Beach Dome

Nos encontramos directamente en la sala VIP del Aeropuerto de London Gatwick. Mostré mi autorización al guardia de seguridad y me preguntó si deseaba que nos mandaran bebida a nuestra sala. Me apetecía una copa de Moët; la última presentación me había dejado hecho polvo, cientos de adolescentes bloquearon la salida. Me lanzaron todo tipo de objetos, que requerían mi firma para luego sacarles de sus penurias económicas y venderlos por e-Bay a coleccionistas más reputados. Siempre lo mismo. En cada rueda de prensa repetía "no escribo para adolescentes, igual que un grupo de rock no piensa en las niñas de 15 años, para eso ya están Britney Spears y Ricky Martin". Pese a obviar la respuesta, sabía por qué despertaba tanto furor entre el público juvenil. Escribo cosas que en su vida pueden siquiera imaginar, los empujo por mis líneas hasta que caen en picado, y los riesgos generan adicción. Evidentemente, en la abarrotada sala-me comentó mi manager que habría unas 400 personas-no había jovencillas con minifaldas ni chavales que quieren sucederme escribiendo basura autorreferencial. Estaban las altas esferas del mundo del arte aburguesado de Gran Bretaña. Nunca me he considerado parte del stablishment, ha sido más bien el stabilshment que me ha incluido en su abanico de "must".

En general detesto a las mujeres menores que yo. En particular, no. Jane Fitzgerald llegó a nuestra sala privada unos minutos después. Yo me encontraba frente al cristal que tenía una panorámica de la pista de aterrizaje principal. En ese momento estaba absorto contemplando las maniobras de un Boieng 747 de Singapour Airlines. Al escuchar el suave golpe de la puerta al cerrar, liberé el humo de mis pulmones. Pude contemplar a través del reflejo del cristal su escotado vestido oscuro, por encima de las rodillas y bien entrados sus muslos, y su media sonrisa. Hacía una semana que no nos veíamos. No me giré, dándole el placer de abrazarme por detrás. Jane Fitzgearld no solía repetir sus actos de cariño, con lo que en vez de ello me acarició la nuca. Instantes antes, sus tacones me regalaron el repicar constante, exacto y concatenado, que sólo Jane poseía el don que la capacitaba para susodicha perfección rítmica.

Un sofá de cuero negro con Chaise Longe. Una botella de Moët encima de una mesa de cristal. Nos sentamos. Absortos en volver a compartir de nuevo un espacio aislado de todo el bullicio habitual, jugábamos con el lenguaje no verbal. Miradas, movimientos, cigarros encendidos. Jane Fizgerald acariciaba su pelo, brillante y ligeramente húmedo, y yo contemplaba como sus carnosos labios insinuaban, pedían, exigían un beso. La besé. El gusto inclasificablemente exquisito de su carmín provocó una convulsión en mi sistema nervioso, que controlé debidamente y sublimé acariciando su cuello. Su ligera mayoría de edad difería de la naturalidad con la que se desenvolvía en entornos hechos para ejecutivos y estrellas de todo tipo. Había nacido para estar ahí. Nuestro destino era acompañarnos, lamernos y corrernos en la estela del éxito que nuestras carreras profesionales nos habían catapultado prematuramente. Estábamos preparados. Se lleva en la sangre.

Terminada la botella decidimos proseguir follándonos en el jet, que habíamos hecho esperar más de media hora por voluntad nuestra. Los deseos son los deseos, susurré cuando nos llamaban por el altavoz de nuestra sala, mientras mordía su labio inferior y acariciaba su coño para humedecerlo y dilatarlo debidamente.

Subimos las escaleras que nos llevaban al Jet, ella me cogía del brazo, yo por su fina cintura. Hacía un fuerte viento. Dejábamos la noche londinense para viajar a Japón. Ibamos a realizar nuestro nuevo capricho. Los guardias de seguridad apalizaron a un fotógrafo que corría de arriba a bajo por la pista de despegue.

Habíamos alquilado el Beach Dome de Japón. Esa maravillosa playa construida artificialmente sometiendo las fuerzas naturales a la mano del hombre. El precio total de nuestro capricho ascendió al millón y medio de dólares. Eso equivalía la mitad de las ventas de mi última novela en un país como Francia, o a los últimos 5 cuadros vendidos por Jane en la bienal italiana.

Algunos fracasados repiten que el dinero te pervierte y el lujo te aisla de la realidad. Los que nacemos con talento y conseguimos tanto el lujo como el dinero, regresamos a nuestro estado natural.

No encendimos el televisor de 52', no pusimos música. Bebimos de nuevo y comimos una selección de platos a los que no presté demasiada atención. Sus tetas me mantenian la mayor parte del tiempo ocupado. Blandir mi polla de su boca a su coño era mi única devoción.

Nos levantamos abrazados. Habíamos llegado hacía pocas horas pero no quisieron molestar nuestro sueño. Un Hummer Limousine nos esperaba a la salida del aeropuerto, junto con enviados especiales de varias revistas del corazón y algunos periodistas japoneses acreditados.

Llegamos al Hotel poco después y pasamos un buen rato conversando desnudos animadamente en el Jacuzzi de nuestra Suite. La tuve dura todo el tiempo y ella no sacó la mano de debajo del agua hirviendo hasta que me corrí varias veces.

Quedamos para vernos después de comer.
Yo tenía una cita con Ryu Murakami, quería felicitarle por su último trabajo y proponerle hacer un montaje escénico con algunos fragmentos de su primer libro, Azul casi transparente, que en su momento fue un catalizador de mi estilo literario.
Jane Fitzgerald debía reunirse con la responsable de Vanity Fair Asia, concederle una entrevista y acceder a ser fotografiada con algunos artículos de marca para salir en el nuevo catálogo de navidades 2009. Todo ello por 130.000$.

Jane había visto varios Skylines en su vida, mas me confesó que no había tenido la oportunidad de atisbar el horizonte de una ciudad Asiática. Comimos en un restaurante giratorio del centro de Tokyo, por 3400$. Me propuso un siniestro juego sexual para reírnos, mas preferí proponerle irnos a la zona VIP de un buen club-¿qué hariamos ella y yo sin las zonas VIP? y hacerlo ahí. Es mucho más interesante poner cachondos a las estrellas de rock locales que no a los empresarios que van con sus bodrios de amantes a restaurantes selectos.

El juego salió a la perfección, minutos después de mi eyaculación dos tipos con caras extasiadas le propusieron que fuera portada de su nuevo disco.

-Soy pintora, no modelo. Lo siento por la confusión, a veces yo tampoco lo tengo claro.
La besé y sonreímos. Puede que las dos rayas de coca cortadas con una Tarjeta de HSBK nos hubieran excitado más todavía.

El Beach Dome abrió las puertas cuando nosotros llegamos. Ésta vez preferí conducir yo. Un Porsche Carrera 911 se portó a las mil maravillas, incluso cuando el GPS se volvía loco balbuceando cosas en Kanji y el contador de velocidad no bajaba de los 180.

Nos tumbamos en la arena, con el personal de seguridad y los responsables de la instalación haciendo lo posible para disimular su morbo y apartar las miradas o desaparecer dejándo a sus mejores clientes bajo supuesta privacidad.

Varias islitas cortaban el falso horizonte que se extendía al fin del complejo.
-¿Te apetece ir a una isla, Señorita Fitzgerald?
- Prefiero comprarla.

La besé de nuevo, y pensé en ese mismo instante que las mejores islas en venta estaban en Dubai. Quizá fuera nuestro siguiente destino, a parte del que ya estaba escrito.

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