Brote melancólico. Derrotas y tierras fértiles a los 17

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Me diluyo entre mis escasos recuerdos. Cada vez soy más consciente de la poca memoria que tengo. Imagino que es un síntoma generacional. Vapuleados a diario con centenares de basura mediática, el escaso espacio mental que nos queda es para recordar nombres de usuario, contraseñas, aplicaciones top del iPhone, el abridor de cerveza y el nombre cambiado de tías follables en Facebook. Pero, a veces, se abre una brecha entre esta inconexa acumulación de datos efímeros, y asoma lo que alguna vez fuimos, quisimos, deseamos, y perdimos. Y también aquello que podríamos haber sido y dejamos de ser, o aquello que rechazamos y olvidamos y que, visto ahora, nos parece genial que haya sido así.
Pienso en las largas caminatas al instituto, a las 7 de la mañana, fumando un canuto antes de entrar en clase, cosa que me permitía no enterarme de nada. En la hora del recreo, bajaba a buscar a una pija estúpida a la que le pasaba hachís, y también saludaba a una chica perdida que se quedó embarazada a los 16 años. Era guapa, y la única chica del colegio que escuchaba techno, y en esa época Jeff Mills era el rey de nuestras veladas. Abandoné a mis amigos por su falta de tenacidad a la hora de tomar ciertas decisiones. No eran lo suficientemente extremos. La noche se abría ante nosotros, y ellos preferían quedarse contemplando sus motos y liándose entre ellos y bebiendo cerveza con gente conocida. No entendían que a los 17 años lo mejor de todo es no conocer nada, y lo grande es lanzarse al vacío para conocerlo. Hay un riesgo, perderse, recibir golpes fantasma, perder la cabeza, quedar socavado ante un conjunto de experiencias inasumibles para un cerebro que pierde neuronas aceleradamente por el THC.
Esto fue, más o menos, lo que me ocurrió a mí. Y, como antes apuntaba, marcó una quiebra entre lo que pude ser, a sabiendas, un espécimen relativamente integrado dentro de un sistema relacional y de consumo plenamente limitado, y lo que soy ahora. El precio obvio que pagas por haberte encontrado en esta ruta es la soledad. Puedes estar con gente, en pareja, solo, en orgías, leyendo...pero hay un espacio dentro de ti que se dilató hasta fecundar una caja Handle with Care que únicamente tu eres capaz de gestionar. Cuesta aceptarlo, no siempre mola, pero con el tiempo te da una autonomía bastante interesante. Te das cuenta de que eres una especie de nómada, de que el núcleo sigue sin ser pervertido por otros, u otras cosas. Llevas un timón y una velocidad de crucero que tan solo tu puedes comprender. Incluso, a veces, tu tampoco lo comprendes, y no te queda otra que dejarte llevar.

Nunca hubiera estado en París de la misma manera.

Perdí muchas cosas a los 17 años, quizá puede ser considerada la primera gran derrota de mi vida. Con el campo arrasado, sin vida, quemado de la sobredosis de experiencias acumuladas, no vi que la tierra era fértil, ideal para que nuevos brotes fosforescentes emergieran por entre la sucia tierra llena de cadáveres. En esas estamos, ocho años después, dejándome llevar, esta tarde de domingo, por una extraña melancolía auspiciada por los temas de Boards of Canada.

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