Amanece en el Raval

Por fin he terminado Cien años de soledad. Me ha gustado, pese a haber confundido los personajes desde la primera página. Úrsula, Amaranta Úrsula, Pilar Ternera, veinte Aurelianos...

Ya me advirtió Penélope que lo mejor era hacerse un árbol genealógico. Y no me lo hice porqué mi edición ya contaba con uno. No lo miré ni una vez. Bueno si, sólo dos. Una prosa rica, que fluye controlando, que encandila línea tras línea. ¿ Qué puedo decir de García Márquez que no se haya dicho ya?.
Acabo de empezar Factotum, de Bukowski. Lo leeré en paralelo a Club Bildeberg. Uno de estos best-sellers que habla sobre un club muy chungo de gente muy chunga que hace cosas muy chungas.
Después de haber hecho mi primera clase de Body-Combat, dónde he conocido a una espléndida y ágil chica nacida en Jerusalén, medio francesa y medio italiana y he intimado con la profesora, he llegado a casa sintiéndome musculado y satisfecho. He comido algo y he visto un programa de la televisión en que hacían unas preguntas a la gente de la zona pidiéndoles su opinión acerca de una mierda de hoteles que estaban construyendo a primera línea de mar.
Me llama mi amigo afro y me comenta que el se queda viendo Terminator y que ya nos veremos mañana. Me parece una gran idea. Pincho algo de música para joder a mis vecinos con algunos temas nuevos de Sven Väth y Bois Noize. Termino y me alcanza un vacío. Un agujero que hay que rellenar como sea. Así que escribo esto. Más bien, escribiré esto otro:
Jorge llamó a Vanity para comentarle que si quería ir a un bareto en el que los miércoles se leía poesía. Acordaron lugar y hora. 21:30 en una concurrida calle del Raval. Jorge era un tipo simpático. Vanity siempre se preguntaba que hacía estudiando filosofía en vez de dedicarse por completo al rugby, o al fútbol americano. Grandullón, con perilla y risueño como él solo, era amigo de Vanity desde que coincidieron en el trabajo el primer día.
Llegaron al bar y Vanity tomó una cerveza sin alcohol y Jorge una Coca. Desenfundaron los bártulos; tabaco de liar, papel, los cascos de las respectivas motos, tabaco Lucky Strike sin filtro, móviles y demás.
El bar, que cuyo nombre carece de importancia, era pequeño, algo sucio y acogedor. las lámparas en forma de cono estaban alineadas en paralelo al techo, justo lo contrario de como deberían estar. Una mesa rectangular ocupaba el centro; habría unas 6 o 7 personas que bebían y fumaban ruidosamente. Al lado, un abuelo feliz tomando un Cacaolat con pajita. Más allá, una pareja de guiris con la mirada pérdida y pensando al mismo tiempo "que bohemios somos".
Al pedir, Vanity se fijó en que el bar contaba también con la última cutre-moda de Barcelona: encender una vela infinita y dejar que la cera se vaya acumulando formando un gran zurullo similar a un intento fracasado de emular el rollo gótico.
- Tenemos que dejar una silla libre, viene Penélope.- Jorge advirtió de la presencia de una mujer en la mesa. Otra compañero de trabajo nueva que vivía cerca y se ve que Jorge le había comentado la movida poética.
-Bien- fue todo lo que alcanzó a decir Vanity.
A media conversación, tocando el tema de las posibles casas editoras que quizás querrían aceptar los libros de Jorge y Vanity, apareció en escena Penélope. Alta, delgada, con aspecto cansado pero contradictoriamente fresco, se sentó interrumpiendo la conversación de Jorge y Vanity.
Penélope tenía 26 años, y mucha vida a sus espaldas. Llevaba el pelo largo, castaño claro y liso, sus ojos grandes recorrieron la sala y se acomodó en la silla metálica. Dejo móvil y paquete de tabaco Camel Blue en la mesa.
El recital dio comienzo y el silencio solo era interrumpido por los aullidos de los coleguillas del poeta, un tal Oscar. Según diría más tarde, embadurnándose la boca de modestia y precaución, nazco cada vez en una ciudad diferente, en la que escribo cada libro de poemas.
-Me tengo que ir-dice Jorge- dentro de un par de días tengo un examen y lo llevo justo.
Penélope y Vanity se miran, asienten y se despiden de Hulk (en versión kierkegaard aunque algo más atractivo) con un ademán. Si, Jorge es un tipo simpático.
Vanity relató aceleradamente a Penélope su breve estada aburguesada en París, mientras ella coqueteaba con las gafas Ralph Lauren de él. Había terminado el recital, y el bar se iba vaciando. Entre los tres habían reunido los 8€ que costaba el libro de Oscar, cuyo título no merece la pena mencionar.
