Bourgeois-bohème Fever / Paris Set Week II /

Observar, inadvertidamente, la vida y sus pequeñas e ínfimas manifestaciones, otorgándoles la máxima categoría, valor y belleza. Tal es la labor del bo-bo, del Bourgeois Bohème, que en París se siente, preso de sus antecedentes literarios que ejercieron susodicho ejercicio con armoniosa y diligente actitud, obligado a reproducir. Empujado, alentado, me veo, pues, a trabajar, por lo menos hoy, en esta dirección.
Tumbado en el césped del parque del Sacré-Coeur, con París a mis pies y un sol escurridizo, veo a un padre que juguetea con un mini portátil, y a su hijo, que juega con los auriculares desconectados. El padre enciende la música, que llega a mis oídos precariamente. No alcanzo a saber qué es lo que suena, pero suena, las ondas acústicas hacen lo que pueden.
Al caminar hacia abajo, en busca de un bar dónde poder abrigar mi sed, dos vendedores de pulseras se abalanzan sobre mí, casi con violencia, me veo obligado a apartarlos con un gesto seco y brusco. Me recoloco las Wayfarer, que por fin he comprado a un precio razonable.
Dos chicas, que han sufrido la misma suerte que yo con los vendedores de pulseras, caminan a paso decidido por la acera de enfrente. Una de ellas, me cautiva, su andar coqueto y sus grandes pechos que se muestran en gran parte, captan mi atención durante dos calles.
Entro en el Carrefour market, a por un té helado de melocotón, ya que el de limón es, en Francia, inexistente. En la cola una mujer negra coloca varios botes de café soluble en la cinta transportadora, como diez, imagino que tiene una gran necesidad del brebaje, cosa que me parece harto comprensible. Entrego el euro correspondiente a mi té y, de nuevo, la cajera atrapa mis sentidos. Ella no puede ver mis ojos, ya que sigo con mis Wayfarer, decidido a rentabilizarlas hasta el último céntimo.
Tomo asiento en una terraza de unas 4 mesas, que copan casi la totalidad de la acera. En medio de mi cerveza, habiendo decidido guardar el té para más tarde, un tipo joven, algo deshilachado, se pasea con una botella de whisky, ofreciendo gentil y gratuitamente (imagino) rellenar los vasos de todos los clientes. Desesperado al recibir la negativa de todos nosotros, se va calle arriba en busca de otros bebedores más necesitados.
Paso de nuevo por delante del Carrefour, dirección a casa, y una chica con pantalones cortos huele su barra de pan recién comprada, pensando en qué le va a poner cuando la tenga por fin cortada en rebanadas en la mesa.
Algunos vendedores de Ray-Ban y polos Lacoste de imitación me ofrecen su mercancía. Hoy no me siento especialmente consumista.
Hoy cumplo con mi deber bo-bo, esperando vuestra vacacional respuesta.
Bourgeois-Vanity-Bohème.
Julliet 2010
Montmartre, París.
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