Aquel post que estabas esperando

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Acaricias el teclado, sonríes, miras por la ventana. Y entonces lo ves. El post que estabas buscando sólo podía ser escrito con Max Richter de fondo. La música que empuja al suicidio o la autocontemplación. O la autocontemplación suicida. Cigarro en mano, te dispones a hacer algún tipo de balance vital. Y sabes que la prosa te acompañará, que hay una calma sosegada que ralentiza tus reflexiones. 
Estos dos últimos años han sido, llanamente, los mejores de mi vida. 2009-2010. Y la cuestión es que 2011 se presenta como un nuevo escalón roído por el paso del tiempo y manchado de alcohol pegajoso. Cuando cumples los 25 te das cuenta de que tienes, sin quererlo, perspectiva. Puedes mirar hacia atrás, cosa que a los 20 eres incapaz de hacer. Y ves la cantidad de movidas que has tenido, y el cúmulo de errores inagotable que te ha acompañado. Y aquellas cosas que quizá hiciste bien, pero que nunca te interesaste en saber sí fue así de verdad. 
Y también miras hacia delante. Pero no ves nada. Tampoco importa.
Mi reputación en la fuckultad está por los aires. Soy demasiado bueno. Saco notas altas y me escondo en el baño para tomar drogas o llamar a mi amigo de París que mañana se va a Bombai. A veces duermo en los pasillos, y hablo solo con una barba postiza de Karl Marx puesta. O de Ayatolá. Ello genera cierta curiosidad y el público femenino se hace preguntas extrañas que no puede responder.
En casa vives bien. Tu dúplex recibe la luz del día y las sombras de la noche y las cervezas se acumulan en la nevera. Los altavoces ya no pueden vomitar más beats. Y el gato que te encuentras por casa de vez en cuando cada día está más gordo.
Escribes a base de soslayos y viajas por Europa. Soy hijo de Europa. Nada que ver con los USA, nada que ver con ninguna otra parte del mundo. Claro que mola el resto del mundo. Pero aquí hemos tenido dos guerras que explican demasiado del ser humano como para ser obviadas. Admiro Europa. Detesto mi país. Así son las cosas. En marzo viajo a Londres a ver a mi amiga de Polonia. Y en abril a Frankfurt, al Time Warp
Cierro capítulos sin leer, al mismo tiempo que escribo para revistas cuya gente no conozco pero aprecio sinceramente. Las oportunidades se reflejan en mi soledad persecutoria. La revista que llega cada mes a mi casa me explica cosas que debo leer y temas sobre los que tengo que trabajar.
Las colillas se acumulan en los 10 ceniceros que tengo en casa. Por la noche bailan, y mis pulmones se preguntan que es todo el humo que tienen que aguantar para que el tipo por el que trabajan siga siendo socialmente aceptado e intelectualmente creativo. Pero nunca les respondo. Su sumisión me complace. Ahora escucho a Ludovico Eunaidi, mi tendencia psicótica se acrecienta. Y la fragmentación de estas líneas se triplica.
Sigo recapitulando. 2009-2010, los mejores años de mi vida. Y un horizonte nublado repleto de llamadas perdidas y relatos por comenzar. E imagino que deberé seguir estando en el mundo. En el manual de hijos no deseados. Al que siempre quise pertenecer, aunque no lo sabía, hasta, quizá, hace 2 días.
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