Penélope entabla conversación con un tipo raro, que según le contó después a Vanity no sé que cosa le hizo. En fin, el típico perturbado de la vida. El poeta, un joven escuálido, de pelo largo, ojos achinados y camiseta negra se acerca a la mesa para charlar con ellos. Penélope le sigue el juego suponiendo que es alguien interesante. Vanity recorre el bar con la mirada y por desgracia tropieza con la de un tipo negro afro sacado de la peli de Scary Movie II (vamos, no finjáis que no la habéis visto). El negrata (con todos mis respetos) se acerca y comenta vagamente algo acerca de una peli de Almodóvar. Vanity asiente mientras roba un cigarro discretamente del paquete de Penélope. Charlan algo más y cuando la conversación se agota Penélope pregunta a los presentes si tienen hambre. Con lo fumados que van, se miran con esos ojos rojizos llenos de venas dilatadas y asienten. Vanity está afamado debido a su paso por el gimnasio.
Vanity entra detrás de Penélope en casa de ella. Justo a dos puertas del bar. Suben hasta el piso tercero. Entran y charlan acerca de varias nimiedades. Han comprado pasta Barilla y cerveza que no está fría. En botellas de 25cl. Él le pregunta por qué tiene 30 fotos de carné y ella le dice que son para los chicos que se enamoran de ella. Entonces Vanity recorta dos y se las guarda en la desgastada billetera de ante comprada en Buenos Aires.
Llaman al timbre, el poeta achinado y su amigo afro porrero suben acalorados las escaleras.
Penélope se cambia los pantalones. Según dice se siente más cómoda. Bien.
Comen los tallarines-espaguetis con salsa pesto o tomate frito (a elegir). Penélope y Vanity cruzan miradas para decirse sin palabras que están compartiendo mesa con un par de autistas profesionales. Bueno no, amateurs. El poeta achinado se dirige al portátil de dónde suena la música y hace de DJ. Se pasa más de 20 minutos bamboleando la cabeza. Le preguntamos al negro que sigue en la mesa dónde vive. Al cabo de tres minutos de profunda reflexión, dice que en Balmes. Y se queda tan ancho; resulta que Balmes es de las calles más largas de Barcelona.
Se van, y ni Penélope ni Vanity hacen nada para evitarlo. La decepción por el bagaje intelectual demostrado por los invitados es notable. Quedan cervezas y es pronto.
Se acomodan en el sofá. La conversación entre Penélope y Vanity fluye cual rió en pleno deshielo. Como un torrente desbocado, limpiando consciencias y arrasando fantasmas y castillos y guerreros y monstruos. De un tema a otro, sus cerebros emiten miles de señales eléctricas que se reflejan en gestos, palabras y risas. Vanity piensa que le gusta su piso y que es una pena que se vaya la semana siguiente. Comparten una cerveza sin darse cuenta y se alegran de que el poeta achinado haya olvidado su paquete de Fortuna recién abierto. De los 8€, diríamos que se descuentan 2.
Vanity tiene en mente el pesado recorrido que tiene que hacer hacia su moto y luego hacia su casa. Con su sexto sentido, Penélope ofrece gentilmente a Vanity alojarse en su casa. Cosa que el acepta después de leer escrita en la pared en rotulador negro la frase "controlando pero fluyendo". Piensa que en inglés sería algo así como "flowing under control". Wow.
Son la 1:30 a.m Ninguno de los dos parece especialmente cansado. No se sabe muy bien por qué, leen algunos poemas en voz alta con acompañamiento de guitarra de la mano de Penélope. Se terminan una cerveza más. Y se hacen las dos. Antes de ello, Vanity escucha Pogo y Mrs. Brightside y le cuenta lo que significan para él esas canciones.
-Mi cama es lo suficientemente grande para los dos. No hace falta que duermas en el sofá.-
El ruido proveniente de la calle le recuerda a Vanity que es la primera vez que tiene la oportunidad de dormir en el Raval. En el meollo de Barcelona. Entre el arte y la mierda y las latas de cerveza y los inmigrantes sin papeles y los skaters y el Museo de Arte Contemporáneo.
Penélope apaga el portátil, encienden 4 alarmas pese a que ella advierte de que no se va a levantar con él, aunque debería ya que-según dice- tiene que visitar un piso a las 9.
Vanity se guarda un libro de poesía de Gil de Biedma que le ha dejado ella y mira en la página 34 por si es ésa.
Se tumban en la cama y bajan el tono de voz y les entra el sueño. Penélope cierra la luz y a ambos les molesta un ruidoso reloj metálico y se ríen. Termina en el balcón, al lado de la ropa del gimnasio que Vanity ha sacado para que se secara.
Sus cuerpos apenas se rozan. El silencio se propaga lentamente por la habitación y se adueña de ella. La cama es grande. Los sueños emergen para acompañar de la mano a cada uno y contarle una historia diferente, o quizá parecida. Vanity cierra los ojos y escucha como la respiración de Penélope se torna más profunda, suave; y dulce.
Controlando pero fluyendo.
Amanece en el Raval.
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