Berlincation (I) Vinilos, transbordos y galerías soleadas

Estoy dedicando la mañana del día del trabajador a escuchar Techno en unos altavoces Sennheiser de tamaño XXL, lo que permite que los tímpanos me revienten todavía más de lo que han hecho este fin de semana. Hacía tiempo que no me entraban tantas ganas de escuchar techno del duro, del que te hiela la sangre y magnifica el descontrol de tus neuronas con embistes psicóticos. Es lo que tiene haber estado encerrado en Berghain durante más de 20 horas de un total de 48. Es lo que pasa al estar rodeado por el mejor equipo de sonido jamás visto en la Historia de la Humanidad -en mayúsculas, por supuesto-.
Llegué a Berlín el viernes a las 10 de la mañana, tras estar a punto de perder el avión por haberme pasado dos horas acariciando los vinilos de aquellos años en los que pinchaba los fines de semana en casa con todo tipo de personajes y con todo tipo de merca. Me acuerdo de aquel tema de Ambivalent llamado R U OK.
Y la verdad es que nunca he estado del todo OK. Y, lo cierto es que estoy más bien jodido y KO. Pero tan feliz como un oso panda esnifando bambú en polvo. Pero el tema sonaba de puta madre y me lo puse en los cascos y por eso casi pierdo el avión hacia Munich. Y de Munich a Berlín. Es lo que tiene viajar con Lufthansa, las azafatas alemanas te tratan tan bien que nunca está de más conocer a algunas más en un vuelo con escala.
Antes de seguir con el texto, deberíais escuchar esto, e imaginar el tipo de post que estoy preparando sobre Berghain.

En Frankfurt fumo en la zona Camel, junto con azafatas y tipos con ordenador. Enlazo el vuelo y sigo leyendo a Terry Southern y me duermo y aterrizamos. Berlín me recibe con sosiego y con un clima tropical que rechaza mi chaqueta de facto. Pillo un taxi. Las calles están tranquilas y yo no y qué despierto estoy, como si los ácidos ya se acercaran en la lejanía a pasos agitantados y mis pupilas ya se preparan para la que va a caer.
Me bajo en una pensión de Prenzlauer Allee y Dominik me abre la puerta. De la habitación sale una tía con tacones y Dominik está en gallumbos y sus tatuajes ocupan toda la habitación y hay rulos encima de la mesa.
-Estaba buena, ¿eh?
-Sí, muy amable y bien servida -respondo dándole un abrazo con reparos. Esto parece un el puto Californication. Llego y ya estás on fire. No esperaba menos. Abre las ventanas o moriremos. Esto es el Holocausto del semen y el sudor.
-No se puede fumar en la habitación, por eso estábamos con la coca.
Dominik se ha pasado la noche follando y tomando coca y el jueves estuvo trabajando en la fiera de arte pero la cosa se le fue de las manos y, claro, se dejó mucha pasta. Salimos y vamos a ver unas galerías con paredes gigantes y cuadros diminutos. Y luego otras instalaciones repartidas por la ciudad. Es el mejor guía que podáis imaginar. Lleva el reloj con diligencia y la cosa cuadra, llevamos unas cinco galerías vistas. La primera es Contemporary Fine Arts y el artista que inaugura es Julian Schnabel y lo flipamos. Cuadros giganes y pivones viendo las expos y cada cuadro puede costar unos 600.000€.
Julian Shnabel con un perro.
Y vamos a comer a un tailandés delicioso, y pido pollo con salsa de coco y especias. Pero antes pasamos por Hardwax, la mejor tienda de vinilos del mundo y Dominik compra un vinilo nuevo de Shakleton y yo bailo al ritmo de un reagge extraño que suena y saco fotos de las pegatinas de las ventanas. Para entrar en la tienda tienes que cruzar un patio interior y subir cuatro plantas de un mohoso edificio. Ofrecen agua y venden material para pinchar de todo tipo. Berlín me abraza como un hyppie barato que abraza árboles y tiene erecciones.
Hardwax Vinil Shop.

Los berlineses son gente tranquila que va en bici y tiene hijos que crecerán con futuro. Aunque esto sea, en realidad, la perdición.