contexto, por muy generoso que sea, pueda tolerar.

Si lo pienso bien, cosa que hago pocas veces, caigo en que Vanity es un ser con una memoria de pez, que nunca escribo acerca de cosas que no hayan pasado en la última semana. La nostalgia es un outsider en mí. Mi refugio es el presente, mi futuro una odisea, y mi pasado un archivo con 588 posts.

Dejaré, por una vez, y especialmente ahora que suena una versión de Kids de MGMT hecha por Soulwax, que algunos recuerdos afloren. Un segundo, tengo que cerrar los ojos. La oleada de sensaciones y sentimientos edulcorados (este es uno de mis adjetivos comodín, que adoro) es parecida a la fuga de petróleo de BP en el mar de México.

Recuerdo, con nitidez, lo que fueron mis primeros años de adolescente en mi casa de campo. Rodeado de amigos sin pretensiones, con bicicletas mountain bike de 21 marchas y muchos botellones por hacer. Las noches terminaban a las seis de la mañana, en los vestuarios de la piscina. Nos colábamos para beber y hacer cachimbas y besarnos entre todos. Les tocaba las tetas a las chicas del grupo, y ellas me manoseaban a mí. Era todo fácil, o sumamente sencillo. Siempre había alcohol de sobra. La mayoría de las veces no teníamos mucho que contar. Nos daba igual. El cachas se follaba a la más guarra. La más garrula se follaba al que tenía coche, el del Ford Cougar que ahora debe estar comiéndose los mocos. Mi mejor amigo salía siempre con la más tierna. En cambio, yo, no tenía chica fija. Oscilaba entre las solteras cotizadas. Una vez fue la que tenía las tetas más grandes. Nos espiaban. Así tenían algo de lo que hablar. Otro verano no me enrollé con ninguna. Pero una chica llamada Muriel se enamoró de mí. Ella era bastante popular. Y eso me confirió cierto status de chico al que ponerle el ojo. Jugábamos a fútbol y, luego, con los pulmones destrozados, fumábamos hasta marearnos. Cuando cumplí los 15, los dos grupos más cool se juntaron. Duramos unidos dos veranos. Fueron los mejores. Seríamos unos 20. El grupo de jóvenes unidos más grande que ha conocido el pueblo. Todos de BCN o cercanías. Incluso había alguna gente chunga. De estos que ahora entran en chats con nicks como "xiko_morenoh_69" y por los que siento una especial simpatía, aunque no hayamos compartido el mismo destino. Cada semana nos metíamos piños con la bici. Sangrando, humillados, nos ponían vendas y de nuevo a atacar la noche. Recuerdo también que una vez fumamos césped de la piscina. Kerouac hubiera estado encantado con nosotros. Eramos puro potencial, pura inocencia, puro desperdicio feliz. Benditos años. Bienvenida, nostalgia. No, mentira. La nostalgia siempre acude como un flaco favor al pesimismo actual. En mi caso, lejos de caer en el pesimismo, centrado más bien en el escepticismo existencial, dejo desfilar mi pasado con la cabeza alta y la piel de gallina, sobrevenido por la situación.

El pueblo se cae a trozos. Los habitantes del lugar se debaten entre la mediocridad y el desamparo. Mi único amigo residente aquí es, pese a todo, uno de los pocos jóvenes luchadores. Tiene talleres y acaba de tener un hijo y su mujer de 24 años me cae bien. Aunque fumó durante el embarazo.

Y ahora, súbitamente, todo cambia, sale el sol, deja de llover, y suena Fleetwood Mac. Tan simpáticos y tan naïf ellos. Este es el viaje de la escritura discursiva blogger, live, sin cortes.

Dejé de veranear en la casa de campo cuando pude viajar por mí mismo. A los países bálticos. A Ibiza. A París. A Londres. Y creo que el próximo año viajaré a Shanghai. Rompimos todos los del grupo con el pueblo. Despreciamos lo vivido, quisimos madurar a costa de nuestro pasado feliz y estúpido. Pocos regresaron. Ninguno. Menos yo. "Este sitio está muerto". Quizá por eso quise regresar. El único que me queda es el padre de mi amigo. Es artista y pinta cuadros abstractos (me encanta simplificar el trabajo de la gente, sin que ello minusvalúe su valor). Es un borracho muy simpático. De esta especie en extinción que es incapaz de mantener una conversación sin llevarla al absurdo. ¿Y tu ya te haces pajas? Me preguntaba cuando tenía 11 años. El padre artista de mi amigo, si señor.
Regresé al pueblo pasados los 20, con todo muerto, con un nuevo estudio de 40m2 y baño propio  en mi haber. Aparentemente, todo estaba muerto. Me marché del lugar como adolescente, y regresé como joven con una intuición de que esto podría ser muy grande. Atraído por la aridez del lugar, la cercanía con la sierra blanca llena de cartuchos desperdigados, usados para matar conejos sin el coto de caza autorizado. Compré todo lo que pude para hacer el estudio algo muy chic y pijo. Mesa blanca (como he mencionado hace 1 hora y media). Dos estanterías en las que puse todos los libros de Contabilidad, Estadística, Microeconomía, Macroeconomía. El equipo de sonido suficiente para montar una rave de largo alcance. Un sofá cama para alojar una tribu urbana entera. Un mueble rojo para romper con los colores blanco y negro. Ceniceros. Una luz de bola para poder leer. Todo preparado. Sin saber bien para qué.
Luego,
 lo entendí.

