Brotes postestéticos

Salí del trabajo media hora antes. La calle herbía de actividad. Transeúntes atareados circulaban con cierto orden habitual hacia sus respectivos destinos. Algunos coches, en gran mayoría con matrículas G, es decir, del año 2008, obedecían las órdenes de esos cacharros con luces de colores que marcan el paso o no en función de un reloj interno programado por técnicos. Nunca he conocido a un programador de semáforos. Ni a un domador de elefantes.

Soplaba un viento que quizá en otro estado de ánimo me hubiera acariciado las mejillas con simpatía, pero me resultaba molesto y hostil. No percibía correctamente la verdadera temperatura de la calle, sudaba sin estar abrigado y sin caminar a un paso rápido que justificase la transpiración.

Encendí el iPod y me decanté por algo de minimal, era lo que me pedía el cuerpo, beats profundos y oscuros de la mano de Magda (m-nus/CAN). En realidad, desconocía a qué lugar me estaba dirgiendo. Me percataba a medias del nerviosismo interior que comenzaba a adueñarse de mis actos. Tropecé con una torpe anciana que me gritó un despectivo comentario. Sin vacilar seguí adelante y tuve que reprimirme para no propinarle un rodillazo en la cara. Entré en un céntrico café con una barra minúscula y un primer piso amplio y sin camareros. Subían los pedidos por un montacargas y uno mismo los recogía arriba. Pedí 4 cervezas, como si esperase a 3 amigos más que evidentemente no iban a venir. Lié 3 cigarros seguidos e intenté leer un libro. Pasaba los ojos por entre las líneas sin atender a su contenido.

Obsesionado por controlar mi creciente estado anímico, me masturbé dos veces seguidas en el baño. Eyaculé mirándome la polla en el espejo, y lo manché abundantemente de semen.
No surtió el efecto deseado. Regresé a mi mesa y abrí la segunda cerveza. El bullicio de la calle me llegaba distorsionado, como un zumbido que me inquietaba. Cambié la música del reproductor, pasé a Mozart. Me gustan las bipolaridades con estilo. Madga-Mozart. Gloria-mierda. Orgías-onanismo.
Apagué el móvil, no me sentía con la actitud necesaria para responder a nadie sin mandarlo a la mierda.
Tercera cerveza. Cuarta cerveza. Segundo cigarro. Tercer cigarro. Sudaba, agitaba mis pies con violencia y no encontraba ninguna postura serena. Los ojos rasgados de dos turistas orientales me propinaban miradas temerosas, consternadas e inseguras. Me sentí un enfermo mental al borde de una crisis. Al verlo, llegué al punto de inflexión, let it flow. Déjate llevar.
Salí del bar sin pagar y golpeando la puerta de cristal para abrirla. Escuché algunos gritos detrás mío. Me giré y clavé los ojos en la pobre ecuatoriana con delantal. Cobraría unos 800€ por 9h diarias, sin día festivo. Proseguí mi camino, mi fluir instintivo, mi perdición enferma.
Crucé una concurrida calle sin mirar y un Porsche Cayenne tuvo que frenar en seco, las ruedas chirriaron. Apenas me inmuté, ser el centro de atención formaba parte del brote.
La sublime música mandaba cada uno de mis actos, cruzaba calles, entraba en tiendas, robaba cosas, golpeaba a la gente. Golpeé a una rumana que estaba de rodillas con las fotos de sus supuestos hijos. A la mierda con todo, pordiosera.
Al cabo de dos horas de deambular sin rumbo por las estrechas calles del Raval, mear en las esquinas y gritar a la gente la primera cosa que me pasaba por la cabeza, se apoderó de mi el freno represivo, el ya basta, está bien por hoy. 
Necesitaba encontrar cuanto antes un lugar para la reclusión, la paz espiritual, el cobijo y la serenidad que me haría regresar paulatinamente al desierto de lo real.
Sin darme cuenta, algo en mí sabía cual era ese destino. La librería más grande del centro, el paraíso del papel escrito y encuadernado. El lugar idóneo para aterrizar manteniendo el vuelo.
Entré y dejé embriagarme por el olor a viejo, denso e inconfundible de la gran concentración de saber y ficción de decenas de miles de escritores que en su momento se sentaron ante la nada y sudaron-como yo- hasta lograr algo con cierto sentido y coherencia.
Paseé por las estanterías cogiendo libros al azar, algunos de autores que conocía, otros que jamás había leído. Me dejaba llevar por el color de las portadas, las fotos, las contras, la pinta de los autores. Terminé con veinte libros en las manos, me costaba transportarlos y algunos cayeron al suelo con estruendo. La dependienta se acercó y me preguntó si necesitaba ayuda. Los recogió del suelo y le dije que los llevara directamente a caja.
- Hoy seré vuestro mejor cliente.
1. Slavoz Sizek
2. Don DeLillo
3. Sartre
4. Martin Amis
5. Irvine Welsh
6. Salinger
8. Douglas Coupland
9. David Foster Wallace
10. Andrew Kenzo
And so on

VD
Abril 2009
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