Vine aquí con mis amigos del alma, a hacer vídeos sin cortes que luego Youtube censuró por usar música ambiente con copyright. Noches de escritura sincrónica con mi querido RÜA, a base de Speed esporádico y Moritz Epidor (mira que el Speed es malo, pero el tío es así, y escribe de puta madre). Vine aquí con una ex novia de antaño, con la que me aburrí soberanamente. No era la mujer adecuada, vamos. Vine aquí con amigos que no escriben, pero a quiénes quiero, y me quieren, y hablábamos y bebíamos y luego íbamos de fiesta a Florida 135. Vine aquí con un amigo de Venezuela al que le he perdido la pista; trajo su guitarra y lo pasamos bien.
Y luego vine aquí solo, como esta vez.

Abro la tercera cerveza. Aquí, solo. Es cuando todo sale. Y ahora suena Moby y el sol se despide de nosotros en la península tercermundista de Europa. La casa tendrá unos 150 metros. Y el garaje tiene el techo alto para meter tractores. Y luego está un jardín dejado que pronto se convertirá en el primer jardín Zen de toda la zona.

Maniobras de aterrizaje.

Andy Warhol, como yo (o yo como él, para ser preciosos), tampoco tenía memoria. Así que cuando llego aquí, a la casa de campo, a la que podría llamar para hacerlo más fácil, CDC, siempre me espera algo nuevo. Nunca recuerdo donde están los utensilios de cocina, ni nada por el estilo. Siempre tardo algunos minutos en encontrar la cafetera. Y luego me pierdo por encontrar el baño. La cosa se complica cuando voy borracho. Entonces pienso que no tengo prisa, y que el mundo me es ajeno, y que podría dormir en el pasillo y no cambiaría nada en el mundo exterior. Lo que más me preocupa en estos casos es tener la lista de Spotify Premium a mano y el ordenador y el libro que leo. Y todo lo demás viene rodado, con ruedas de pinchos o con cadenas para la nieve. Aquí podría escribir mi novela. O amar indefinidamente a la mujer que ocupa ahora mi mente. Al llegar solo, el cielo se cubre de nubes densas, y el frío (ya nunca veraneo aquí, opto por el clima sórdido y hostil), y todo junto, hace que el lugar me lance un reto. ¿No eres tan artista, cabrón? ¿Acaso no eres un blogger de culto que te la suda todo? 
Surfea en tu aterradora soledad, por eso has venido aquí, para adentrarte en el lado oscuro. Sin linternas, sin mapas, sin GPS, sin guía. Tu escribes tu propio destino. Y si todo esto es un juego estás llegando demasiado lejos.
 Gracias a la teconolgía del Shuffle ahora suena The Pinker Tones, y eso me provoca una sonrisa ante mi post que será más largo de lo previsto y bastante más que el fake post llamado "El post más largo del mundo", que aparece en la segunda página de Google si tecleas "El post más largo del mundo". Ahora mismo parezco una especie de tipo hiperactivo, dando saltiros sentado en la silla de cuero de color blanco a juego con la mesa de blanco esmaltado (¿lo había dicho ya lo de la mesa blanca esmaltada? Llevo ya dos horas escribiendo y no sé cómo ha comenzado esto). Mi lista de temas favoritos en Spotify es de 72 horas, y me temo que podría pasarme todas esas horas escribiendo, desesperando a los lectores...Aterricemos ya a ritmo de Digitalism.

Bienvenidos al aeropuerto de destino. Al que podemos llamar Nowhere Land, ese espacio en el que habita uno de los iconos de los Beatles, el Nowhere Man. Sitting in his Nowhere place, for Nobody.

No sé exactamente por qué, pero me siento agradecido después de este viaje. Ahora, con el aterrizaje, con el cinturón de seguridad desabrochado, la borrachera considerable, tengo ganas de dar las gracias. A Alguien.

Veamos:

Gracias de todo corazón (sí, tengo corazón, aunque sea metálico y bombee litio y magnesio y tinta electrónica en vez de sangre roja) a los que hayáis llegado hasta aquí. En vivo y en directo, lo he dado, una vez más, todo.
En segundo lugar, a la CDC, por ser tan cojonudamente solitaria y grande y con unas vistas tan bonitas a la decadencia desde mi estudio.
En tercer lugar, al ciudadano medio, por ser tan fácil de parodiar.
En cuarto lugar, a los altavoces.
En quinto lugar, al tabaco y el alcohol.
En sexto lugar, a blogger, por permitir que la más alta tecnología albergue delirios de esta envergadura.
En séptimo lugar, que en realidad debería ir justo al principio de este post, como si fuera la dedicatoria de un libro, a Ella, por ponerse seria cuando yo me dejo llevar, por hacer su vida mientras nado alcohólico en el medio de la nada, por el abrazo más femenino que me han dado en la vida. Y, si ha llegado hasta aquí, por su constancia y serenidad de la que carezco la mayoría de las veces.

Ya mismo, me voy de fiesta, conmigo mismo, con mi mente, a rockandrolear con mis ansiedades y mis perfumes mentales. Cerrando los ojos, abrazando el rockstar de la soledad.

El futuro de los escritores pasa por ser unos Rockstars. Es el fin de las mesas redondas. Es el inicio de algo soberbiamente incómodo. Como lo que habéis leído, y lo que queda por hacer.

Bajamos el telón con Sinichi Osawa, Stand in Line. Eso mismo Vanity, entre la deliciosa línea que separa la cordura y la locura, ahí quieto, haciendo un Moonwalk con tu sombra.

Vanity Dust
Octubre 2010

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